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REFLEXIONES VOLTERIANAS

Joaquín Romero Maura (1940-2022)

José Varela Ortega
lunes 08 de agosto de 2022, 12:16h

Nos enseñó a pensar. Y, con el plural, no me parece excesivo atrevimiento incluir algunos compañeros y amigos que coincidimos en St Antony’s College, Oxford, entre los años sesenta y setenta (del siglo pasado); sobre todo, tengo en la memoria a los que nos dedicamos a Historia Contemporánea de España, como Juan Pablo Fusi y Shlomo Ben-Ami, por citar un par de ejemplos que me resultan entrañables y cercanos. Joaquín -aún más implacable que Raymond Carr al respecto- nos curó de raíz de la propensión a sobre-generalizar y del error común de colar de matute nuestros prejuicios ideológicos actuales en acontecimientos y personajes de otro tiempo: pensaba con Ortega, que quien juzga, no comprende. Y que nuestra tarea consistía precisamente en intentar comprenderlo casi todo, sin necesidad de compartir casi nada: on ne propose pas, on expose –nos decía, como buen alumno que fue del Liceo Francés de Barcelona. Comprender, claro, desde el punto de vista de nuestros personajes, a quienes debíamos evaluar, valga la expresión, de la asignatura a la que ellos se presentaban, que no por la que a nosotros nos hubiera gustado que cursaran A mí, que me quería dedicar al régimen de la Restauración, enseguida me advirtió que la literatura profesional al uso en la España de los años setenta estaba viciada de cruzada anti-franquista; una causa que podía resultarnos políticamente afín y simpática en 1974, pero que nada tenía que ver con la de la España de un siglo antes: no tiene sentido –me señaló- juzgar a un Cánovas con los parámetros de un demócrata que ni podía ni quiso ser.

Joaquín, algo mayor que nosotros, era ya Fellow de St Antony’s. Había terminado –y presentado con un éxito reconocido- su Tesis doctoral (D Phil) en Oxford, y que, en versión española, apareció en 1974 con el título, La Rosa de Fuego, (que era, al parecer, como los anarquistas americanos llamaban a la Barcelona de antes de la Guerra; relato que estuvo en la base de ese documental sobre la Barcelona de la Semana Trágica y sus antecedentes, titulado La Ciutat Cremada, cinta inimaginable sin el texto de Joaquín, aunque apenas se citara): un trabajo espectacular, que a todos los aprendices de historiadores nos orientó y fascinó; y que, a mi, medio siglo después, me sigue pareciendo uno de los mejores trabajos sobre Historia escritos en cualquier idioma.

El caso es que La Rosa de Fuego fue el espejo en que todos nos miramos y aprendimos el oficio con cierto orden y disciplina. Porque, aquel libro lo tenía todo: un buen relato, precisión y demostración, evitando generalizaciones, presunciones y partidismos; y todo ello, apoyado en fuentes exhaustivas, públicas y privadas, no pocas inéditas, casi siempre, recogidas en un aparato crítico de notas a pie de página que hacen posible una lectura densa y profesional, pero también fluida para un lector no académico. Lo mismo cabe decir de sus otros trabajos: sus escritos sobre el Anarquismo Ibérico, (publicados con Max Nettlau, David E. Apter y James Joll), tuvieron un profundo impacto entre los especialistas sobre el tema en inglés y francés. De la mano de Joaquín pude investigar en los archivos de Romanones, de Santiago Alba y de Maura, por citar sólo unos pocos, y hasta husmear en los Archivos de Amsterdam, donde Joaquín me presentó a ese personaje de novela y fascinante raconteur que fue Arthur Lehning.

