En Los hombres de Putin. Cómo el KGB se apoderó de Rusia y se enfrentó a Occidente, Catherine Belton, corresponsal de Reuters, nos ofrece una obra fascinante y bien documentada de la Rusia de Putin. Un dinámico estilo narrativo va acompañado de un riguroso manejo de fuentes y de un conocimiento exhaustivo del objeto de estudio, como certifica el amplio apartado de notas. Además, resulta muy oportuna la estructura escogida, basada en dividir el libro en tres partes diferenciadas, pero que en ningún caso actúan a modo compartimentos estanco, siguiendo para ello una exposición cronológica. De hecho, en todas ellas permean determinados conceptos que las vinculan (corrupción, nepotismo, opacidad deliberada y revanchismo).
En la primera parte, Catherine Belton se centra en analizar los factores que posibilitaron el acceso al poder de Vladimir Putin, aunque concediendo un espacio tan amplio como necesario a explicar determinados hechos históricos fundamentales: las relaciones del KGB con la Stasi, el final de la URSS y la fallida transición hacia una democracia liberal experimentada en la última década del siglo XX, una vez concluida la pesadilla marxista-leninista que se había impuesto por la fuerza en 1917 y que había sumido al país en la más absoluta de las ruinas. En palabras de la autora: “No existía la propiedad privada ni la menor comprensión de lo que era el beneficio. Lo que hacía el gobierno era publicar una serie de cuotas de producción para todas y cada una de las empresas, controlar todas las ganancias y fijar los precios de todo” (p.101).
Desde las páginas iniciales, Catherine Belton defiende con acierto una tesis: sustituir a un Boris Yeltsin asediado por la corrupción en ningún caso fue un hecho accidental sino premeditado. Por tanto, este relevo en la cúpula del poder resultó algo más que una mera cuestión de nombres, en tanto en cuanto significó el retorno del KGB a la primera plana política y la consiguiente recuperación del manual que la Unión Soviética había empleado durante la Guerra Fría para desestabilizar a sus adversarios. A partir de ese instante, los débiles cimientos democráticos (libertad de prensa, pluralismo político…) establecidos en los años 90 se desvanecieron de forma acelerada. Al mismo tiempo, se consolidó un Estado cada vez más poderoso, concebido por el putinismo como la herramienta necesaria para garantizar el orden y colocar a Rusia en el lugar que le correspondía en el panorama internacional, tras la humillación (más supuesta que real, cabe precisar) sufrida durante el gobierno de Boris Yeltsin: “Buscando recuperar el poderío de Rusia, consideraban que Estados Unidos pretendía siempre desmembrar su país y debilitar su fuerza. Para ellos, la economía debía usarse como un arma, en primer lugar, para recuperar el poder del Estado ruso y después contra Occidente” (p.270).
Obviamente, esta premisa se tradujo inmediatamente en una serie de hechos tangibles. Así, comenzaron a producirse arrestos de oligarcas disidentes, desapareció la independencia del poder judicial y se desplegaron respuestas contundentes, sin importar las posibles víctimas colaterales, atentados supuestamente perpetrados por el terrorismo checheno: “La peor pesadilla de los hombres de Putin en el KGB era que, inspirándose en los acontecimientos de los países vecinos, los opositores rusos, financiados por Occidente, también quisieran derrocar al régimen de Putin” (p. 379).
Con todo ello, durante los primeros años, esta estrategia se implementó sin excesivas críticas. En efecto, Putin instrumentalizó que bajo su mandato se había producido una recuperación económica del país y Rusia era un aliado clave en la lucha contra el terrorismo global liderada por la administración Bush tras el 11-S. Sin embargo, pronto emergió una política mucho más agresiva. Este viraje se concretó por completo en el segundo mandato (2004-2008) y en la actualidad aún persiste, mostrando algunos rasgos fácilmente identificables que la autora disecciona con maestría: apropiación del Estado y de todos sus aparatos por Putin y su camarilla, eliminación (incluso física) de cualquier disidencia, incremento del victimismo y creación de enemigos artificiales a los que se estigmatiza gracias al control absoluto de los medios de comunicación. El interés nacional se convirtió en el concepto grandilocuente utilizado para disfrazar el nepotismo y el enriquecimiento personal.
La parte final de la obra alude a un tema de plena actualidad: Ucrania. Al respecto, Catherine Belton explica como la penetración rusa se había producido mucho antes de 2014 o de febrero de 2022 con la finalidad de “promover una ideología basada en los valores eslavos compartidos de la ortodoxia rusa, que predicaban casi lo contrario a los valores occidentales de la tolerancia” (p.582). Al respecto, aunque Moscú no ha logrado sus objetivos, sí ha introducido división en la Unión Europea, mediante el apoyo encubierto concedido a grupos de extrema derecha y de extrema izquierda, desde el Frente Nacional de Marine Le Pen hasta Syriza en Grecia, contrarios al proyecto de integración europea y a la alianza transatlántica, principales “bestias negras” de esta nomenklatura del siglo XXI. Igualmente, Siria se convirtió en otro escenario prioritario para Putin y el putinismo ya que “en 2015, más de un millón de personas abandonaron Siria con destino a Europa. Para el Kremlin de Putin, se trataba de algo que iba permitir propiciar inestabilidad, odio y oposición al orden liberal vigente” (p.595).
En definitiva, una obra mayúscula basada en una investigación rigurosa que nos acerca un poco más la figura de Putin, diseccionando su pasado más inmediato como condición necesaria para entender su actual modus operandi. Catherine Belton no recurre ni a tópicos ni a lugares comunes, sino que expone con rigor las características de la que quizás sea la principal amenaza que debe afrontar en este momento el orden liberal.