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TRIBUNA

Soñar y nada más

domingo 21 de agosto de 2022, 18:08h

Como en la Bella durmiente del bosque, o como en el famoso cuento “Rip Van Winkle”, de Washington Irving, qué argentino no desearía quedarse dormido y despertar dentro de uno o dos años, cuando haya pasado esta crisis devastadora y acaso habitemos en un país menos disparatado. El nivel de descomposición que hoy tiene el Gobierno arrastra a toda la clase política argentina en su conjunto. La realidad económica, tiene desafíos cada vez más dramáticos y nada hace suponer que las cosas puedan cambiar; sino todo contrario. Vale decir, que todo puede seguir igual. O peor. Y que lo que se vive se transforme en una pesadilla en plena vigilia. ¡Ojalá que no, porque por más empeño que se ponga, nadie soportaría un tan tremendo despertar en el futuro!

Si bien nunca se sabe cuándo empieza ni culmina un ciclo político, que responde por lo general a factores e imponderables no demasiado lógicos, en la arrasada Argentina no es complicado imaginarlo, ya que todo espacio se mide en descenso y donde los años, de repetidas pésimas experiencias, se establecen por décadas; eso sí, con la paradoja de que nada es improbable en esta caótica dimensión, donde la palabra berreta (que en buen argentino significa ordinario o de mala calidad), lo resume todo. Aquí se vienen cumpliendo los irreversibles postulados del esteta francés André Breton, el teórico del surrealismo, que seguramente de haber vivido entre nosotros, se hubiera resignado a ser un modesto costumbrista o un cultor de nuestro folklore, ya que en esta saqueada República del irrespeto lo real supera todo lo imaginable y se degrada hasta lo más delirante. No en vano, el poeta popular don Enrique Santos Discépolo, escribió su demasiado famoso tango “Cambalache”, que nos pinta de cuerpo entero:

Vivimos revolcaos en un merengue

y en el mismo lodo

todos manoseaos.

Hoy resulta que es lo mismo

ser derecho que traidor,

ignorante, sabio, chorro

generoso o estafador...

¡Todo es igual!

¡Nada es mejor!

Lo mismo un burro que un gran profesor.

Si uno vive en la impostura

y otro roba en su ambición,

da lo mismo que sea cura,

colchonero, Rey de Bastos,

caradura o polizón.

¡Que falta de respeto,

qué atropello a la razón!

cualquiera es un señor,

cualquiera es un ladrón..

Sucede que en esta atormentada Argentina todo es tan vertiginoso como berreta. Se da ahora el caso que con un nuevo piloto de tormenta a cargo de la cartera económica, y bajo el gobierno de un mendicante presidente, que ha llegado a su máximo de previsible deterioro, lindante con la degradación, y -como si fuera poco- con una ambiciosa vice presidenta acosada por graves acusaciones penales; arrinconada, aunque intocable debido a sus fueros parlamentarios, que sólo apuesta a sortear lo que inevitablemente se le viene encima bajo condiciones que empeoran. Sobre todo en un momento en que la dirigencia política no termina de acomodarse ni en la clase preferencial de un Titanic que se hunde por más que la orquesta siga tocando con el agua hasta el cuello.

Arduo y complejo problema elaborar un programa económico que implique bajo qué condiciones la política puede encaminar la salida del hundimiento. Para algunos, los más optimistas, la conclusión es de manual y basta con la legitimidad del destartalado sistema, imaginando que un cambio de Gobierno en las próximas elecciones puede encaminar las cosas. No obstante, se está tocado fondo y por más que se basen en una necesaria confianza, ya devaluada obviamente, hace que los ciudadanos reconozcan en sus dirigentes aptitudes nada virtuosas para delegarles aunque sea un mínimo de confianza en la representación de los sagrados intereses colectivos: mal administrados o, mejor dicho, saqueados desde hace décadas.

Ahora bien, ¿qué opina la mayoría sobre el nuevo cambio de timón que abarca tres carteras con supuestos poderes mágicos? Si somos sinceros las conclusiones no son nada alentadoras. Por empezar es un simple cambio de oxígeno en condiciones patéticas y poco creíbles. Justo lo contrario al sentido de la designación, montada en restablecer la confianza y devolver la certidumbre a la ciudadanía. Muchos analistas y medios de comunicación, es cierto, le otorgan las cualidades al nuevo Ministro de ser un hábil negociador con capacidad de conducción y buenos contactos entre los factores de poder financiero, internos y externos. Más allá de esto (o más acá), el problema que debe resolver es estructural y posee una dimensión más profunda; la Argentina, no es novedad para nadie, es un país devastado, que se subsidia con fondos sin respaldo en base a una desmesurada emisión monetaria con un costo de altísimo desequilibrio fiscal.

