A los apreciados lectores que siguen puntualmente esta columna semana a semana en ambas orillas del Atlántico… y del Pacífico, sirva la feliz ocasión que nos congrega, para centrar la atención en esta maravilla. El verano transcurre y me deja una oportunidad para breves incursiones en algún museo, evitando aglomeraciones, apersonándome a primera hora para escapar de multitudes, pues desconozco su nivel de cuidados frente al COVID-19, pero que visto lo visto…es preferible evitarlas. Que afluir suceda cuando al salir, apenas vaya llegando todo el pueblo de Dios a atiborrar el recinto, pero yo ya me retiro antes de tales tumultos, sean o no, notables o controlados en número de accesos. No me fío.
Pues bien, ha sido un verdadero acierto que el año pasado se autorizara a abrir las puertas del magnífico edificio sede del banco central mexicano fundado en 1925, presidido por primera vez en su casi centenaria historia por una mujer, Victoria Rodríguez Ceja, y al permitirlo su antecesor facilitara atestiguar la magnífica construcción de estilo art decó. El inmueble permite visitar una gran sección de su patrimonio arquitectónico ofreciendo un recorrido inigualable, asaz llamativo, que de manera amena acerca al visitante a algo tan cotidiano como eI dinero, contribuyendo a entenderlo de manera más próxima y de paso, facilita conocer y ponderar mejor a la institución que nos acoge abriendo sus adustos portones sin entretenernos con pesados catálogos o inacabables explicaciones de corte económico, tal y como sí le sucede a su cercano vecino, el Museo Interactivo de Economía (MIDE). Y su entrada sí es gratuita.
Banxico ofrece utilizando un equipamiento museístico de primera, una historia del dinero con insignes muestras de gran interés para el público asistente, tales como diminutos billetes de florines holandeses de la Posguerra impresos en ¿Italia? o la prominente colección numismática compuesta de increíbles ejemplares antiguos que se sitúa contigua a la bóveda central, a la cual puede uno introducirse contemplando su cubierta metálica blindada y admirando la portentosa puerta de seguridad, cuyo grosor y compostura no decepciona al imaginario que bosqueja cómo sería la que corresponda por derecho y elemental lógica al mismísimo Banco Central, con su sofisticado mecanismo de cerradura para resguardar antaño en semejante búnker a los caros valores más preciados ahí depositados. Es sensacional.
Un repaso a la interesantísima historia del dinero a partir del acervo del Banco de México, la dota de una percepción diferente, pues remarca el valor monetario de cada espécimen expuesto, no atendiendo tanto a farragosas reglas económicas que lo sustentan. Eso permite comprender mejor ciertos aspectos menos valorados del dinerario, por muy obvios que nos resultaren. Después de todo, la guita, el billullo, el parné es lo que es y tenerlo o no, es aquello que más nos agobia de su existencia.
Sus alcances y modalidades conforman parte de la exposición permanente situada en la planta baja del formidable espacio sede del banco central mexicano. También puede admirarse doblones españoles con sendas explicaciones ilustrativas muy bien documentadas, monedas conmemorativas y ejemplares de billetes que no circularon o aquellos maquetados que se imprimen para ser referente sin dirigirse al público y engrosan el legado del banco de bancos, como se suele llamar en México a su banco central. Como estamos en un proceso de muda de billetes, elaborados con más tecnología de vanguardia, el proceso mismo de reemplazo se torna muy interesante.
El jocoso fraseo popular mexicano que allí se compiló ligado al dinero va de la mano de proyecciones acerca del uso del monetario y también incluye un nomenclátor valiosísimo de moneda de plata mexicana acuñada en el periodo virreinal y cuya heredera es la (otrora Real) Casa de Moneda de México, que acuña su sello hasta nuestros días distinguiéndolo una ceca (Mo), marcando sobre un mapa los confines del mundo hasta donde fue a circular, por su apreciado peso, medida y composición. Monedas adulteradas, talladas en sus signos que delataban su origen novohispano, modificadas, perforadas, raspadas, pero conservando sus rasgos originales, visibles los monarcas españoles y escudos o columnarios distintivos que dieron fama y valía suprema a tan apreciado metal de prominente calidad proveniente de las alucinantemente inagotables minas plateras de la Nueva España. Estanteras, tetradacmas, azadas, escudos, reales completan el inmenso despliegue de piezas metálicas reunidas al paso de los siglos, con algunos exponentes en otros materiales. Incorpora una moneda de Alejandro Magno y el repertorio añade un original en papel de un Spanish Milled Dollar de 1779 emitido por el Congreso Continental en plena guerra independentista de los futuros Estados Unidos por un valor de 65 dólares de entonces, que nos recuerdan la columnaria hercúlea española que lo inspiró y soportó en su origen, merced al quilataje de la moneda española, sostenida a su vez, en los ingentes metales extraídos de México y Perú, naturalmente, como no pudo ser de otra manera. El patrimonio numismático desplegado es verdaderamente, de órdago.
El completo muestrario de billetes mexicanos agrupados por familias es un acierto superlativo. Cada serie de cada época va perfectamente distribuida y es imposible echar en falta algunos que ya no circulan y tuvimos en su momento, en nuestras manos. Nos recuerda, además, que hubo épocas en que México tuvo excelsos diseños, perdidos en el cambio monetario de 1991 y que está recuperando en estos años recientes, en que incorpora hábitats y especies naturales endémicas, siguiendo la tendencia mundial y con algunos billetes de diseño vertical –premiados en el ámbito internacional– reposiciona al papel moneda mexicano. La notafilia mexicana cuenta y contó con extraordinarios ejemplos de gran belleza en su composición.
La elegante y sobria edificación cuenta, además, con un espacio expositor de arte pictórico elaborado a partir de residuos de billetes, es decir de refines y maculatura de billetes triturados, espléndidas piezas de gran mérito artístico que destacan la acción de las veladuras en el manejo de tales al generar obras de arte. Contemplados en medio de las pesadas columnas marmóreas negras, tal derroche de materia prima desmonetizada mueve a la curiosidad y al asombro por su fino trabajo. Los guarecen las cenefas y cuadros alegóricos que rematan el cielo raso del Banco Central en medio de grabados de relieves alusivos a la bonanza y al progreso prodigando bienes materiales de geométricos diseños fulgurantemente fieles al art-decó que inspiró su traza, contrastando con esta belleza moderna de composiciones que apelan al arte contemporáneo cuán distinto del escenario que las contiene.
En una cámara superior aledaña asoman las espectaculares vistas al Eje Central, al Palacio de Bellas Artes, que pueden admirarse desde ángulos no frecuentes que aderezan la mirada incomparable de tales edificaciones tan distintivas de la capital mexicana, coronando el momento de una forma singularísima y magistral.
Si le queda cerca, visítelo. Si viene a turistear, no se lo pierda. Es una fantástica y deliciosamente aleccionadora experiencia que satisface nuestras curiosidades, cuajada de inimaginable historia y muy valiosa información que merece aquilatarse. Si se pasa por la Ciudad de México no dude en agendar su cita en https://museobancodemexico.mx/ para incursionar en tan espléndida construcción y destine un par de horas, que lo amerita. Y, sobre todo, pensando en que hay que aprovechar. Luego cambian las administraciones y nada asegura que el sitio permanezca abierto al público. Ergo, tómeles la palabra. Es un “ahora o nunca”. Así de sencillo. Tan sencillo como lo es contar dinero, ya le digo.