La balada es una forma poética con contenido musical que nació hacia el final de la Edad Media para expresar el canto cortesano dedicado al amor. En cuanto a la forma, por lo general, la balada clásica estaba constituida por octosílabos y las rimas se entrecruzaban. En lo puramente musical, Frédéric Chopin compuso cuatro baladas para piano, que no dejan de ser interpretadas y siguen muy vigentes. A partir de la segunda mitad del siglo XX, se desarrolló un estilo de balada romántica con identidad propia para cumplir la tradición de dedicar canciones a la persona amada. Este género musical, muy cercano al estilo romántico, tuvo su auge en la década de 1960 y alcanzó popularidad en las voces de grandes crooner norteamericanos como Frank Sinatra y Bing Crosby. Empezando por México, no tardó en difundirse por todo el continente y en hacer pie en Europa. Se caracterizaba por ser un género interpretado en tiempo lento, cumpliendo por lo general con la temática amorosa impuesta por el bolero. Su auge en España estuvo unido con el ingreso de ese país al festival de Eurovisión. Del otro lado del Océano, entre sus cultores, en diversos idiomas, hacen competencia interpretativa figuras como Charles Aznavour, Domenico Modugno y Engelbert Humperdinck, por citar algunos; en la Argentina el que más se destacó fue, sin duda, el exquisito cantante Luis Aguilé, definitivamente fiel a esa línea de canción.
A través de mis recordados y comunes amigos, el actor Milo Quesada y el pintor Jorge Ludueña, conocí en Madrid al incomparable Luis Aguilé. Siempre había sentido admiración por ese singular cantante y compositor, que a través de su voz amable y cadenciosa transmitía alegría y nostalgia a un mismo tiempo; se lo consideraba nuestro gran baladista. Aguilé era, además, músico, actor, bailarín, animador y escritor de literatura infantil y novelas. En el trato personal Luis era un hombre encantador y generoso que me manejaba conceptos bien claros, pero que nunca se propuso un tono épico para sus temas, aunque este le salió al encuentro casi contra su voluntad; sobre todo en los últimos tiempos de su exitosa carrera. Era un hombre con conciencia social tanto como un creador de situaciones, una persona muy culta, autodidacta y acaso tan propenso a la fe como a la incredulidad y a la ironía. Superaba los límites de un simple cantante popular. En sus composiciones abordó la vida de la Argentina, de Hispanoamérica y de España de un modo valiente y sincero.
Dos días después de aquel primer encuentro, que tuvimos en Aravaca, en el chalet de Milo, me recibió en su casa del barrio de Chamberí, donde hablamos de su vida, de su carrera y mucho de literatura. Quedó allí pactada nuestra amistad. Era un devoto del “Martín Fierro” y me contó que estaba preparando una cantanta, con versos de José Hernández. “Te daré una copia, quizá tú puedas colaborar conmigo”, me dijo. Tenía admiración y un respeto casi sagrado por Borges; lo había visto, lo saludo con reverencia, pero no se atrevió a conversar con él. “¿Quién era yo para tener un diálogo con un personaje de tal magnitud”, me confesó tal vez con exagerada humildad. Lo consideraba el argentino más genial de todas los tiempos.
Creo, por lo señalado, que de dos maneras podemos admirar la trayectoria de este talentoso artista; paradójicamente la más simple sería la de ser distinto. La otra, la más polémica, es la de representar un personaje único en el mundo del espectáculo, que vivió siempre de acuerdo a sus convicciones. Contaba que cansado de los irrespetos por parte de la gente del ambiente artístico emigró, primero a Venezuela, de allí a Cuba y después de la Revolución Cubana, a España, en donde viviría hasta el final de sus días.
