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TRIBUNA

Ecos de monarquía

Juan José Vijuesca
miércoles 10 de agosto de 2022, 19:57h

La señorita Lilith Verstrynge, a la sazón, rutilante secretaria de Estado de Agenda 2030, se ha hecho hueco en el exclusivo club de las chicas de oro de Podemos. Lo de oro va con segundas porque Lilith no es menos y entra con nómina de 125.000 euros al año, además de las brevas asociadas y otras gracias a cargo del contribuyente. Pertenecer a un club tan “castoso” como gastoso es un privilegio reservado para féminas con idéntico y meritorio pedigrí político, que a decir de los entendidos es más corto que el abrazo de un suegro.

Pero vuelvo a lo que me trae sobre el desprecio que profesa la señorita Lilith acerca de la monarquía, y lo hace desde aquello de la semillita que rinde culto a lo de germinar cuando la cosa viril se abre paso a través de las glándulas de Bartolino y luego pasa lo que pasa. Que viene a ser lo más común cuando mujer y hombre duermen en el mismo colchón. La señorita Lilith llega más lejos en esto de polvear causas monárquicas y nos explica de manera mucho más gráfica el origen de la descendencia palaciega.

Según ella “La estructura de la monarquía y su gen hereditario se basa en la velocidad del espermatozoide al entrar en el óvulo y por la gracia divina convertirte en rey o en reina. Y añade que eres rey por la gracia de Dios” Desconozco a qué Dios se referirá, pero ya es un paso adelante en esto de las creencias religiosas cuando un gameto masculino es el encargado de presentar credenciales para que sea Dios quien corone al afortunado o afortunada. Y conste que siento respeto por Lilith Vestringe dado sus grandes tintes intelectuales y su brillante currículo académico; sin embargo, mezclar a los seres supremos en cuestiones de procrear parece un “ménage à trois” de resultado incierto.

Vengo a ello por el interés antimonárquico que se desprende en la factoría Podemos. El señor Echenique también ha afirmado hace días sentir “vergüenza ajena” al considerar que aquellos y aquellas que reflejan la armonía facial de Leonor es “lamer las botas de la Casa Real” El señor Echenique debe entender que son cosas del querer o del no querer lo que atrae al paisanaje de este país tan dado en admirar u odiar a quien genera simpatías o antipatías. No hay otra.

En mis ratos de ocio por Castilla-León he tenido la gran suerte de leer un espléndido artículo de José F. Peláez, compañero de fatigas en El Norte de Castilla, que me permito extraer unas líneas por aquello que dicen que se necesitan buenos mimbres para hacer un buen cesto. <<Que la Princesa de Asturias estudie el bachillerato fuera, no es un desprecio a la educación española, sino un gesto de refinamiento, de excelencia y, sobre todo, de sacrificio para quien algún día será nuestra jefa de estado>>

Continua José F. Peláez ilustrándonos: “La última Leonor que estuvo en Gales fue para conquistarlo. Así lo hizo Leonor de Castilla, hija de Fernando III 'El Santo', coronado en Valladolid. Leonor conquistó Gales para Inglaterra junto a su marido Eduardo I, un Plantagenet con las piernas largas y el corazón ciego de amor hacia ella, Borgoña, burgalesa y valiente. No fue su última hazaña, Leonor estuvo en las Cruzadas, succionó el veneno de una víbora que mordió a su esposo y dio a luz al heredero en medio de la conquista de Gales, en el castillo de Caernarfon.

Leonor fue bella, inteligente y culta. Financió la producción de manuscritos de historia inglesa y fue mecenas de las universidades de Oxford y Cambridge. No en vano, los cronistas de la época reflejan su intercambio de libros con su hermano, El Sabio. Vamos, que tuvo que ser una niña castellana la que llevara un poco de conocimiento, clase y altura intelectual a Inglaterra. Exactamente lo mismo que, posteriormente le tocaría hacer a otra infanta castellana, Catalina, nacida en Alcalá y educada en Valladolid, que tuvo que llevar elegancia y alcurnia a los Tudor. Reinó y a través de su hija, la reina María, inoculó la elegancia castellana a la corona inglesa. Terminó -claro- casándose con otro pucelano, Felipe II”.

En fin, sabido es que las comparaciones son odiosas, pero a veces el dios de los espermatozoides parece más ocupado en encontrar el punto G y pasa de otorgar títulos de realeza a quienes carecen de grandeza y por eso crea ministerios para compensar. Y encima van y se quejan. Envidia cochina.

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