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La tormenta que no cala

viernes 03 de octubre de 2008, 01:26h
El conflicto que ha aquejado a la Argentina durante los últimos cinco meses desde el anuncio de la famosa resolución 125 -un sistema de retenciones móviles para el sector agropecuario, principal fuente de riqueza de la economía-, continúa resonando en la sociedad argentina. Luego de los inacabables meses de paro y “piquetes” (cortes de carreteras) por parte de los sectores más fuertes del campo, las consecuencias del cambio climático desatan una nueva tormenta, pero sin lluvia claro está: la sequía de las últimas semanas hace estragos en el ya vapuleado sector rural, que sin agua reduciría aún mas su producción, y reclama al gobierno medidas que ayuden a superar esta nueva posible crisis.

El anuncio del paro y la reedición de la amenaza de corte de carreteras avizoran el fantasma del desabastecimiento de alimentos como ya se ha vivido cuando el conflicto llegó a su punto más álgido. La opinión pública que en su momento apoyaba en su mayoría a los detractores de gobierno, se encuentra en estos momentos en un período de indecisión, hastiada por una lucha que encierra intereses sectarios de raigambre histórica. El gobierno reaccionó esta vez, de forma pausada, pensando su mejor estrategia para no caer nuevamente en el abismo (con la suerte de tener la atención desviada en la crisis de EEUU), y quizás, como comentan algunos, tomarse una pequeña revancha.

¿Por qué la sociedad argentina pone ahora un freno a los reclamos del campo que hace cinco meses apoyó hasta provocar el temor de un deja vu de aquella gran debacle de 2001? En mayo de este año la medida de las retenciones móviles fue la gota que colmó el vaso, una oportunidad para demostrar el rechazo de ciertas medidas impopulares, políticas de regulación y de economía del matrimonio Kirchner, que no contaban con el consenso social general, empañados con acusaciones de manipulación de estadísticas y control de precios desmedidos. Pero la caja se abrió y los males de la mala distribución de riqueza y tierras también salieron a relucir en medio de un debate colectivo. Una deuda histórica que no se salda con bonos del Club de París.

Extensas pampas, campos y sembradíos infinitos. Es la imagen de una Argentina reconocida mundialmente por la calidad de sus alimentos, entre asados y otras costumbres. En épocas de crisis cada uno intenta sobrevivir clamando por la parte que cree que le toca. En épocas de “vacas gordas” el afán por obtener una tajada más del pastel, provoca conflictos evitables fruto de la codicia humana. Esto no alteraría el buen andar de una sociedad si la justicia social estuviera siempre presente. Pero no, en la Argentina del constitucionalista Alberdi, donde para gobernar había que poblar, la vasta e indómita tierra se repartió entre unos pocos, nada nuevo en la historia de los países latinoamericanos.

Es aquí cuando la conciencia social se agita y debe patear el tablero despertándonos del letargo en la que reposamos durante tantos años. Cuando en un país que vaticina ser a fin de este año el mayor productor de alimentos per cápita del mundo, es inaceptable que aún persista la desnutrición infantil y la indigencia. Deberes que dirigentes rurales y gobernantes nunca hicieron, ese día faltaron a clase. No debemos olvidar tampoco que la mala administración junto a la sistemática corrupción enquistada en todos los niveles del gobierno (y de la sociedad) repugna hasta al mas desentendido. Esto hace imposible pensar que una justa distribución de la riqueza podría ser liderada justamente por aquel que delinque primero. Es cierto, también, que aquellos que siempre fueron el motor de la economía argentina han sido golpeados por reiteradas crisis sin recibir ayuda ninguna. ¿Llegarán alguna día a derramarse los beneficios del poseedor de 1 millón de hectáreas hasta al jornalero sembrador de trigo? Si el mercado con sus innegables fallos no lo consigue, el estado como regulador deberá ser el último responsable nos guste o no.

Tal vez aún no se haya tocado fondo, pero cuando la crisis internacional augura la mayor depresión económica de la historia de la sociedad moderna, la Argentina (que aunque esté en el fin del mundo aún no se ha caído del mapa) deberá poner las barbas en remojo y augurarse el futuro menos malo.

Sin un acuerdo en este conflicto maniqueísta me temo que el gaucho Martín Fierro de Hernández no se equivocaba, si este enfrentamiento fratricida persiste, nos devorarán los de afuera.
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