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TRIBUNA

Una excepcional novela tremendista

José Manuel López Marañón
lunes 05 de septiembre de 2022, 19:49h

Debuto en El Imparcial con el gaditano Antonio Tocornal, ganador del XLI Premio de Novela Felipe Trigo con Malasanta. Una obra que arrasa por su potencia literaria, la maestría en el lenguaje, la agilidad narrativa y el sentido del diálogo al servicio de una estremecedora historia. Desarrollada en saltos temporales de diez años (a partir de los cinco de su protagonista y hasta que ella alcance los cincuenta y cinco), a la hora de puntuar este libro –que es al mismo tiempo supervivencia y derrota– sobresale la habilidad para encajar su magnética sordidez entre los contornos del tremendismo y el realismo mágico, dos escuelas que en doscientas memorables páginas logran una muy beneficiosa coexistencia.

García Márquez dijo: «Tengo la impresión de que el cine ya no acepta un prostíbulo más». Quizá. Pero uno como el de doña Expiación, donde durante quince años ejerce Malasanta, ese que «de vieja casa discreta y clandestina pasa a gran prostíbulo digno del cambio de milenio con salón, bar, reservados, muchas habitaciones y equipado con avíos de luces de colores y neones intermitentes en forma de corazones» sobradamente se las ha apañado para que dentro de él se organice un inolvidable festín literario.

La descripción embellecida e idealizada de la realidad es ajena a Tocornal, heredero en sus planteamientos autorales de las virulentas y descarnadas descripciones de aquel naturalismo decimonónico que Camilo José Cela estiró hasta el tremendismo en La familia de Pascual Duarte (y que asimismo asoma en otras dos de sus novelas grandes: San Camilo, 1936 y Mazurca para dos muertos).

La honda nostalgia por el paraíso perdido o nunca poseído; la benéfica irrupción de lo poético, potenciando aquí el descenso al infierno como desdichado itinerario de esa adolescente que –por una sucesión de milagrosos azares– llega a la edad madura; pero, sobre todo, la percepción negrísima de la existencia sazonada con un devastado sentido del humor que nos apuñala (a base de mesuradas hipérboles ajenas a la fábula), son las poderosas armas que Antonio Tocornal empuña con pulso firme para su Malasanta.

El argumento (desarrollado en el pueblo llamado La Ciénaga y en lugares no lejanos a él como El Monte, o más distantes como Ciudad del norte y Ciudad del sur) que despliega la turbulenta y desdichadísima vida de la hija de Dámasa la Tuerta, está pautado por un calendario que abarca cinco décadas y marcado por el ideario de la sangre y la tierra. El lado más sombrío de nuestro país se traza en ese terruño irremediablemente cruel en el que se cita el completo muestrario de la insensibilidad por el semejante y donde no brilla por él la menor señal de aprecio. Allí el más pavoroso crimen queda sin rastrear…

Antonin Artaud avisó: «Todos los pintores incorporan a sus lienzos su anatomía, su fisiología, su saliva, su carne, su sangre, su esperma, sus vicios, sus puses, su patología, su poder, su salud, su carácter, su personalidad o su locura». Usando como pincel la pluma, Tocornal sirve desde sus entrañas una descarnada ficción que, tal vez inspirada en algún hecho real, podría haberse definido como histórica si por encima de ella no aleteara la honda y estremecedora reflexión moral que acaba por imponerse.

Dominados por los nervios y los arraigados vicios –hasta el punto de parecer desprovistos del libre albedrío–, e impulsados en cada acto por las fatalidades de la carne, muchos de los protagonistas de Malasanta son bestias humanas. Seguirlos durante su sordo trabajo de las pasiones, en sus impulsos instintivos y trastornos cerebrales (proyectados por el alcohol y la droga), lleva al osado autor a dejar un estremecedor y colectivo testimonio de la carencia de alma, ausente en todos ellos. Otros personajes como el niño sin extremidades, el travesti pelirrojo, un representante de mercería o ese retrasado fogoso, unánimemente desvalidos en el peor mundo posible para ellos, resultan el contrapunto a la fuerza bruta: su más directa derivación.

Un aire de familia comparte la novela con la que más disfruté el pasado año, La forastera (Olga Merino, Alfaguara 2020) y esta Malasanta, mi preferida en lo que va de 2022. Siento que a ambos escritores el tema les elige; que las tramas, literal y literariamente, les absorben y que ante semejante empuje no han sido «libres» a la hora de narrar.

En nuestro adocenado presente superpoblado de juntapalabras que trabajan con plantilla, comprobar cómo Tocornal es llevado casi fuera de sus límites por la misma intensidad de lo que cuenta, hasta convertirse casi en un médium que dialoga con sus exorcizados espíritus, eso, hoy –por su excepcionalidad– resulta el mayor elogio que a un autor pueda hacerse.

Este mes entrevisto para El Imparcial a Antonio Tocornal. Mientras tanto lean Malasanta, obra ya imprescindible en la literatura española, triste e irreparable como una bachata dominicana empapada en brandy Fundador:

Miren que sola está

la mesa del rincón.

Mi amor dónde estará.

Me duele el corazón.

Ay qué vacío tan hondo

porque se fue mi amor…

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