Me habló con nostalgia de su paso por Cuba, donde llegó a ser un ídolo popular, probablemente tan famoso como el mismo Fidel Castro. “En la Isla me fue espléndidamente; nunca sentí tanta admiración hacia mi persona; allí se produjo lo que yo llamo la gran consagración de mi carrera -se enorgullecía-. Tuve un éxito descomunal, increíble y gané una fortuna. No podía salir a la calle porque la gente me adoraba y quería tocarme. Cuando triunfó la guerrilla de Fidel Castro, con la que yo estuve de acuerdo en un primer momento; sobre todo porque la Cuba de Fulgencio Batista era un prostíbulo norteamericano. De manera, que cuando lo echaron a ese dictador, a mí no me confiscaron los bienes que tenía, pero no me dejaron sacar un centavo del país o, mejor dicho, unos pocos centavos que sólo me alcanzaban para el pasaje del avión. El “Che” Guevara manejaba la economía y yo lo fui a ver para decirle que lo mío había concluido allí y que me quería ir ya que entendía que las urgencias eran otras. Fue muy simpático ese encuentro entre compatriotas; comimos un asado y brindamos un par de veces; hablamos más de una hora. Pero cuando fuimos a mi asunto, me liberó apenas mil quinientos dólares, fue casi como una broma. Entonces yo decidí repartir las propiedades que había adquirido y el dinero ahorrado entre mis amigos de la Isla. Los junté a todos en una cena y les fui preguntando tú, que necesitas, una casa; bueno ahí la tienes, y tú, un barco, pues el que está atracado en el puerto es tuyo. Con Guevara nos entendimos, pero no dio marcha atrás. Lo gracioso era que había adquirido mis discos y los escuchaba en su oficina. Era una persona amable y simpática, pero como funcionario durísimo. Mi país tampoco pasaba por un buen momento y decidí radicarme en España, donde era respetado y tenía muchos seguidores”.
El querido y admirado Luis había nacido en la ciudad de Buenos Aires el 24 de febrero de 1936 y fue bautizado como Luis María Aguilera Picca. En 1951, con tan sólo quince años, logró su primer contrato en la “Maisón Doré”, un lujoso salón de reuniones, donde empezó a cantar y casi al mismo tiempo a trabajar en la radio “El Mundo”. A los 20 años, en mayo de 1956, se presentó en el concurso de televisión Music-Hall donde logró un notable suceso, y poco después grabó su primer disco, bajo el sello Odeón, con temas con ritmo de ranchera: “El preso número nueve” y “Tu recuerdo”. Poco después editó su primer LP con baladas que se hicieron famosas, entre ellas “Linda nena”, “Mujer tejedora”, “Pancho López” y “Qué será será”. A este trabajo, que comenzó a abrirle las puertas de la popularidad, le siguió un disco entre los que se destacaban temas como “De azul pintado de azul” y “No me dejes nunca”, dos éxitos europeos de aquel momento. En 1959, un nuevo disco le permitió conquistar el mundo latinoamericano y emigró hacia Centroamérica.
Llegado a España después de la experiencia cubana, actuó en el Festival para la Juventud, celebrado en el Palacio de los Deportes de Barcelona. De regreso a la Argentina, en 1962, protagonizó en Buenos Aires el film La chacota, acompañado por la vedette Mariquita Gallegos, con quien mantuvo un comentado romance. Al año siguiente se estableció definitivamente en España, donde tuvo un notable éxito con el tema “Dile”.
En su nuevo país de residencia se convirtió en un personaje muy popular con constantes apariciones en programas de TV. En 1968 creó su propio sello discográfico, desempeñando labores de productor. Tras estrenar en 1972 la comedia musical “Una gran noche”, entre 1973 y 1974 presentó el programa de televisión “Llegada internacional”. En 1976 se casó con la española Ana Rodríguez Ruiz, su compañera inseparable y, entre 1978 y 1979, volvió a la televisión para presentar el programa “El hotel de las mil y una estrellas” y en los años ochenta en “Un, dos, tres? responda otra vez”.
En 1962 estrenó el espectáculo “Por las calles de Madrid”, que posteriormente se denominaría “España es una fiesta” y la representaría también en Buenos Aires durante la década siguiente. En 1999 publicó “Superfiesta”, que sería uno de sus últimos discos, y en 2002 dio a conocer la compilación “Los 40 grandes éxitos de Luis Aguilé”, entre cuyos temas figuraba “Cuando salí de Cuba”, una de sus canciones emblemáticas, y “Ven a mi casa esta Navidad”.
