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DESDE ULTRAMAR

Un ilustre cuarteto femíneo y Gorbachov

Marcos Marín Amezcua
jueves 01 de septiembre de 2022, 19:59h

Esta semana en medio de aniversarios redondos y lanzamientos espaciales promisorios retrasados, cuán idóneo y oportuno resulta enunciar cuatro referencias femeninas y aludir al fallecimiento del exlíder soviético Gorbachov.

Un cuarto de siglo ha trascurrido desde la trágica muerte de Diana de Gales, que no pudo ser la reina Diana y me sigue resultando increíble su fallecimiento cómo fue, porque el túnel del Puente de Alma no da para un desenlace así; y cuántos rumores alrededor de su deceso. Lo menos, embarazo, lo más haber tocado poderosos intereses armamentísticos oponiéndose a ellos. Los años transcurridos entre su separación y su óbito fueron los más icónicos, los que trascendieron, acaso los más fructíferos en su corta vida. Desenfadada, elegante, sexy, rompedora, retando el statu quo monárquico, mas sin reventarlo. Suponiendo que muchos le retiraron habla, su apoyo y beneplácito, otros se lo extendieron. Y no me refiero a la cursilería de ser la Reina de Corazones, sino a su capacidad para reconstruirse, que no se limitó a cambiar de peinado. Por más que le den vueltas, Camilla no será la icónica Diana en ningún rubro y si pasara a la Historia solo como el amor verdadero de Carlos, quien se paseó con su querida, gracias y muy buenas. ¿Diana transformó a las monarquías? No. O al menos, no, que se sepa. Sume la canción dedicada por Elton John y la responsabilidad de los paparazzi.

Sigo sosteniendo dos cosas: una: que Camilla ruegue a Dios no sobrevivir a Carlos. Vislumbro un trato por menos como cortesana expulsada de la Corte si Guillermo fuera rey. Y siéndolo, exaltará a su madre a un punto que no hemos visto. No hay muchos precedentes de reinas consortes británicas –Camilla lo será, pues no sé dónde la gente sacó siempre que no lo sería– pero suelen quedar fuera de la corte del soberano reinante si no hay parentesco directo entre sí. No sirve remontarnos al precedente de la reina Adelaida (m. 1843), cuyo nombre dio a la conocida ciudad australiana y fue viuda de Guillermo IV (m. 1837), predecesor de su sobrina la reina Victoria, por guardar una buena relación ambas y, aun así, estuvo apartada. Y no cuentan como referente, verbigracia, las reinas viudas recientes de la última centuria –Alejandra, María e Isabel– por ser madres del soberano sucesor a sus difuntos maridos. Otra: la narrativa de la buena relación entre Guillermo y Camilla suena impostada. Así que no sería raro que Guillermo al reinar y ya sin limitantes, exalte a Diana. No se trata de que la endilgue a la gente, no requiriéndose, sino de otorgarle un nivel que, acaso, no se lo ha concedido. Para entonces, tendrá sentido eso de ser madre de rey, para que me entienda. Al tiempo. De momento, aguardamos la continuidad de Isabel II y tengo el pálpito de que será capaz de vivir un día más con tal de tener el profundo e inconmensurable placer de arrebatarle la marca del reinado más largo de la Historia al francés Luis XIV, por muy “el Rey Sol” que sea. Ya la veo triunfante. No será su único trofeo.

La Madre Teresa tuvo la mala fortuna de morir 5 días después que la otrora Lady Di. Ello acalló en buena medida el suceso porque, desde luego, la gente se inclinaba por el glamour que rodeaba a Diana. Nacida en Albania, autodefinida como la más pobre entre las pobres y que, si bien, aún en vida generaba rumores y malquerientes y se detallaron modus operandi no muy sanctos tras de su desaparición, no impidió seguir mostrándola como a una digna representante de la caridad. Se puede diferir, pero consiguió poner al centro la necesidad de servicio y eso, si no somos desmemoriados, sabemos que fue verdad. ¿Qué recibió millones a cambio? Supo gestionar. Después de todo, la caridad no se paga sola. Canonizada en 2016 por el papa Francisco, no ha dejado de ser inspiradora para labores dirigidas a atender esa pobreza material que requiere de esa asistencia que no dan programas gubernamentales ni burocráticos, también reconózcase.

