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TRIBUNA

Islas

lunes 15 de agosto de 2022, 19:45h

‘Me gustaría vivir en una isla’. ‘Por nada del mundo viviría en una’. Frases que en algún momento hemos escuchado o han sido pronunciadas por boca propia. Sucede que son del cesto común en el que se mete mano cuando se tiene una conversación formal, hablando de gustos, de experiencias. Cháchara amigable e intrascendente.

Pero lo que revelan de quien las enuncia no es algo en lo que me había detenido hasta bien reciente. Ser de interior o de costa es algo que acaba colándose en la masa de la sangre, sin duda, del mismo modo que el aborrecer dichos lugares según se va creciendo y se tiene la opción de cambiarlos por otros escenarios donde permanecer.

Ser isleño es diferente. Recuerdo una entrevista radiofónica al escritor mallorquín José Carlos Llop en la que, al principio, se le demandaba si eso había tenido influencia en su obra y en su carácter. Sí, naturalmente, respondía, y continuaba argumentando que los isleños saben reconocerse entre sí, quizá con una mirada o un gesto (cito de memoria) que les permitía saber que compartían esa idiosincrasia.

‘Yo vivo solo/ al borde del agua sin esposa ni hijos./ He girado en torno a muchas posibilidades/ para llegar a lo siguiente:/ una pequeña casa a la orilla de un agua gris,/ con las ventanas siempre abiertas/ hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas./ […] Ahora, ya no le pido nada/ a la poesía sino buenos sentimientos,/ ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,/ podemos sentarnos a mirar las aguas grises,/ y en una vida inmaculada/ por la mediocridad y la basura/ vivir al modo de las rocas./ Voy a olvidar la sensibilidad,/ olvidaré mi talento. Eso será más grande/ y más difícil que lo que pasa por ser la vida’, escribió Derek Walcott, isleño de origen volcánico para más inri, que en los versos de este poema, Desenlace, da alguna medida de su capacidad creadora al amparo de, o subyugado por, su condición geográfica.

La conclusión isleña está en cualquiera que visite una: lo inalcanzable de sus cielos y la cerrazón de su territorio. Sentirse en fuga estando preso, si se prefiere.

Uno, siendo honesto, no ha visitado las suficientes ―cuatro, exactamente― para formarse una opinión y elegir bando. Pero llevado por las impresiones que recuerdo, y siendo oriundo de suelo mesetario, creo que sería partidario de conformarme con acercarme a ellas ocasionalmente, no estableciendo mis días a las aguas grises ni resignándome a dejar aspiraciones artísticas por mucho que hagan las veces de vida. ¿Dice eso lo suficiente de uno? ¿Muestra una cobardía, un egoísmo heredado? Sin embargo, la fascinación que han despertado, las historias que han permitido, las hacen elogiables ―me incluyo― desde la noche de los tiempos.

Desde el mito de la Atlántida hasta la del tesoro de Stevenson, desde la Odisea hasta la urbana del Ulises, desde los crujidos del Pequod hasta la atmósfera musical de Björk, las islas han alimentado el piélago cultural con todas sus variantes, adaptándose a las particularidades de quien las utilizase desde un punto de partida ya de por sí peculiar. Como las ballenas o las Azores que eran protagonistas en el maravilloso libro Dama de Porto Pim, de Antonio Tabucchi, seguramente pensarán de quienes las avistamos curiosos, una vez desengañados y no habiendo halo de misterio alguno, que nos alejaremos deslizándonos en silencio y que estaremos tristes.

Tampoco es necesaria tanta literatura para encantarse de ellas. En la última película de Mia Hansen-Løve, La isla de Bergman, con el realismo romantizado que le caracteriza, ese interés y carácter lo infunde el territorio, sí, pero no funciona sin los habitantes que lo recorren, sean los naturales o los que vengan y después marchen.

