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DESDE ULTRAMAR

Monarquía/República: entre un sesquicentenario y un bicentenario

Marcos Marín Amezcua
jueves 21 de julio de 2022, 20:22h

Mientras se perfila en el horizonte qué sucederá en el amplio tema energético mexicano y no entro a especular porque eso es vender humo, esta semana conmemoramos dos fechas históricas redondas: el sesquicentenario de la muerte (en su camita) del presidente Benito Juárez y la coronación del emperador de México, Agustín I (y último), criollo que alguna vez una conocida española en su desparpajo discursivo, mientras como usuaria mangoneaba el Foro del Instituto Cervantes sin derecho a mangonearlo, tildó de redivivo. Y claro, desde cierta óptica española, todos los independentistas americanos lo fueron. Incluso Iturbide, que llegó de últimas al movimiento libertario. Faltaba más. La Historia siempre muestra dos versiones.

Dos fechas que exaltan, por un lado, la dicotomía monarquía/república debatida acremente con 4 guerras civiles registradas en el siglo XIX mexicano y, por la otra, evocan reminiscencias tanto de un jacobinismo rampante representado en Juárez y su legado y, por otro, como alusiones a un modelo monárquico muerto como el mexicano, aunque con tintes pintorescos que asoman de cuando en cuando.

Inicio por la segunda efemérides: en el prolongado proceso conmemorativo de bicentenarios mexicanos iniciado en 2008 con la invasión napoleónica a España y sus repercusiones en América y, en concreto, en la Nueva España, y que suma rememoraciones que concluirán en 2024 con el bicentenario de la proclamación de la primera república federal, fue que el año pasado conmemoramos el bicentenario de la separación definitiva de México frente a España, naciendo monárquico cual Imperio Mexicano con los Tratados de Córdoba, que no tenía facultades de firmar el jefe político peninsular Juan de O’donojú y que no regresó a España, muriendo repentinamente días después de ingresar el ejército independentista a la Ciudad de México en septiembre de 1821. Las Cortes resultantes de la Revolución de 1820, rechazaron tal documento aludido en febrero de 1822, abriendo paso a un nuevo escenario, consumándose así, el proceso de ruptura con España, que se negó a reconocer los hechos hasta 1836 en tiempos de la reina viuda María Cristina de Borbón, quien apechugó admitiendo la disolución del Imperio español continental americano. Casi nada.

En el previo Plan de Iguala se ofrecía el trono mexicano a Fernando VII para que el rey lenón –despreciado tanto en España como en América– huyera de la férula de la Constitución de Cádiz y reinara en el Imperio Mexicano a sus anchas. No sabemos a ciencia cierta si Fernando VII se enteró del lacayuno ofrecimiento desde las élites novohispanas que abominaban La Pepa restaurada rebuscando perpetuar sus privilegios, pero no vino el monarca a reinar. Ni él ni sus hermanos, también convidados. A falta de una figura mayestática “auténtica” de verdad, Agustín de Iturbide supo tejer los puentes que lo encumbraron aclamándolo emperador sus huestes y el 21 de julio de 1822 fue coronado con toda pompa en la catedral metropolitana de la Ciudad de México, inaugurando una corte de opereta.

La malaventura del primer Imperio se desmoronó entre la incapacidad del sujeto –parecía priista–, los centroamericanos separándose de tal al no ver futuro en ese proyecto, destacadamente los salvadoreños que enfrentaron por las armas a los mexicanos y a Iturbide mismo, así como por las rencillas entre distintas facciones. El Plan de Casa Mata derribó al emperador, abdicando en marzo de 1823, huyendo a Europa, expatriado y proscrito por la ley mexicana dictada desde el Congreso prohibiéndole regresar so pena de muerte, como sucedió el 19 de julio de 1824, fusilándolo por avieso. Así sucumbió la primera de dos peripecias monárquicas del México independiente. Con lo bonito que nos había quedado eso de ser imperio. La nobleza indiana perdió la oportunidad de brillar en sociedad, extinguiéndose.