Cuando la gente expresa hoy cuál es el problema que más le preocupa, no vacila en afirmar que la inflación; madre de las mayores angustias, que prevalece sobre todas las demás; en otras palabras, el peor impuesto que pagan los pobres y, por extensión toda la ciudadanía. Centrémonos, por lo tanto, en una de sus más destructivas consecuencias: la volatilización de la moneda. Un país que no tiene moneda estable no existe. Es decir y sintetizando, sin moneda no hay transacciones sostenibles entre partes, porque el dinero es uno de los contratos básicos que posibilitan la interacción social.

En la realidad, el nuevo Ministro está cercado por todos sus flancos y ha asumido, podemos decir, sentado en una silla eléctrica, ya que pocas veces un capitán debe operar una nave en medio de la tormenta, acosado por demasiadas restricciones. No solo no tiene el timón sino tampoco una tripulación eficaz para que barra, aunque más no sea, algo de la basura acumulada en la cubierta. En primer término, digamos que el Banco Central está desahuciado en su demanda de dólares y bajo la imposibilidad de conseguirlos a través del campo, la única fuente real de ingresos. Su única alternativa es subir la tasa de interés en pesos, para que la moneda nacional compita con el dólar; pero esa tasa es ya muy alta, por lo que pagar los intereses que promete supone otra tormenta de emisión monetaria que de inmediato se transforma en más inflación. Todo esto sin tener en cuenta el aumento de tarifas y los subsidios a la energía y al transporte, que hace que una buena parte de la población se mantenga con los planes sociales. Agreguemos que la Argentina ni siquiera está en condiciones de endeudarse en pesos; menos aún en dólares. Sólo cabe imprimir más billetes para solventar un déficit fiscal carente de refinanciamiento; el otro camino es seguir contrayendo deuda. En cuanto al usual peso argentino comprobamos que día a día se devalúa más, y ante esa perspectiva se desestiman las importaciones al tiempo que se intenta vanamente aumentar las exportaciones. Esa es la razón por la cual, aun con precios internacionales récord de la soja, el superávit comercial sea negativo no sirva siquiera para tapar algunas goteras en un techo cuyas chapas están agujereadas.

Sin embargo, en medio de tantísimos enfrentamientos políticos entre codiciosas internas y deslealtades, algunos militantes hicieron acto de presencia en la asunción del flamante Ministro de Economía, caracterizando el acto como un clima festivo, que contrasta fuertemente con el desánimo que impera en la sociedad y con la etapa de ajustes económicos que surge como inevitable. No es exagerado afirmar que el más reciente cambio de gabinete del gobierno de Alberto Fernández se ha producido en el momento de mayor desesperanza de la ciudadanía argentina. A tal punto que según un reciente estudio de opinión pública, cuando se pregunta a la población por el sentimiento percibido en la sociedad, 9 de cada 10 personas se expresan de un modo negativo. Apenas un escaso 4 por ciento dice percibir esperanzas y tan solo el 1 por ciento, algo de confianza.

Datos escalofriantes de una realidad casi insostenible, donde nadie duda que la Argentina, con una inflación que supera el 7 por ciento mensual, es terreno minado. Recortado sobre este paisaje de incendios a bordo y de granadas a punto de estalllar, la gente se pregunta: ¿qué siguen festejando el Ministro y sus seguidores? La euforia exhibida desde que lo designaron comunica un vulnerable mensaje de inconvenientes dando la sensación de no saber dónde se está parado. Todo se sostiene en base a una incierta tregua que fluctúa entre gradualismo y shock donde la prevención ante las consecuencias políticas prima sobre la debilitada racionalidad.

Poner parches para ir sobreviviendo es característico de estos políticos que gobiernan a la Argentina en las últimas décadas, tan altisonantes como inverosímiles y cada vez más deslucidos. Otra temeraria apuesta a un golpe de fortuna; algo así como aquel jugador empedernido de la película homónima, que ya quebrado, confía en evitar la catástrofe apostando a una martingala milagrosa que le dicta su duende en una fatídica noche de ruleta.

En idéntico contexto, la Vice Presidenta de la Nación, parapetada en sus fueros parlamentarios, hace equilibrio en una cuerda floja a punto de cortarse. Su propio análisis de los hechos no la favorece y la ponen aún más en evidencia ante una impávida ciudadanía que espera se haga justicia. Tal vez como consuelo o una forma de entretenimiento se le podría recomendar una lectura de El Príncipe de Maquiavelo. Eso sí, la versión comentada por Napoleón Bonaparte. Sin duda la más afín a su naturaleza perversa.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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