Desde los comienzos del urente estío, del incendiario verano de 2022 el caos se encuentra cómoda y hegemónicamente instalado en el corazón mismo de la vida nacional, sin que, por supuesto, el crucial sistema de comunicación y transporte constituya excepción alguna. Antes al contrario, se erige por incontestables títulos en el epicentro de la insomne pesadilla. Dada la centralidad de su trazado y funcionamiento cualquiera avería o descomposición -sobre todo, si tiene como causa o escenario la capital de la nación- repercute de inmediato en su organigrama, con alteración de su conjunto o de piezas muy capitales en su arquitectura. En la presente coyuntura la aleación de todos los factores negativos imaginables ha tenido como resultado un sistema viario a menudo colapsado o con graves deficiencias en su funcionamiento a lo largo y ancho de toda la geografía hispana.
Para mayor agravamiento de tan pesaroso panorama ha venido a coincidir con la puesta en marcha de un desmesurado programa de potenciación, con vistas, en particular, a una mayor empatía y solidaridad de las clases y estamentos populares con una RENFE alejada de sus deseos y experiencias. En realidad, un verdadero programa de democratización de nuestras líneas férreas, de metas y objetivos, en verdad, muy plausibles y hasta grandemente positivos para la cohesión profunda del país, muy urgidos, de otro lado, de ellos. En definitiva y en expresión del catalanismo pujolista se trata de “fer pays”. Pero, ciertamente, antes de hacerlo, lo primero e indispensable es no destruirlo. Y ello es, justamente, lo que por desdicha ha acontecido o está sucediendo frente a nuestros estupefactos ojos.
Con motivo de las incesables y enmarañadas modificaciones entrañadas por la nueva modalidad de servicios del AVE -joya indiscutible de la Corona de su articulación y funcionamiento y orgullo en buena medida de España cara a Europa-, su andadura se muestra en los últimos meses harto renqueante y ,en más de un tesitura, incluso paralizada o sumergida en el más completo caos. La desmoralización nacida de tal circunstancia ha llegado incluso a su muy competente y ejemplarmente responsabilizado personal de servicios, tanto tras las ventanillas de expendeduría de billetes como en los vagones y a pie de ellos -espléndido, maravilloso servicio ATENDO-. Horizonte sombrío y acaso irreparable. Fallos “técnicos”, deficiencias instrumentales pueden repararse tarde o temprano, las bajas en la moral, las heridas y agravios en los comportamientos son, por su naturaleza, más arduos de superar. Confiemos, no obstante, que el panorama se reinvierta y podamos volver a gozar del bon vieux temps en los extensos dominios de la RENFE.