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TRIBUNA

¿Por qué Putin? (Operación “Sucesor”)

sábado 27 de agosto de 2022, 19:16h

Hace 23 años, en estas fechas del agosto, el Presidente de Rusia, Boris Yeltsin, eligió como su futuro sucesor en la presidencia del país a un tal Vladimir Putin, un personaje muy poco conocido tanto para la opinión pública como para los expertos y analistas políticos de entones. Hacía menos de tres años que Putin había empezado a formar parte del aparato del presidente Yeltsin.

Una figura gris, con experiencia política nula, con un currículo breve y pobre: un agente de la KGB (en los tiempos soviéticos) dentro de la estructura de esta agencia policial, que se dedicaba a la vigilancia y persecución de los disidentes en la región de Leningrado (luego San Petersburgo); más tarde un residente de la KGB (la sección del espionaje exterior) en Dresde (Alemania Oriental), dedicándose, en la estrecha colaboración con la STASI, la homologa alemana oriental de la KGB, a espiar a la Alemania Occidental y a sus aliados occidentales; a la vuelta de la Alemania y dejando las filas de la policía secreta formó parte, en junio de 1991, del aparato del Alcalde de San Petersburgo, Anatoliy Sobchák, un amigo y correligionario del presidente reformista Boris Yeltsin; al perder Sobchák, en el verano de 1996 las elecciones a la Alcaldía de San Petersburgo, Putin se trasladó a Moscú, por la recomendación del propio Sobchák y de los miembros de su equipo, para empezar a trabajar en el aparato del presidente Yeltsin, donde pronto ocuparía puestos importantes en la administración kremlineana y de allí, en breve, sería catapultado, en julio de 1998, al puesto del Jefe de la FSB (la policía secreta heredera de la famosa KGB de los tiempos soviéticos).Es, prácticamente, todo.

¿Por qué, entonces, Boris Yeltsin había elegido como su sucesor a un personaje tan poco significante en la palestra política que rodeaba al Presidente ruso en aquel momento?

Muchos analistas de hoy, con muy poco conocimiento de la situación política, económica y social que reinaba en Rusia a finales del siglo pasado, se atreven incluso a acusar a Boris Yeltsin de ser el culpable de los desastres que está ocasionando hoy en día el “actual” Putin en la Guerra de Ucrania y en la palestra internacional en su conjunto, por haber elegido a aquel Putin hace 23 años, teniendo en su entorno a las figuras más dignas para tal elección.

Pues, vamos a ver hasta qué punto estas afirmaciones son correctas y si, realmente, Boris Yeltsin en aquel momento tenía las posibilidades de elegir a un personaje “mejor”.

La situación económica y política en el país, en aquel 1999, estaba muy complicada. Especialmente para el presidente Yeltsin. Hace un año Rusia tuvo que declarar el “defolt” (una suspensión de pagos a los créditos contraídos con los países extranjeros), que la oposición anti-reformista – en su mayoría comunista y pro comunista – en el Parlamento había aprovechado para obligar al Gobierno de Yeltsin a ceder a sus exigencias de parar el ritmo de las reformas y hacerlas más “sociales” y menos “capitalistas”. Hasta tal punto fue la presión, que Boris Yeltsin tuvo que admitir en su remodelado gabinete – por primera vez durante sus 8 años del gobierno – a dos ministros comunistas “moderados”.

El Parlamento siempre hostil al presidente Yeltsin, ya que la mayoría de los diputados, procedentes de la nomenclatura del anterior régimen soviético, tenía miedo a perder sus privilegios, las influencias y el control de los resortes del Estado que tenían en la extinta Unión Soviética. De allí los continuos enfrentamientos con Boris Yeltsin y sus gobiernos que estaban llevando a Rusia por el camino de la democracia y de la economía de libre mercado, en sustitución del centralismo político y económico del régimen soviético.

Con los comunistas dentro del gobierno reformista de Boris Yeltsin, la oposición estaba empezando las maniobras en el Parlamento para desbancar a Yeltsin de la presidencia del país, presentando una moción del “impeachment” contra el Presidente, para lo cual necesitaba reunir dos tercios de la Duma (la cámara baja del Parlamento). Y estaba a punto de conseguirlo.