Para el tipo de investigación en la que yo, en parte, andaba metido, (algo así como Elections before Democracy, para decirlo aprovechando el título de una publicación sobre el tema), la tutela de Joaquín me llevó a tratar y conversar, en muchos casos, extensamente, con especialistas como David Apter (uno de los padres de las teorías sobre modernización política), Adrian Lyttelton (el gran especialista en la toma de poder de Mussolini y, en lo que a mi tocaba entonces, gran conocedor de sistema político de la Italia Giolittiana), Theodor Zeldin (autor de un clásico sobre el sistema político de Napoleón III, en cierta medida, el modelo canovista), José Cutileiro y Julian Pitt-Rivers (antropólogos ambos e investigadores de campo sobre el antiguo mundo rural ibérico), Vasco Pulido Valente (historiador portugués, especialista en el final de la Monarquía portuguesa, en la revolución de 1910 y en la política clientelar del país vecino). Y tantos otros. Fue un entorno privilegiado e irrepetible, sin el cual mi trabajo de entonces sería inexplicable: basta una ojeada a alguno de los números que yo promocioné como Secretario de Revista de Occidente (por ejemplo, el dedicado en 1973 al Caciquismo), o los artículos que publiqué en el Times Literary Supplement o en la Rivista Storica Italiana para percibir detrás la mano y cabeza de Joaquín.

Joaquín Romero Maura era nieto de don Miguel Maura y Gamazo, hijo de don Antonio Maura, y autor de un libro apasionante, (y, en la España de los sesenta, rompedor), Así cayó Alfonso XIII: un relato de lo más ameno, donde el autor cuenta, en primera persona, su oposición a la Dictadura de Primo de Rivera, su conversión a la causa republicana, los sucesos del 14 de Abril de 1931, las elecciones generales de Junio y su actividad como Ministro de Gobernación de la II República. En el 2007, Joaquín Romero Maura, (que había convivido años con su abuelo, buceado en sus papeles, y conversado extensamente con él sobre política española), publicó una nueva edición del libro de su abuelo, corregida y aumentada. Corregida, con la inclusión de nueva documentación interesantísima, procedente del archivo de don Miguel. Y aumentada con una introducción de un centenar de páginas que Joaquín tituló Don Miguelito en el taller de don Antonio: un texto fundamental para entender el reinado de Alfonso XIII; sobre todo, el “dérapage” –para tomar prestada la terminología de François Furet- de la monarquía constitucional y parlamentaria, hasta dar de bruces en un régimen también constitucional, pero palatino (entre 1909-1913 y 1923), de crisis permanentemente “orientales” (como se conocían en la época aquellos cambios originados en el Palacio de Oriente).

Estas páginas novedosas de Joaquín enhebran un texto central, hilvanando una interpretación que va mucho más allá de la crisis que llevó al colapso de la Monarquía constitucional en 1931, en la medida que ilumina la naturaleza de la Restauración. Por eso, yo le había dado innumerables vueltas al tema con Joaquín: para mi trabajo, resultaba fundamental comprender que Cánovas había construido un sistema orientado a satisfacer a los políticos profesionales, para evitar que estos, al verse marginados del poder, acudieran a las cuadras de los cuarteles, fiando la resolución de sus problemas políticos al triste recurso de la fuerza -que dijo Cánovas en el Senado- como primitivo sistema de alternancia a golpes militares. A falta de una opinión movilizada y una participación mínimamente relevante y, por tanto, de elecciones fiables, Cánovas confió el fiel de la balanza en manos de una corona imparcial que repartiera el poder frecuente, alternativa y regularmente entre los dos grandes partidos, premiando con el gobierno a aquel político capaz de mantener unidas las facciones afines, y relegando a la oposición al partido que presentara divisiones que amenazaran con un regreso al funesto sistema isabelino de cambios a golpe de pronunciamiento militar, (funesto, se entiende, desde el punto de vista de los políticos liberales). (Este último párrafo es de mi propia cosecha, pero me llegó espoleado por los continuos debates que tuve con Joaquín acerca de la renuencia de la Corona a admitir un tercer partido en la puja política, ya fuera la Unión Nacional costista, durante la resaca del Desastre del 98, ya en relación al partido reformista de don Melquiades).

