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ORFEO NEGRO

viernes 05 de agosto de 2022, 10:22h
Siempre que en alguna encuesta me preguntan por mis diez películas preferidas, cito...

Siempre que en alguna encuesta me preguntan por mis diez películas preferidas, cito entre ellas a “Orfeo negro”. Hace más de cincuenta años vi esta excepcional obra de arte que condensa la imagen certera, la incesante música de carnaval y un guion que es un poema de profundo aliento lírico. El milagro de la pequeña pantalla me ha permitido contemplar de nuevo, hace unos días, “Orfeo negro”. Y sigo pensando lo mismo sobre esta película insólita a la que dediqué, el 3 de marzo de 1971, en la Tercera del ABC verdadero, el artículo que reproduzco a continuación.

“Orfeo negro” es una obra maestra del arte cinematográfico. La pintura, la música y la literatura se han conjugado y conectado armónicamente en ella para provocar la descarga estética. La soldadura del color, la palabra y el ritmo melódico, en la imagen filmada, han convertido a “Orfeo negro” en una obra clásica del séptimo arte. Y como clásica, impermeable al tiempo.

Orfeo es un joven tranviario negro, alegre y reidor en las vísperas del carnaval de Río. Su novia, Myra, le busca para casarse. Es una mulata muy bella, con fuego en el cuerpo, luces en el escote y los duendes del baile cosquilleándole las plantas de los pies. Toda la negritud brasileña vive la zozobra del carnaval. Triunfan los colores luminosos, los rotundos azules, los verdemar de la esperanza, los amarillos llenos de luz, rubios y acanelados, los rosas y granates, los tonos risueños y joviales, la explosión leonada y trigueña, las jocundas tintas de la alegranza desbordada. Y junto a esta paleta abigarrada del júbilo, la omnipotencia del ritmo frenético que se desprende sin cesar de los cuerpos negros con remembranzas al África madre engendradora. Orfeo vive intensamente el bullicio callejero. Es el mejor bailarín y dicen que, cuando canta en los amaneceres, el sol sale para escucharle. Pero Eurídice ha llegado ya a la ciudad y le acompañan vientos de tragedia. Un mulato ciego que la enseña el camino siente sus palpitaciones al tomarle de la mano y dice: “Tu corazón es un pájaro preso”.

(Orfeo blanco era hijo de Eagros, rey de Tracia, y de la musa Calíope. Acompañó a los argonautas hasta la Cólquida, en busca del vellocino de oro. Mientras Jasón y Medea superaban las pruebas del Rey Aetes, Orfeo derrotó con su cítara a las sirenas evitando que la tripulación fuera hechizada. Después regresó a Tracia, donde el destino pondría en su camino a una ninfa marcada por la belleza y la tragedia).

Cuando Orfeo negro conoce a la joven Eurídice (la actriz Marpesa Dawn, con formas de ánfora griega) el frenesí rítmico se detiene, cálmanse los colores y se sosiega el ambiente. Es el tiempo del amor. Canta Orfeo dulcemente mientras rasga las cuerdas de su guitarra “con voz de profunda madera desesperada”. Ella tiene luz en la frente y la piel de leche negra. “Se desprende de ti la claridad como si fueras encendida por dentro”. A él se le viene todo el amor de golpe, igual que las noches del África lejana. Ella podría decir los versos del poeta: “Mi corazón es una fruta, y tengo sabor de olas y racimos en la boca”. Orfeo se embraza con Eurídice. “Un calor de palmeras en mis sienes cuando me miras y mi boca tiene el clima del desierto”. Duermen juntos los enamorados en la estrellada noche. Al alba Orfeo cubre el pecho desnudo de ella. “Debajo de tu piel vive la luna”. La ternura lo invade todo. “Su pecho merecía plumas o escamas para protegerlo contra la brisa de la madrugada”. Se ha recreado una vez más el clima del amor. Amor eterno en la humilde cabaña, entre la miseria de la “favela” brasileña, sobre el cinturón de playas que ciñen de espuma a Río de Janeiro desde Botafogo y Copacabana hasta Ipanema, Barra de Tijuca y Bandeirantes. Orfeo y Eurídice han cumplido su destino de amor. “Nuestra risa madrugará sobre los ríos y los pájaros”.

