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Antonio López Eire: in memoriam

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 03 de octubre de 2008, 22:26h
La muerte del catedrático de Griego de la Universidad de Salamanca, Antonio López Eire, viviendo la plenitud de sus fuerzas intelectuales, como consecuencia de un accidente de tráfico al noroeste de Zamora – parece que la sombría moira Láquesis continúa cortando demasiadas veces los hilos finos de la vida a consecuencia de esta civilización moderna – ha sido un durísimo golpe – y thánatos viene de theíno, “golpear” – para todos los que tuvimos la suerte de ser sus discípulos, y discípulos devotos. Porque cuando se era discípulo de López Eire se acababa siendo un discípulo fervoroso, por poco sensible a la cultura que uno fuese, con devoción a la oratoria y teatro griegos. Pues que conseguía prender en el pecho de sus alumnos un fuego de amor hacia la cultura sensu lato, por encima de cualquier barrera ideológica, moral o religiosa. Un sabio liberal en el sentido más profundo. La vocación a las Clásicas, ese hermosísimo vocablo que parece siempre dicho por los labios de Dios, se había impuesto en su alma egregia, ornada de geniales travesuras, sentido del humor y una alegría contagiosa.

Si algo nos enseñó López Eire es que es imposible traducir sin una cultura extensa y profunda, perimetral al propio texto, que nos permita escrupulosamente sacar el sentido contextual e histórico de cada palabra. Quizás esa condición podría acercarse a lo que Julia Kristeva llamaba hace ya treinta años “ideologema”. López Eire traducía con una precisión y escrupulosidad filológica-cultural impecables y, sin embargo, cuando leemos sus magníficas traducciones nos parecen textos fluidos, sencillos, transparentes. Llegó a la cátedra universitaria a los veintiocho años, y cuando España era una superpotencia en la Filología Clásica, a la altura de Alemania, Inglaterra o los EEUU (Antonio Tovar, Manuel F. Galiano, Agustín García Calvo, Rodríguez Adrados, Luis Gil, Antonio Fontán, Carmen Codoñer, Álvaro D´Ors, J. M. Pabón, Sánchez Lasso de la Vega, Agustín Blánquez, Miguel Dolç, Lisardo Rubio o Mariano Bassols de Climent). Luego vino la barbarie gubernativa, que ha impedido la sucesión decorosa a estas excelsas figuras. Hoy todavía, cuando entramos en la Biblioteca del Museo Británico, por ejemplo, podemos recordar esta reciente Edad de Oro que vivió la Filología Clásica en nuestro país en los plúteos de aquella rotunda biblioteca victoriana, y que impidió inexplicablemente su perduración políticos como Alfredo Pérez Rubalcaba.

López Eire supo enseñarnos a traducir con desenfado a Aristófanes, manteniendo el grado exacto de salacidad y procacidad del genial ateniense, sin pasarnos, sin caer en la chocarrería sin humor, y sabiendo escuchar desde la profunda retórica de su comicidad el rumor del sentido común del hombre corriente, tan a menudo enfrentado al punto de vista abstruso e hiperideologizado del político, casi siempre más tonto que la ciudadanía en general. También nos enseñó a traducir a los grandes oradores áticos, sobre todo a Demóstenes, de quien nos supo transmitir no sólo su sublime y cuidadosísima expresión artística, sino, sobre todo, el fin que tenía este artefacto retórico: el amor a la libertad política, el sentido de la dignidad del hombre libre, la solidaridad con lo común, la generosidad, el esfuerzo y sacrificio heroicos, el patriotismo, el sentido, en fin, de la vida del hombre como ciudadano.

Aunque hace ya veinte años que no lo volví a ver (la última vez fue con ocasión de la presentación de mi Tesis Doctoral, de la que formó parte como miembro del Tribunal, y que me brindó las más cariñosas palabras que puede pronunciar un profesor a un alumno ), su sabio magisterio ha seguido latiendo en mi oficio de humilde filólogo. Y si humanamente debemos sentir, y así la sentimos, muchísimo su muerte, socialmente es un acontecimiento terrible: El actual sistema educativo ha hecho imposible reemplazar a sabios como Antonio López Eire, que está en estos momentos gozando de la felicidad del Elíseo, del verdadero Elíseo cristiano. Anthoníe, Chaíre.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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