Si bien, el trono imperial de México es inexistente para la actual ley mexicana, hay quien lo reclama, vagamente. Los Iturbide serían los legítimos herederos por descendencia. Hay una abdicación de su antepasado, pero el segundo emperador, Maximiliano de Habsburgo, adoptó al nieto de Agustín I aclamándolo como su heredero, reviviendo la dinastía. Considero que en su descendencia recae asumirlo, dado que existe la familia imperial Iturbide que no pierde tal status monárquico. Hay alguno que otro ajeno a ella que se autoproclama heredero por simple parentesco con el Habsburgo, que careció de descendencia legítima; tal es un criterio poco certero en la actualidad, máxime habiendo los Iturbide que radican fuera de México y no obstante que hace unos años decían no reclamar nada. Como sea, los sepulcros de ambos emperadores fusilados –situado uno en la catedral de la CDMX y otro en la Cripta de los Capuchinos, en Viena– suelen recibir flores constantemente. Los mexicanos ¿somos unos matareyes? no somos tan malos, pues hay más monárquicos entre nosotros, de los confesos.

La muerte de Juárez, de ¿angina de pecho? ¿asesinado? el 18 de julio de 1872, acaecida en su residencia del Palacio Nacional –el sí, habitándolo, en el ala izquierda visto de frente y no como López Obrador en un anexo que no corresponde con la edificación del siglo XVI– hasta condujo a denominar a una rosa de pétalos oscuros como “Luto de Juárez”, muy cotizada. El suceso marca varios hitos:

a) Con su desaparición no murió el Juarismo, antes bien se redefinió, sobre todo exaltado en el Porfiriato tratando de legitimarse sobre él, pese a que el dictador Porfirio Díaz combatió a Juárez.

b) Se trató del último gobernante mexicano fallecido pacíficamente, en funciones, sin que su deceso entrañara un golpe de Estado.

c) Marcó el último funeral de Estado a un mandatario en funciones, cuyas exequias muy ilustradas en estos días, recuerdan las 5 jornadas de duelo que conllevó la defunción del titular del Poder Ejecutivo.

d) Su óbito fue exaltado ampliamente en 1972, declarándolo como “Año de Juárez”, en tanto esta vez ha sido mucho más discreto el sesquicentenario, in situcon homenaje en Palacio Nacional en su recinto ad hoc. La pandemia no ayuda a fastos y eso que el actual mandatario mexicano es particularmente admirador del Benemérito de las Américas.

e) Su desaparición física mueve a plantearse la importancia de su paso por la historia de México. Un país que no se entiende sin la obra juarista, cargada de efectos, especialmente señalados y replanteados en las últimas décadas, pero hay un punto que lo sigue encumbrando: defendió la soberanía mexicana frente a una invasión extranjera y salió airoso. Así que por más que se le busque, ese acontecimiento lo inmortaliza.

Las conmemoraciones redondas siempre son una excelente oportunidad de reflexionar acerca de dónde estamos parados y de qué venimos. Sean las referidas una nueva ocasión para ponderar nuestra historia y trazar renovados caminos de reflexión hacia el porvenir. Eso sí, no falta el folklorismo. Hay redes y páginas monárquicas en claman suspirantes por la monarquía mexicana y su retorno. Todo bien y muy su gusto, pero defenestran y expulsan a los seguidores de Morena y de López Obrador. Qué pifia de monarquía, pues. ¿Una de todos, excluyente? Van fatal en sus estrafalarios anhelos restitutivos del ilusorio trono mexicano que es de humo, no lo olviden. Por otra parte, está ese danzón jocoserio que repite “Si Juárez no hubiera muerto” y después de tenernos en ascuas con sus acordes, remata con un rotundo “todavía, viviría”. A veces somos de una obviedad inaudita e infinita. Ya lo sabe: si Juárez no hubiera muerto, viviría. Yo también me he quedado anonadado al saberlo.


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