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TRIBUNA

F.B.R

sábado 10 de septiembre de 2022, 19:04h

Las tardes de septiembre son la tarde del año, dice un verso de Miguel d’Ors, y lo seductor de pensarlo continuamente no quita que en una ciudad pequeña y costera sean sentidas como una cogida de asta si son tomadas en vano.

Cuando dicho mes empieza, las sombrillas son tragadas por la arena y los paseantes reducidos a los habituales el resto del año. Los lugareños no ven mermado su contento porque todo se vea a la mitad, pues esa mitad es la que vale su todo. Los hoteles y apartamentos toman ese aire descontento y limpian sus habitaciones con el único ajetreo de lo que pueda mecerse por los soplidos de una ventana mal cerrada, de los pasos con eco, ya saben: el silencio elocuente, si la contradicción lo permite aparte de los cuadros de Hopper. Las filas en la frutería y similares comercios vuelven a enriquecerse de tiempos de espera inacabables y conversaciones en sintonía que debaten ‘hasta de los orígenes del flamenco, si hace falta’, como dijo mi amigo mientras dimos media vuelta, evitando unirnos.

La necesidad de lo rutinario vuelve a imponerse. Pero ese manto que puede arribar antes de tiempo desbancando lo gaseoso del verano, de lo creído que éste posibilita que pueda alargarse indefinidamente, deja el rumor de los recuerdos hasta transformarlos en ruidos asfixiantes. Cambiamos el que fuimos por quien siempre somos. Ahora se llama síndrome o estrés posvacacional, pero sería más acertado nombrarlo por lo que produce: desencanto. Es sutil y puede ignorarse, pero ha de reconocérsele el trabajo bien hecho en quienes de ello enferman. Podría hacerse interesante si investigásemos su duración, pero impide una medida exacta y repele intentarlo su carácter voluble. Esto, como puede leerse, no son sino rodeos del tedioso pasar de un estado a otro, como se viene diciendo: de la interrupción veraniega a la seriedad por la fantasía que ha terminado.

Una solución es que la sombra particular de la literatura nos guarde. No se escapa a la incoherencia de sustituir una ilusión por otra, desde luego, pero antes que gastar nuestra vanidad en contar lo que hemos perdido ―aunque a veces, muchas, resulte interesante―, mejor buscar en silencio detalles que parezcan nos estuvieran esperando para decirnos que no hacen falta solemnidades para garantizar calidad en la lectura, que el asombro que puede dar ‘lo trivial y abominable de la rosa’ es grato recibirlo.

En su casa debe haber un vaso con dicha rosa. Está en la esquina de un aparador, detrás de un recipiente pintado con motivos florales. Es blanca, como lo mortal, y la sostiene enhiesta su tallo sobresaliente, varias hojas de comparsa y un poco de agua. Él aparece a su lado, con la mano tapándose media barbilla pero no la sonrisa, y la pierna cruzada, sentado. Es una foto de hace veintisiete o veintiocho años. Le dije que, de entre sus retratos, era uno de los que más me gustaba. Esperándole en nuestro encuentro de este año, creí percibir ese aparador entre los muebles de lo que, supuse, era el salón. Mirando la fachada coronada con un reloj de sol, entretenía los minutos de cortesía espiando educadamente lo que se intuía a través de la penumbra dejada por las persianas a medio echar, las tres que daban a la calle. Cerca, el mercado y su bullicio. Algo más allá, el paseo, el puerto y el mar.

Fácil que, tras sus muros, ocurran todos los sortilegios que asaltan desde lo común con sus chispas y encantos a nuestras imaginaciones enteleridas. Así, gracias a su mesa, sus papeles y escritos, su letra como arabescos debussyanos, nos habla de ese mercader que ‘extendía la herida roja de las manzanas’, ofreciendo ‘la tarde/ en bandejas mojadas por la sangre del viento’. Del invierno y sus estancias doradas por cirios y los patios de niebla con hojas muertas mojadas; aguas dormidas pero más claras por mirarnos en ellas. De la compra de un sable de pirata, un atlas y una agenda para arreglar una vida que se dibujaba con perspectiva monótona y desdichada. De los que conspiran sobre los que ya son conspiranoicos. De esa compañía de los nombres que permanecen recordados en el arte con o sin devoción. De los lienzos de su hermano, con la ribera de temblorosos chopos, las dunas o apuntes a tinta del Guadalete. De El día amarillo, uno de sus poemas que tengo como favorito.

El amigo Felipe Benítez Reyes tampoco toma nada en vano. Lo que pretenda decirle una nueva ocurrencia que derive en proyecto literario o una estampa de su ciudad, la suya o donde fuera, que también pueda devenírsele símbolo de algo. Advierte que la emoción en el poema debe ser fingida pero que, como siempre nos equivocamos, no perdamos el buen humor, ese nacido de la fineza y que desdeñe cuando deba sin miedo el arte literario, pues, como él dice, ‘cualquier vida es mal cambio, verdaderamente,/ por unas pobres páginas’.

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