Cánovas le aseguró al Agregado Militar francés que la tarea fundamental de la Restauración de 1875 debía consistir en terminar con la injerencia de los militares en la política, que, según él, comprometía la vida pública española desde 1808. Al respecto, Joaquín me contó, de boca de su abuelo, la frustrada entrevista que había celebrado el Dictador en 1924 con don Antonio Maura (y que yo he recogido en mi libro, Los Señores del Poder, corroborada por el testimonio inédito del general Luis de Santiago Aguirrebengoa). Al parecer, el viejo Maura despidió a Primo de Rivera (que solicitaba su colaboración) poco menos que con cajas destempladas: este hombre está loco –le comentó a don Miguelito, que asistió al encuentro- porque, la ruptura violenta en 1923 del pacto constitucional, era como un salto en las tinieblas; pues, según don Antonio, significaba el total derrumbamiento de la labor seguida para separar al Ejército de la política. De modo que se había dado un maldecido paso hacia atrás, en la medida –seguía don Antonio- que, la Restauración había trabajado con éxito para suprimir de nuestro léxico la palabra pronunciamiento. Y, Antonio Maura, predecía un futuro tenebroso de resultas de aquel pronunciamiento de 1923; porque, aseguraba, en el solar de la Restauración, había ido a montar sus tiendas, por desgracia, no sólo para él sino para la Patria, el Ejército. Después funcionar[ía] la Casa del Pueblo; y después, un gran cataclismo. El eslabón -terminaba Maura- será eso que se está urdiendo desde [la dictadura militar]. En suma –le vaticinó Antonio Maura en 1925 a su hijo Miguel, futuro ministro republicano de Gobernación- el pronunciamiento produciría el fin de la Monarquía; una República; luego el caos; y después, claro, los militares.

En realidad, Juan Pablo, Shlomo, y yo mismo, tuvimos la inesperada fortuna de contar con dos directores de Tesis excepcionales, Raymond Carr y Joaquín Romero Maura. Y un entorno muy cercano que nos llegó de ambos: Malcolm Deas (el gran especialista en Colombia, posteriormente, miembro del Tribunal de mi Tesis en Oxford, y una de las personas más sagaces y divertidas que he conocido), y Ezequiel Gallo, el autor de La Pampa Gringa, (que tanto me enseñó sobre economía agraria del XIX), el más próximo de un inigualable grupo de argentinos (como Guido Di Tella, Roberto Cortés Conde, Alieto Guadagni y Natalio Botana) que anduvieron por el College por esos años. Ellos, y la excelente cantera de académicos mexicanos (como Luis Medina, Rafael Segovia, Lorenzo Meyer y Mario Ojeda), en buena medida, procedentes de El Colegio de México, no hubieran entrado en mi radar académico sin el magisterio y la incansable actividad de Joaquín, al servicio de una desbordante generosidad intelectual.

Joaquín fue el primer Director del Iberian Centre del College, pero fui yo quien me animé a solicitar de don Juan Lladó, (Presidente a la sazón del Banco Urquijo y mecenas del mundo académico liberal en una España sombría), su apoyo financiero. Y la historia tiene su gracia, porque, cuando le comenté a don Juan que el investigador principal del grupo de Oxford era Joaquín Romero Maura, Lladó me espetó con entusiasmo: pero, ¡qué me dices!, un hijo de Pepita Maura, ¡esa belleza de mis años mozos! “Ya ves -le comenté yo a Joaquín, a mi regreso a Inglaterra- ni tesis ni nada, van a ser los encantos de tu madre la clave de nuestro éxito”

Sea como quiera, me parece, de justicia elemental hacer memoria de una persona tan generosa intelectualmente y de tan portentosa inteligencia como Joaquín Romero Maura. Y, en mi caso -como fundador de la Fundación José Ortega y Gasset- quiero, además, dejar también testimonio de su silenciosa, pero fundamental aportación en los comienzos de dicha institución: Joaquín fue decisivo cuando, en lo que sería el germen de la Fundación, me aconsejó y ayudó a montar, todavía en Oxford, el CEILA (Centro de Estudios Ibéricos y Latino-Americanos). Sin todo este entorno e iniciativas, no es que la Fundación no hubiera sido posible, es que ni siquiera sería imaginable.

[Y un apunte final, para que no parezca que se quiere ocultar nada, pero, escrito quede entre corchetes, porque tampoco nada tiene que ver con la vida de Joaquín -salvo, en las cabecitas desordenadas de algún gacetillero atolondrado- porque, Joaquín Romero, que fue también un financiero internacional de indudable éxito, y que en algún momento, colaboró, breve, esporádica, tangencialmente y hace muchas décadas, con Prado y Colón de Carvajal, nada tuvo que ver con los manejos financieros del Rey don Juan Carlos, hayan sido estos los que fueren].

Por José VARELA ORTEGA, editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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