Por otro lado, el mismo Yeltsin se encontraba en un bajísimo nivel físico, aquejado de las dolencias cardiacas, después de dos infartos y una operación al corazón abierto, con seis “baypasses” en su pecho. El tan precario estado de salud del Presidente le obligó a tomar la decisión de abandonar cuanto antes el poder, sin esperar las elecciones presidenciales en el año venidero – en junio de 2000. Pero, antes de dimitir él necesitaba urgentemente a buscar a un sucesor suyo, quien proseguiría las reformas democráticas iniciadas en enero de 1992. Un sucesor que no se doblegaría a los ataques de la oposición parlamentaria anti-reformista, como hasta ahora estaba consiguiendo el propio Yeltsin.

Hay que constatar que entre los políticos y altos cargos administrativos no hubo muchas figuras para elegir, porque el candidato a la sucesión tenía que ser no sólo del gusto y la confianza del propio Yeltsin, sino también debía ser “aprobado” por la mayoría parlamentaria. La fórmula de la sucesión, elegida por el aparato del Presidente, consistía en la presentación al Parlamento de la candidatura del nuevo Primer Ministro y, una vez aprobada ésta, declarar “inesperadamente” la dimisión anticipada del Presidente del máximo cargo institucional, con lo cual, el nuevo “premier”, según la Constitución, pasaba a sustituír al Presidente dimitido en la jefatura del Estado hasta las próximas elecciones presidenciales reglamentarias. Y en este lapso del tiempo, el nuevo Primer Ministro y su equipo se dedicarían a ganar las próximas elecciones presidenciales.

Por tanto, la clave del éxito de la “operación sucesor” estaba en encontrar un candidato que hubiera podido pasar el vigilante y hostil a Yeltsin filtro parlamentario. Y esto reducía drásticamente el abanico de los “posibles” candidatos. Este importantísimo matiz muy rara vez figura en los comentarios de la mayoría de los críticos de Yeltsin a la hora de afirmar que él tenía un montón de gente “buena” para elegir, pero se detuvo en la gris y muy poco atractiva figura de Vladimir Putin.

Por este “matiz”, Yeltsin fue obligado a descartar, como su posible sucesor, a los políticos tan famosos y leales a él como el ex Jefe del Gobierno, Viktor Chernomýrdin, ya rechazado por el Parlamento, cuando Yeltsin le presentó de nuevo para este puesto en una reciente remodelación de su Gobierno; al joven y prometedor Boris Nemtsov, que varios años trabajaba como Vice Primer Ministro, y algunos destacados reformistas más. Ninguno de ellos hubiera podido pasar la aprobación del Parlamento.

Hubo otras figuras del talante reformista más moderadas, como el alcalde de Moscú, Yuriy Lúzhkov, que sí podrían obtener la confianza de los parlamentarias por las críticas que él estaba haciendo a algunos aspectos de las reformas yeltsinianas, bien recibidas por la parte populista del cuerpo parlamentario. Pero Yeltsin la rechazó, dado que en un determinado momento perdió la confianza en el “dueño” de Moscú por sus más que criticables apoyos a los oscuros negocios de los amigos y los familiares más cercanos al Alcalde moscovita, especialmente en los negocios inmobiliarios. Yeltsin también tuvo que descartar, como posible candidato, a Yevguéniy Primakov – un político popular y bien recibido por los círculos pro comunistas y nacionalistas “rusos” del Parlamento – por su clara postura populista y las propuestas de volver a restablecer el control de la economía por parte del Estado y limitar la libertad desmesurada de los medios de comunicación a la hora de criticar las actuaciones del Gobierno.

Así que, desde esta óptica, entre los candidatos que gozaban de la confianza del Presidente y los que al mismo tiempo podrían pasar el filtro parlamentario, se quedaron “validas” unas tres – cuatro personas, que definitivamente se habían reducido a sólo dos: el bastante popular político y miembro del Gobierno (Ministro del Interior), Serguéi Stepáshin, y poco conocido miembro del aparato del Presidente, Vladimir Putin, ascendido, en su momento, por Yeltsin al puesto del Jefe de la KGB, precisamente, desde el punto de vista de que él podría figurar dentro de los posibles sucesores.