La mayoría de los temas compuestos por Luis Aguilé reflejan una visión optimista de la vida y en ocasiones son directamente humorísticos. “Cuando compongo, no puedo dejar de lado mi sentido del humor, que a veces se mezcla con mi pesimismo”, me explicó abriendo sus brazos. Muchos de ellos se convirtieron en éxitos veraniegos, como “Juanita Banana” (versión del tema de Henri Salvador), “La banda borracha”, “El frescales”, “El tío Calambres”, “Es el sol español” o “La vida pasa felizmente”.
También logró grandes éxitos con temas de otros cantautores, como “Lo importante es la rosa”, de Gilbert Bécaud, “La Chatunga”, de Marisa Simó o “Te quiero”, en versión del “Azzurro” de Paolo Conte. Asimismo, es autor de la zarzuela “Viva la verbena”, estrenada en Argentina y Estados Unidos. Sufrió, sin embargo, una gran decepción cuando vio que en España (y concretamente Madrid, ciudad a la cual había dedicado su zarzuela), casi nadie se hizo eco de esta obra y en la cual había puesto mucha ilusión. Finalmente, fue presentada en el teatro Monumental en 2008 a cargo de la Orquesta Sinfónica Neotonarte, dirigida por Antonio Palmer con el coro de la Federación Coral de Madrid. Fue una gran compensación muy merecida.
Luis Aguilé grabó más de ochocientas canciones durante su exitosa y dilatada trayectoria, la mitad de ellas de su autoría, y algunas se han convertido en estándares de la música popular en castellano. Como “Cuando salí de Cuba”, quizá su canción más conocida, grabada por muchos otros cantantes. Compuso, además, canciones para niños y publicó varios libros. Su novela La guerra nunca aclarada, presentada con pseudónimos y publicada en 1989, fue finalista del Premio Planeta. Conservo un ejemplar con su ponderativa dedicatoria.
En lo personal nunca dejó de acompañar a quienes consideraba sus amigos. El locutor Julio Lagos, que lo trató muy íntimamente ha dejado un precioso testimonio. Apenas pisaba tierra española, yo lo llamaba por teléfono. “Hombre, estás aquí -me respondía alegre- ¿Cuándo podemos encontrarnos para comer?”. Luis era, sobre todo, un hombre de amigos. “Para nosotros, los argentinos la amistad es un culto al que guardo fidelidad -me dijo con una palmada-. Y yo soy fiel a esa proclama, Roberto”. A fines de la década del ’90, nos acompañó en la Biblioteca Nacional de Madrid cuando presentamos el libro España en mí, del poeta Alejandro Roemmers.
Nos dejó en 2003, víctima de una enfermedad terminal. No mucho después de haber festejado sus 73 años. Injustamente, no pudo estrenar sus tres últimos proyectos: la zarzuela “Viva Madrid”, “Grandes éxitos de Broadway”; y un homenaje al poeta argentino José Hernández.
Quizá pocos como él regalaron alegría y buen gusto al público. No hace mucho se difundió en las redes sociales uno de los temas grabados en el compacto “Ciudadano Aguile”. Allí, Luis le reclama al Presidente de la República, que tenga humildad y cumpla con lo prometido en su campaña política; al tiempo que condena la mentira y la corrupción de la que somos víctimas directas quienes lo votamos.
Yo soy un ciudadano, común y corriente, sólo tengo un voto
Que usted me ha pedido, como a tanta gente, a la que ha convencido
Y yo se lo he otorgado, esperando confiado, a que llegue ese día
En que vea cumplido, al pie de la letra, lo que ha prometido
Sé muy bien que no es fácil, gobernar todo un pueblo, sin tener problemas
Repartir la riqueza, llevándole a todos, el pan a sus mesas
Y vamos a esperar, que usted pueda lograr, sin hacer excepciones
Que a la cárcel irán, los que deben pagar, todas sus corrupciones
Que se imponga la Ley, no queremos perder nuestra forma de ser
Somos gente de paz, que no tenga ocasión, de ganar el ladrón
Porque usted nos juró. ¡Proteger la Nación! (…)
Infinitas gracias por tu legado. Requiescet in pace, querido y siempre admirado ciudadano Aguilé.