La próxima deflagración parece inminente: guerra en Europa que – se pongan como se pongan los portavoces del género humano – tiene un carácter singular frente a otras guerras en curso. Un aumento de temperaturas, cuya naturaleza y presentación no dejan de debatirse, pero de un indudable efecto de cuya etiología mejor no hablar. Crisis energética e inflación que fuerza el alza de los tipos de interés. Empobrecimiento y angustia de los consumidores. La gran mutación antropológica que supone la cancelación de la historia y el control de la demografía por medio de la ectogénesis o el útero artificial, movimientos de población que no tienen parangón con las viejas migraciones y amenazan con sustituciones étnicas. El fantasma del colapso que se plasma y adquiere cuerpo real ante los ojos de los que se empeñaron en negar el decrecimiento, pronosticado ya fuera por Serge Latouche o por el Club de Roma.
Parece que para este fin del mundo se nos reserva un lugar destacado. Podremos contemplar en primera línea esta deflagración de la que nadie puede anticipar consecuencias. ¿Le sucederá un lento renacer de una vida humana real o el agónico e interminable languidecer tecnológico en un ambiente subterráneo, presurizado y virtual?
Hay una forma de vivir que consiste en retirarse al yermo, es decir, al desierto: el lugar que habita el eremita y que sólo el eremita hace habitable. La deflagración es el paso al límite del constante avance del desierto, que nos anunció el profeta del superhombre. Se extiende el desierto y amenaza hoy con cubrir el mundo todo. Pudiera ser, por tanto, que nos convirtiéramos en eremitas.
De esos eremitas, algunos he tratado muy de cerca a lo largo de mi vida: gentes que con su actitud atentaban contra el progreso. Eran gente de campo – de ese campo que arde, nos dicen, por todas partes –que cultivaban la tierra y criaban ganado. En el desierto el gasto suntuario es mínimo, pero existe, se limita a lo más importante: a lo más sagrado. En el resto la norma es una sólida austeridad. Esta gente sabía de diferencias, todas las cuales tenían como trasfondo la diferencia básica entre lo más importante – lo más sagrado – y el resto. El progreso borró esa sensibilidad para las diferencias, fue un movimiento contra el matiz, una forma – en resumen – de embrutecimiento y homogeneización. Un proceso de desertización. Y la primera diferencia que el progreso borró fue esa matriz de todas las diferencias. Pero el progreso es ya pasado.
No se olvide que el que habita el desierto, no lo alberga en su alma. Todo lo contrario: es el auténtico vencedor del nihilismo estéril y desolador. No es el superhombre porque es humano, todavía humano – que es la forma que da Higinio Marín al desesperante título de Nietzsche. El eremita es el ser humano en su expresión más exacta, nada menos que todo un hombre: que sólo un hombre. El eremita puebla el desierto y pronto, en torno a su figura, se multiplican los semejantes hasta concluir una colección de solitarios, una comunidad de singulares. Comparten soledad y se comunican en silencio, grado cero o punto de partida para la renovación de todas las cosas: borran de su alma toda traza de desierto.
“El desierto avanza. ¡Ay, del que en su alma alberga desiertos!” No es fácil hacer habitable el desierto, pero hace mucho tiempo que vivimos en un espacio de almas desoladas y desérticas, verdaderamente inhabitable. Sólo si expulsamos de nosotros el desierto, podremos volver a habitar el mundo. Dejar el desierto fuera es la condición del eremita. Calcinado y seco, pese a sus noches frías y sus mediodías cegadores, será – sin embargo – un mundo habitable siempre que el desierto no invada el alma. Un viejo eremita alemán quería – frente a los que son expulsados de la sociedad – expulsar la sociedad de sí. Vivir en esta sociedad indiferenciada – como un espacio vacío, como un desierto lunar – pero sin admitirla en sí mismo. Estar en el mundo, sin ser del mundo. Ante la gran contracción se trata de conservar intacto el orden necesario para que, cuando la deflagración y el colapso lleven el desierto a todas partes, podamos restaurar el mundo como beduinos sacramentados que han conservado en sí el aliento de la realidad.