Las opiniones entre los consejeros más cercanos a Yeltsin, se dividieron, en cuanto al apoyo a Stepáshin o a Putin. Entonces Yeltsin, sin apostar definitivamente por ninguno de los candidatos, decidió hacer una “prueba”. Nombró a Stepáshin de Primer Ministro y, como imaginaba el intuitivo y calculador Yeltsin, el Parlamento aprobó su candidatura en la primera votación sin ningún debate en contra. A favor de Stepáshin fue que él no pertenecía al núcleo duro de los reformistas más liberales, como Gaydar y Chubáis, lo que satisfacía a los parlamentarios más conservadores.

Pero Stepáshin, siendo Ministro del Interior, no se llevaba bien con otro miembro del Gobierno, Nikolaí Aksiónenko, el Ministro del Transporte Ferroviario. Al asumir las funciones del Jefe del Gobierno, estas relaciones se empeoraron más aún, afectando el buen funcionamiento del Gobierno. Pasados tres meses, Yeltsin decidió cesar a Stepáshin, y el 9 de agosto (1999) nombró al Jefe de la FSB, Vladimir Putin, de Primer Viceprimer Ministro, atribuyéndole las funciones del Primer Ministro, en sustitución de Serguéi Stepáshin, hasta que la Duma aprobara definitivamente su candidatura para dirigir el Gobierno del país. El mismo día, en su intervención en los medios, Yeltsin proclamó a Putin su próximo sucesor en el cargo presidencial.

Fue un importante acontecimiento que, de alguna manera, había acelerado el nombramiento de Putin de Primer Ministro en sustitución de Stepáshin: irrupción de las bandas armadas chechenas bajo el mando de sus más radicales y sanguinarios “comandantes” separatistas, Basáev y Jattáb, en el territorio de Daguestán, una de las Repúblicas Autónomas en el Cáucaso del Norte, dentro de la Federación Rusa. Ocurrió el 7 de agosto de 1999 y dio comienzo a la “segunda guerra chechena”.

Una semana después de que Yeltsin nombrara a Putin de Primer Ministro en funciones, la Duma aprobó en la primera votación su candidatura, presionada por una preocupante situación en la región del Cáucaso del Norte. La elección del Jefe de los Servicios Secretos, cuyos agentes estaban infiltrados profundamente en las instituciones rebeldes chechenas y dentro de sus milicias, pareció a los diputados una elección correcta por parte del Presidente.

Por otro lado, lo que podía haber sido negativo para la imagen del candidato Putin: su mínima experiencia política, poca proyección pública y falta de carisma, resultó jugar a favor del candidato. La oposición pensaba que Putin no sería un buen candidato para sustituir a Yeltsin en las elecciones presidenciales y perdería ante un “buen” candidato de la oposición. La verdad es que algo de la razón los opositores a Yeltsin tenían. El “rating” de aceptación de Putin era de un pobre 2%.

De las memorias del Presidente Yeltsin y también del propio Putin, se ve que para Putin el ofrecimiento de Yeltsin de ocupar el puesto del Primer Ministro y a continuación a convertirse en su sucesor en la presidencia de Rusia, fue una enorme sorpresa, que le había cogido totalmente desprevenido y que él nunca pensaba llegar tan lejos en su carrera política. Y así lo dijo a Yeltsin, casi rechazando su propuesta. Esta modestia de Putin causó muy buena impresión a Yeltsin, mientras los anteriores “aspirantes”, como Chernomýrdin, Primakov, Stepáshin estaban “soñando” con ocupar el puesto de Yeltsin y lo expresaban abiertamente, considerando que son perfectamente capacitados para ello.

Se me gravó especialmente una frase, dicha por uno de los consejeros más cercanos al Presidente Yeltsin: “Putin no tenía grandes ambiciones del poder”. Y yo creo que esto también pudo haber gustado a Yeltsin, quien pensaba que, una vez él fuera del Kremlin, podría, de alguna manera, seguir influyendo y aleccionando a su “delfín” en el arte de la gran política y del gran poder en lo que Yeltsin era indiscutiblemente un Gran Maestro.

