La muerte tomó en septiembre a Javier Marías, escritor tan puro, cuando estaba a punto de cumplir 71 años. Hizo de la literatura una forma de vida, un baluarte identitario, sin alharacas ni focos. Muchos lo calificaron de adusto y gruñón, pero Marías fue coherente con su forma de ver el oficio: como Rafael, en sus entrevistas vino a decir aquello de “Qué sabe nadie” y con razón. Hace falta valentía para rechazar el Premio Nacional de Literatura y no desdecirse, no sucumbir a las mieles ni al oropel que sobrevienen al triunfo de los más de ocho millones de ejemplares, al espanto de los colegas de la prensa, a los que siempre recibió en su casa del Madrid de los Austrias con cariño.
Corazón tan blanco, Todas las almas, Tu rostro mañana… son obras maestras de nuestras letras actuales, itinerarios para la propia reflexión en los que la soledad, la duda y la vulnerabilidad se convierten en literatura sublime. Pocos saben que su padre, el filósofo Julián Marías, se tuvo que exiliar en los Estados Unidos, para impartir clases de filosofía en el Wellesley College de Massachusetts, y que por eso los Marías son tan anglosajones, tan cinéfilos, tan europeos y exilados de ellos mismos y del mundo. En este país de paletos, pocos eran capaces de descodificar su vitriolo, su humorismo inteligente, su guerra con las tecnologías y la suciedad de las redes sociales; su elegancia, en suma. Marías prestaba atención a los pequeños detalles, cuando las gentes se desciñen sus corazas y se apagaban las luminotecnias del gran teatro del mundo.
Supimos que estaba enfermo e ingresado, pero nadie podía imaginar el desenlace terrible porque él era (es y será) inmortal. Su inteligencia y su cultura forman parte ya de Alejandro Marías, su sobrino, excelente profesor de viola de gamba y quien siente verdadera devoción por su tío. Es normal, porque hay que echar anclas, anudarse a los genes buenos de la familia, de aquel joven que con 19 años escribió Los dominios del lobo en 1971, en el apartamento parisién de su tío Jesús Franco, cineasta y heterodoxo. Marías fue el adolescente que soñaba con el Reino de Redonda, que tradujo a Laurence Sterne, que seguía escribiendo sus libros y columnas en su Olimpia Carrera Deluxe, que rehuía la mala educación y que combatía la impertinencia, la idiocia, el extremismo, el populismo y la forma de hacer política en España. Con ese prodigio que es Corazón tan blanco (1992), Europa comenzó a fijarse en él, sus libros fueron traducidos a 46 idiomas de 56 países distintos. Con su trilogía de Tu rostro mañana, se atrevió a abordar la Guerra Civil con gran dignidad y sin partidismos ni maniqueísmos. Marías nos recuperó la literatura como alguien recupera la infancia, como un juego, como el observador silente y discreto de la realidad exterior e interior que fue. Jamás sucumbió a la fogata de las vanidades en la que han caído todas sus "plumas contemporáneas" y escuchaba rodeado de libros y fumando en silencio su propia vida para regalárnosla a fragmentos, estirando los instantes por entregas y anticipándose reflexivo a la ola de autoficción de autores mediocres que nos inunda. Fue cinéfilo clásico, melómano lentísimo, viajero a intervalos y sentimental inmenso, y descubrió que la imaginación restaña las heridas y las batallas. Sus Vidas escritas de grandes de la literatura debería ser libro de textos en todos los colegios, institutos y universidades.
Perdonadme, amigos, pero al maestro de maestros no le llegamos ni al zancajo. Su pérdida es irreemplazable y la mejor manera de recordarlo es leyéndolo todo. Cuántos han podido asegurar, como él, que “escribo para no padecer a un jefe ni tener que someterme a horarios fijos”. Algunos comprendimos a tiempo que desanudarnos de esta excrecencia pactada y convencional era vital para sobrevivir. Gracias, Javier Marías, por tanto y para tantos.