Y llega la noche del carnaval. Ceden los colores luminosos. Se adensan los tonos. Predominan ahora los escarlatas y bermellones. Se empurpuran las luces, se atabacan y se hacen pardas y barrosas: tonos cárdenos, arreboles, granas; contrastes ajedrezados, encobrados y bermejos. A la alegría mañanera sucede la orgía y la pasión. La música se enardece y el ritmo llega al frenesí. Baila la samba Eurídice. “Es un chorro de sangre joven bajo un pedazo de piel fresca”. Se estremece su carne prieta bajo el traje dorado. “Signo de selva el tuyo, con tus collares rojos, tus brazaletes de oro curvo y ese caimán oscuro nadando en el Zambeze de tus ojos”. Pero a la joven negra le persigue ya la máscara de la muerte. Se intensan las sombras y los colores cárdenos de la tragedia. Huye Eurídice y en su loca carrera recibe la descarga de un cable de alta tensión.

(En la mitología griega, Eurídice rubia, esposa y amante de Orfeo, huyó un día del pastor Aristeo que la perseguía con la pasión encendida. No vio la ninfa a una serpiente venenosa, la pisó en su fuga y cayó muerta por el tósigo del reptil).

Orfeo negro busca a su amada. Visita gigantescos edificios desolados. La burocracia moderna es un cementerio de papeles. Alguien le lleva a la makumba. Es un rito pagano-cristiano que las cámaras recogen con cierta fidelidad. “He perdido a Eurídice -dice Orfeo- y siento como si una brasa me quemara el corazón”. Por fin encuentra a su amada en el depósito de cadáveres. “De tus manos gotean las uñas en un manojo de diez uvas moradas”. Toma en sus brazos el bello cuerpo de la joven muerta y se la lleva por las calles solitarias.

(Orfeo blanco descendió a los infiernos en busca de Eurídice. Virgilio, en las “Geórgicas”, describe su aventura con versos emocionados. Orfeo encanta con su lira a los monstruos del Tártaro. Ante su música, las Danaidas dejan de llenar su tonel sin fondo. Sísifo pone su roca en equilibrio, se para la rueda de Ixión y Tántalo olvida su sed. Vencido por tato amor Hades devuelve su amada a Orfeo, con tal de que éste abandone los infiernos sin mirarla. No es capaz de superar la prueba el enamorado y Eurídice torna definitivamente a las sombras de la muerte. El mito órfico plantea aquí, a diferencia de la película de Marcel Camus, profundos problemas religiosos: el bien y el mal, el pecado y la caída).

Orfeo negro continúa su camino con la triste carga de Eurídice. Amanece, y los colores de la pasión y la tragedia se agrisan y se hacen melancólicos. Es la hora de los tonos pecientos, plomizos, apizarrados. Empalidecen las tintas y la música pierde su frenesí rítmico y se hace cadenciosa y triste. “Mi corazón -dice Orfeo negro- es como el de un pájaro y se sacia con una gota de rocío. Gracias, Eurídice, gracias por este nuevo día”. Se desgranan bellísimas las palabras sobre la melancolía de las imágenes. Al llegar a su cabaña Orfeo se ve asaltado y apedreado por su antigua novia, Myra, y sus amigas. Abrazado a Eurídice cae por el barranco junto al mar. Los amantes negros recuperan así sus ásperas selvas milenarias y la muerte es, tal vez, para ellos el silencio de Dios.

(Orfeo blanco fue atacado y descuartizado por las Bacantes, celosas de su amor por Eurídice. Las musas dieron sepultura a sus despojos al pie del Olimpo. Su cabeza y su lira, arrojadas al río, llegaron un día a las playas tostadas de la isla de Lesbos).

Tras la tragedia, la luz vuelve a la pantalla de esta obra maestra del arte cinematográfico y los niños recomienzan el ritmo y el color. Es la vida que fluye y fluye mansamente en un eterno retorno sin destino.