El casi nonagenario Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México montó en un extremo de su vestíbulo una exposición homenajeando a la nonagenaria actriz mexicana Silvia Pinal. La última gran diva mexicana referente de la época del Cine de Oro con 70 años de trayectoria y cuya extensa carrera nacional e internacional –España, incluida– la coloca como un personaje referencial ineludible, a mí me gusta más como cómica y de musicales, pero quizá se la recuerde más de melodramática. Quizás. Con su salud menguada pudo atestiguar la inauguración de la muestra. La Pinal es renombrada por sus múltiples facetas –de dramática y diva de Buñuel o modelo de Diego Rivera a cómica, bailarina y protagonista teatral y televisiva o empresaria– siendo uno de sus programas de los que contaron con más duración en la televisión mexicana. Estuvo en los brazos de los principales galanes, actores y representativos del cine nacional. Como ninguna, sea por su extensa filmografía o prolongada presencia en el medio del espectáculo. Es un acierto que se le rinda ese homenaje en vida y asistió. Lo merece. La Pinal ha sido un símbolo proverbial en la actuación iberoamericana y tanto mejor que sea testigo de tal reconocimiento en un espacio que suele utilizarse más para llevar allí el féretro del homenajeado. ¡Mejor que sea en vida!

El programa de la NASA Artemis I (Artemisa) me mueve y me parece sumamente sugerente en cada etapa. No es para menos. No solo por el retorno a la Luna, sino porque supone, en definitiva, refrendar esa relación amorosa que guardamos con nuestro enigmático satélite. Este programa que conjunta los esfuerzos de la Agencia Espacial Europea, la japonesa y la mexicana, casi parece de ciencia ficción por sus loables objetivos. Lanzar a la primera mujer afrodescendiente al espacio, conseguir el primer alunizaje de la primera, ir al polo sur del astro, sentar en la superficie lunar los cimientos de una futura base permanente que sirva para encaminar un ser humano a Marte en la próxima década y la misión más alejada de la Tierra hasta ahora desde el cuerpo celeste que los antiguos llamaron Selene. Sorprendente. Es el futuro soñado, hoy. Ese que nos contaban a finales del siglo XX a nada de verlo materializado en el XXI. Resulta formidable y emocionante al unísono. Artemis, evoca a Artemisa, la hermana de Apolo, al otro programa que condujo al Hombre a posarse en la Luna en 1969. El momento culmen del ciclo de lanzamiento de su operación está al cargo de una mujer, deliberadamente. Charlie Blackwell-Thompson. Más femenino todo el asunto, imposible. Enhorabuena.

Y ha muerto Gorbachov, cuyo lunar en el coco semejaba la península coreana. Con él, una época. Con más aceptación afuera que adentro, se le murió la URSS en el quirófano durante el proceso renovador que emprendió. Lo recuerdo al verlo en aquella conferencia que dictó en México a inicios de los noventa y, antes, desde lo novedoso de su nombramiento, luego de las herméticas muertes de sus vetustos predecesores, Andropov y el mal encarado Chernenko, siendo tan contrastante su edad y su sonrisa. Y luego, esa idea de renovación que suponía, enfrentándose al esclerotizado politburó, los boicots a su labor, como la avioneta aterrizando en la Plaza Roja exhibiendo la vulnerabilidad de sus sistemas de seguridad. El olfateo de la Thatcher sobre el real declive soviético y que había gato encerrado, la frivolidad yanqui de llamarlo “Gorby”, su esposa que eclipsó a la ignorante Nancy Reagan, su permisiva inoperatividad contra la protesta y el independentismo nacionalista contrapuesto al modelo soviético que terminó desmantelando la URSS, haciéndola perder por descontado la Guerra Fría y demostrándonos que una cosa era el socialismo teórico y otra el real, bastante indeseable. Negociador, firme, volvíose un liberador de la Europa oprimida por la bota soviética. Quienes vimos el golpe de Estado abortado de agosto del 91, su retorno con cara de derrota desde Crimea o a los cubanos mirando por televisión la desintegración soviética como fue mi caso, abriéndoseles una ignota incertidumbre a su futuro, anotamos que fue un personaje clave de la historia europea y mundial del siglo XX. Por siempre ligado a palabras como perestroika y glasnots, ha muerto sin saber qué deparará para todos la aventura ucraniana, que en parte a él se debe su existencia, sea por activa o por pasiva. Mal momento para morirse un ruso destacado, que pareciera inoportuno elogiarlo.

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