De Provenza a Cataluña: un viaje taurino (I)
viernes 03 de octubre de 2008, 22:17h
Los profesores de lengua no sabían muy bien qué hacer con la lírica catalano-provenzal. La galaico-portuguesa era otra cosa. Y no por una cuestión de fondo (ambas cantaban amores o se divertían con escarnios y maledicencias) ni de forma. Era una cuestión de idioma. Mientras el galaicoportugués era el elegido por el sabio rey Alfonso X, proyecto frustrado de Carlomagno español, para cantar a Santa María –elecciones que el propio caudillo de El Ferrol pudiera considerar más que acertadas– el provenzal y el occitano se reservaba para los crucigramas, y el catalán para la intimidad. Y mientras en aquellos 60 de mi bachillerato franquista del plan de desarrollo, Portugal era una secreta extensión de España, Cataluña se preservaba en secreto de ser una extensión de Francia, frontera de todos los peligros de la tentación.
La normalización democrática ha cambiado hoy las cosas aunque a veces los peligros hayan desbordado a la tentación. Los profesores de lengua hablan de lírica medieval con la seguridad de que ni la catalano-provenzal ni la galaico-portuguesa ni la castellana interesarán lo más mínimo a los alumnos ¬–siempre un paso por delante de las pretensiones nacionalistas estatales o autonómicas de sus políticos y educadores. Tendremos que acudir a otros aspectos de la cultura que nos marquen pautas y diferencias bajo los impulsos de las nuevas batutas rectoras. Por ejemplo, los toros. Unos días de viaje viendo corridas por las tierras que airea el golfo de León y sus lindes catalanas pueden ser buena muestra.
Salimos de Aix-en-Provence, con su carga gótica europea –los nombres y leyendas en francés y provenzal–, pasamos las Bocas del Ródano, Arlés –romano y románico–, la Camarga, Nîmes –nombre latino derivado del Nilo– donde se celebra la feria de la vendimia. No es de extrañar que el folleto turístico del ayuntamiento de la ciudad comience así: “Romana e hispánica, camarguesa y cévenola, languedociana y provenzal, Nîmes es la ciudad de todos los acentos. El sol del Sur, los vientos y las influencias diversas le dan forma desde más de 2000 años. Puesta en la encrucijada de la Historia y de las relaciones humanas vivió intensamente la historia de Europa. Y si sus influencias y paradojas son múltiples, su personalidad es única.” Obviamente en tal lugar caben las fiestas de toros, y en su anfiteatro el joven torero madrileño Julián López “El Juli” se disponía a matar seis toros en solitario para celebrar sus diez años de alternativa. Había elegido repetir donde se hizo matador, en les arènes que circundan la elipse de viejas arcadas romanas de piedra blanca, oscurecida por el tiempo, que aún se sostienen como un símbolo contradictorio entre el aire azul del mare nostrum y el cielo de cobalto del atardecer del sur de Europa.
Solo, de turquesa y oro, recorrió entre ovaciones, compases del “toreador” de Carmen e intermitentes silencios contenidos, los 133 metros de arena que separan el portón de cuadrillas de la barrera de presidencia: ¿Qué pesaba sobre el? ¿Tal vez dos mil años de toreo? El cielo, que recortaba en contraluz las siluetas de los muchachos encaramados en los últimos sillares del anfiteatro, mientras la música, acelerando las notas de metal y viento las devolvía al aire antiguo del que vinieron, era al fin y al cabo el mismo. Como era el mismo Juli, todo maestría y ligereza, el que iba a hacer brotar en un repaso de dos horas, su ejemplar viaje personal insertado en el largo viaje por el tiempo que Les Arènes nos mostraban. Era el eterno paseíllo por la historia del mar nuestro, el que raptó a Europa y la paseó en la cubierta de un toro, con mástiles de asta en la proa, zarandeándola por islas y costas, de África a Asia, por las orillas del norte y de occidente, dando vueltas al ruedo meditérraneo hasta quedarse fijo en el oeste, como los bravos, en el extremo opuesto de la puerta del toril original. El Juli se daba cuenta; “estoy muy cerca de lo que quiero ser como torero” –había dicho hace unos meses– y no desaprovechó la ocasión.
Terminada la pompa –el paseíllo de los antiguos– comenzó el viaje: seis toros, materia viva del recuerdo. Con garbo y ligereza en el capote –confianza risueña de la infancia–, primero en los delantales y tafalleras, los faroles y gaoneras y la serpentina; después en las verónicas, ahora dobladas, luego lentas, profundas, en las que la madurez ganó el terreno. Las gargantas, roto el silencio, se hicieron gritos y ecos en los remates airosos, en las medias, las lopesinas, y el desgarro de una larga a una mano que fue un clamor callado de alborozo. Veía el público en la entrega generosa del torero las viejas virtudes del alma noble y valerosa, y respondía desde la cavea con palmas y pañuelos y algunos aún guardaban para la ocasión la mappa –toalla blanca que se agitaba en los triunfos– de sus antepasados.
También la muleta de El Juli encontró, toro a toro, el temple por el que se desliza un animal en la franela, y mostró, en progresión simbólica, el tiempo armónico y la distancia justa que son clave del pensamiento del toreo. Hubo pases lentos, engatusadores, que se hicieron naturales largos y barredores que exprimían la bondad y el medio gas de algunos toros y culminaron, a compás de címbalo, en cambios de manos que seguían a los circulares invertidos y en penduleos, desplantes y trincheras. La técnica del hipnotizador causó efecto y se multiplicó en el cuarto al que toreó despacio, absorbido, hasta dar los redondos más largos, que seguían el camino ovalado de las rayas de picadores. Faena de científico que encuentra el breve brote de células donde aún se esconde la bravura. La claridad fue apoteosis en el último: la plaza en delirio le llevó a romper su resolución de no banderillear, claudicó el corazón –de nuevo el niño– y tras los pares, el público en los cunei –tendidos–recibió el brindis como si de un héroe se tratara. El resto fue todo delirio, incluso cuando el acero, no siempre en lo alto al primer tiempo, esperaba para entrar un segundo turno o un descabello. En la Francia mediterránea y europea del 2008 después de Cristo.