Fue antes de lo de Arturo Pérez Reverte.
Valle-Inclán, antiparras de Quevedo y barbas de chivo gallego modernista, en 1916 estuvo contratado por el gobierno francés como reportero de guerra. Y de esa experiencia en los frentes de la I Guerra Mundial nos ha quedado una crónica (Un día de guerra. Visión estelar –publicada el 26 de febrero de 1917 en el periódico El Imparcial-), y una preciosa nouvelle (La Media Noche. Visión estelar de un momento de guerra –publicada unos meses después como rescritura novelada de la crónica y presentando narrativamente aportes técnicos que tan bien ha estudiado Darío Villanueva-) que ha rescatado para nosotros Alianza Editorial en sabia edición de Margarita Santos Zas.
Escribe nuestro cronista y dandi de trinchera así, aunando ojos de testigo, prosa de confidente y empatía teosófica, que “la guerra no se puede ver como unas cuantas granadas que caen aquí y allá, ni como unos cuantos muertos y heridos que se cuentan luego en las estadísticas; hay que verla desde una estrella, amigo mío, fuera del tiempo, fuera del tiempo y del espacio”.
Y, mientras leemos eso hoy (en esta Europa nuestra que repite clichés y guerras como si no recordara el siglo XX), nos damos cuenta de que, además de un carlista estético y un dramaturgo esperpéntico, Valle-Inclán era, es, un maestro de reporteros de guerra.
¿Qué diría Valle-Inclán, si le invitaran a cubrir, con su prosa enjoyada y su inteligencia que es la luz de la lámpara maravillosa, la Guerra de la Rusia de Putin contra Ucrania? ¿Hablaría él también de geopolítica, de macroeconomía energética, y de que es una guerra de EEUU contra Rusia y China, con Ucrania y Europa como daños colaterales? ¿O diría que es algo análogo a lo de J. F. Kennedy en Cuba durante la Crisis de los Misiles, y que Occidente se lo ha buscado al pretender meter a Ucrania en la OTAN, lo cual ya se sabe que no es tan distinto de cuando la URRS quiso instalar misiles que fueran furúnculos en el culo de USA?
Probablemente no diría nada de esto, sino que lo que haría el maestro sería ponerse a reír por no llorar.
Probablemente don Ramón, todo él ojos como balcones que dan al esperpento, ojos que ven antes que nadie la distorsión ridícula esencial, nos haría reparar en que, ¡qué cosa!, en las altas esferas Putin es un Tirano Banderas a la rusa y Ucrania está dirigida sin gracia por un cómico y una Miss Revista Vogue… Pero abajo, en las trincheras, los soldados se matan sin saber muy bien por qué. Y los niños, en los refugios, se agazapan junto al miedo mientras sus madres los calman con viejas nanas del Cáucaso. Y la sangre de todos ellos es igualmente roja. Y unos y otros no se cansan de preguntarle al cielo cuándo se acaba esto... En fin.
Luis Artigue, escritor
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