Y hubo otra cualidad que para Yeltsin era determinante: Putin estaba demostrando que era un dirigente que cien por cien compartía las ideas de la democracia y de las reformas liberales en Rusia, que profesaba el propio Yeltsin y su buen amigo y correligionario, Anatóliy Sobchák, quién, precisamente, había recomendado, como ya he comentado, a su colaborador más cercano en la Alcaldía de San Petersburgo, Vladimir Putin, para trabajar en el aparato presidencial.

Creo que es el momento de desmentir otro de los grandes tópicos del porqué Boris Yeltsin eligió a Putin como su sucesor: que le parecía que Putin mejor que nadie aseguraría los intereses de la “familia Yeltsin”, después de que el “patriarca” dejaría su puesto tan poderoso. En Rusia este tópico, inventado por los enemigos acérrimos de Yeltsin – los comunistas y sus socios nacionalistas –, sigue vivo hasta hoy día entre los críticos de la presidencia de Boris Yeltsin. Y se repite como una mantra en todos los análisis de la mayoría de los politólogos, cuando se toca a analizar la época yeltsiniana.

En primer lugar, quiero destacar que jamás nadie ha demostrado prueba alguna de que existió algún acuerdo entre Yeltsin y Putin en este sentido. Porque sin acuerdo firmado y rubricado por ambos no podía existir una verdadera garantía del cumplimiento por parte del sucesor de los intereses del sustituido. Por otro lado, si pudiera existir un acuerdo “verbal”, una palabra de honor o algo por el estilo, ¿por qué precisamente Putin y no el mismo Stepáshin, Nemtsov, Aksiónenko y otros candidatos que estaba barajando Yeltsin para su sucesor, resultaba el mejor garante? Nadie sabe contestar a esta pregunta tan simple.

¿Podía imaginar Yeltsin, hace 23 años, que su sucesor, el “hombre sin ambiciones”, demócrata liberal, leal a sus jefes y totalmente obediente a las órdenes de sus superiores, se convertiría con el tiempo en un dictador repugnante y sin escrúpulos, traicionando todos los legados del que le había elegido para seguir el curso de las reformas democráticas en Rusia? ¿Podía haberle pasado por la cabeza del Presidente Yeltsin que su “elegido” transformaría la Rusia democrática y abierta al mundo libre en un país totalitario y agresivo, que desataría una guerra en el centro de Europa, la más sanguinaria después de la Segunda Guerra Mundial, enfrentándose con todo el mundo democrático occidental, incluso, amenazando con el holocausto nuclear si el mundo libre no le permitiera conseguir sus objetivos imperialistas en la conquista y el dominio de los países que antes formaban parte de la extinta URSS, la COMECON y el Pacto de Varsovia?

La respuesta sin duda alguna es “NO”. Cómo lo podía suponer algo parecido un político que la gran parte de su vida y de la carrera política había dedicado a la construcción de una Rusia democrática, libre y digna de ser miembro de la comunidad occidental. Si Yeltsin sólo hubiera tenido el más mínimo indicio de algo parecido, elegiría a otro sucesor. No obstante, no es ninguna garantía que el “otro” hubiera sido mejor y muy diferente al actual. El poder corrompe y el poder en Rusia, con la enorme herencia absolutista y totalitaria (los Zares, los Bolcheviques) corrompe mucho más y mucho más rápido.

Un ejemplo muy claro de ello, es el actual Vice Jefe del aparato de Putin en el Kremlin, Serguéi Kiriyénko, que en la época de Yeltsin fue un demócrata, liberal, reformista, incluso llegó a ocupar, aunque fuese por un periodo muy corto (de tres meses), el cargo tan importante como el del Jefe del Gobierno. Y ahora, es un fiel seguidor del dictador ruso, apoya plenamente la guerra desatada por Putin en Ucrania y, desde su alto puesto en el aparato kremlineano, se dedica al control “administrativo” de los territorios ocupados por las tropas rusas en Ucrania. Otra metamorfosis que Yeltsin jamás hubiera podido imaginar.

Así que, es incorrecto, injusto e indigno atribuir a uno los errores y crímenes del otro, sólo porque el uno se ha confiado en el otro.

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