La isla es Fårö, donde Bergman estableció su vivienda y rodó desde la década de los sesenta la totalidad de su filmografía restante. Una isla bellísima, de bosques oscuros, playas gravosas, dunas y luces nórdicas que resaltan cualquier parecido del tormento con el amor.

Dos directores de cine, interpretados por Tim Roth y Vicky Krieps, que acuden a preparar los guiones de sus siguientes largometrajes; excursionistas en las localizaciones utilizadas por el realizador sueco, y finalmente los personajes ficticios, Mia Wasikowska y Anders Danielsen Lie, que tienen su lugar en la futura historia de ella (Krieps) para la pantalla grande, inspirados en los fantasmas que el paisaje y su retraimiento hacen posible en carne, hueso y alma.

Hay una secuencia, un largo paseo donde le cuenta Krieps a Roth, que escenifica con delicada maestría ese aislamiento.

Amy (Wasikowska) está asistiendo a una boda, motivo de su presencia en la isla. Está sentada en una bancada de los invitados, prácticamente sola. En la otra parte, Joseph (Danielsen Lie), con quien ha retomado un lejano romance. Ambos tienen pareja actualmente. La boda es de amigos en común. Mientras la ceremonia pasa, Amy mira a Joseph esperando que se vuelva. Las lágrimas empiezan a caérsele. No sabe si se deben a la emoción por la vestimenta de la novia, la música, sus sentimientos desenterrados hacia Joseph, algo más…

Es una de las secuencias más potentes de su cine. El rostro de Amy, su rebeca roja, el fondo azul pastel de la iglesia. La inevitable sonrisa que se anuda por no desbordar algo que no debiera liberarse. Hacía tiempo que no veía una imagen apelando con sinceridad a esa herida que se nos descubre sin quererlo. La falta de correspondencia cuando uno se enamora merecería todas las aguas y soledades imaginables.

Uniéndose a los sentimientos que Bergman retrataba en sus filmes y los que a uno le interesan por ello, y porque no es necesario rodearse de mares u océanos para estar asolado (curioso su parecido con aislado, al cambio de una vocal), la película de Hansen-Løve ejemplifica perfectamente la isla que todos somos o terminamos siendo. Por un segundo o toda una vida. Por ilusión creada o externa que llega y nos rompe. Difícil será continuar, en cualquier caso, una vez percatado.

Cambiando de vientos y de humores, la moda es también un arrecife ―se requiere una palabra más sonora y afilada acorde a lo que representa― en el que puede uno nombrar sus conquistas y naufragios, pero no me interesa tanto el medio como lo que la hace distintivo: la elegancia.

Voy leyendo estos días un ensayo de Marta D.Riezu, Agua y jabón. Apuntes sobre elegancia involuntaria, cuya fotografía de cubierta ―una radiografía de dos peces― trae a colación todos los simbolismos del tema sobre el que ha tocado divagar.

El libro, ameno y puntilloso, es una recopilación de temperamentos, objetos, lugares y afinidades que buscan explicar el fácil alcance de la elegancia, sin las pomposidades de las que suele estar rodeado el lado más glamuroso y superficial de la moda: ‘Vestimos bien cuando aportamos, cuando lo que llevamos puesto habla de nuestros valores. Vestimos bien cuando estamos afinados con nosotros mismos: nuestras flaquezas, nuestros aciertos, nuestras singularidades.’

Sin restarle dificultad tampoco, pues la sencillez con que puede ser ganada la elegancia no reside en el mero propósito estético, sino en la atención de uno y al entorno que posibilite ganemos algo de él: evitarse lo mediocre, el placer de una compañía, el silencio que se agranda en el campo, apagar la campana extractora de la cocina y decir qué descanso, entre otros.

Me gustarían estas islas como algo contra lo que es irremediable chocarse, haciéndose nuestro ánimo roca inexpugnable unas veces, otras polvo que se erosiona y pierde entre las olas. En cualquier caso, el gusto del que las piensa seguro tierra adentro.

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