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Entre dunas y ambas, la penísula de Neriga

sábado 04 de octubre de 2008, 14:45h
Cuando en primavera y otoño las tormentas arrecian, el mar Báltico golpea con fuerza las playas y la marea arrastra hasta la orilla miles de trozos de ámbar, la resina fosilizada tan de moda en joyería. Si el tiempo es bueno y apacible, las olas bañan con suavidad los 90 kilómetros de arenales que van desde Kaliningrado al puerto de Kleipedá, una barrera de arena, dunas y pinos que separa el mar de la laguna de Curonian, formada por la desembocadura del río Nemunas. Nombres todos ellos desconocidos para los españoles. Tierras tan alejadas de nuestro firmamento que incluso los clásicos circuitos turísticos a los Países Bálticos suelen obviar cualquier visita a la costa lituana, uno de los paisajes más sorprendentes y hermosos de Europa, un apacible lugar de veraneo frecuentado desde el siglo XIX por alemanes.

Lagos y bosques cubren una parte importante del territorio que conforma Lituania. Trescientos kilómetros al oeste de Vilnius, la capital, en el borde sureste del mar Báltico, se localiza Curonian, una laguna llana, sin mareas, semicerrada, siempre con agua fresca gracias al Nemunas. La región cubre una superficie de 26.473 hectáreas, de las que 16.700 son agua. En los bosques habitan 37 especies de animales, más de 200 especies de pájaros y 470 tipos de mariposas.

Desde el punto de vista político, Curonian está dividida en dos partes: el norte pertenece a Lituania y la parte sur se incluye en kaliningrado, el artificial enclave ruso al norte de Polonia. Precisamente en kaliningrado empieza la península o lengua de Curonian o Neringa, que desde el punto de vista físico es la parte más destacable e interesante de la región. Desde 2.000 forma parte de la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO como paisaje de destacado valor cultural. Para su protección se han creado dos parques: el Kuriunerija en Lituania y el de Kurshskayakosa en Rusia.

A la península de Neringa, una lengua de arena con maravillosas playas, añejos bosques de pinos, y pequeñas poblaciones de pescadores, se le conoce como el Sahara europeo. Un sobrenombre que recibe por las dunas que el mar ha ido formando durante milenios. En eso terminan las similitudes. En Neringa llueve y nieva, incluso se hiela el mar en los duros y largos inviernos norteuropeos. También, entre duna y duna, crecen confieras y entre ellas viven numerosos ejemplares de la típica fauna septentrional. Puestos a encontrar parecidos, el paisaje recuerda al de las landas francesas, otro impresionante arenal que Napoleón III trató de sujetar con la plantación de millones de pinos.

Secularmente la zona ha sido llamada Curonian. En época soviética, se le rebautizó Neringa, el nombre con el que, según la mitología báltica, se conocía a la muchacha gigante que creó la península. Mitos al margen, la franja de Neringa se formó hace cinco mil años. Hasta el siglo XIII estuvo prácticamente deshabitada. Entonces los caballeros de la Orden Teutónica ocuparon la zona, que permaneció bajo el poder de Prusia hasta que, como con secuencia de los repartos territoriales derivados de la Primera Guerra Mundial, la parte norte, igual que le sucedió al resto del territorio llamado Memel, fue incorporada a Lithuania en 1923.

La franja de Neringa se inicia en Cambian, Kaliningrado, y se alarga durante 90 kilómetros hasta Klaipeda, la tercera ciudad lituana y el principal puerto de pasajeros y mercancías. Klaipeda perteneció hasta 1923 al territorio alemán de Memel. Pese a quedar casi destruida en la II Guerra Mundial, aún es visible la centenaria influencia germana. Todavía conserva cierto aroma y una arquitectura típica prusiana: el castillo, los pequeños palacios, el teatro decimonónico. También en Klaipeda es visible otra influencia constructiva más reciente: la soviética en los fríos, feos, deslavazados y enormes edificios que parecen flotar en gigantescas avenidas que se entrecruzan a las afueras de la ciudad.

Un pequeño estrecho separa Neringa de la tierra firme lituana. Es la única salida al mar de la laguna de Curonian. A Neringa sólo se puede acceder por ferry. Desde Klaipeda, en cinco minutos se atraviesa el estrecho canal que conecta el lago con el Báltico. El puerto de Klaipeda es la puerta al exuberante parque nacional, a las bellezas naturales del enorme arenal. Poco después de abandonar el ferry, se encuentra la entrada al parque. Hay que pagar para acceder a él. Es la manera de evitar la entrada masiva de visitantes y contribuir a preservar tan insólito y singular paraje. Después, la carretera transcurre llana a ratos, en zigzag otros, atravesada por sendas para excursionistas, siempre entre árboles, con hermosas y largas playas al fondo, y el sonido inequívoco del mar al golpear las playas del báltico o el agua de la laguna besando con suavidad la costa. Huele a ozono en Neringa y, en ocasiones, los vientos soplan con violencia y esculpen los árboles hasta darles caprichosas formas.

Tras 20 kilómetros de camino casi en solitario, aparece el encantador rincón de Juodkranté, que junto con Nida, Preila y Pervalka forman el distrito administrativo único de Neringa. Son cuatro pequeños poblaciones que suman el 1,5 por ciento de la vida urbana de la península, cubierta en un 70 por ciento por opulentos y exuberantes bosques de pinos, mientras las dunas ocupan un cuarto de este territorio considerado uno de los más bellos de Europa. Entre los cuatro núcleos suman menos de 3.000 habitantes. Son diminutos poblaciones de hermosas casas de madera pintadas de verde, roja, azul, que se extienden a lo largo la costa de la laguna entre árboles, jardines y embarcaderos. Todo es sencillo, austero, cuidado, en perfecta armonía con el espectacular entorno natural. La pesca fue la tradicional forma de vida y aún ahuman el pescado. A lo largo de los siglos estos núcleos urbanos han sufrido los vaivenes de los arenales y sus habitantes se han visto obligados a cambiar su ubicación en varias ocasiones. Pera los cambios más importantes se produjeron a mediados del siglo XIX.

Fue entonces cuando se descubrió el valor del ámbar y se tuvo la certeza de que los mayores depósitos de esta resina fósil se hallaban en las costas del Báltico, y, más concretamente, en la península de Curonian. Se establecieron varias empresas que, como si de arqueólogos se tratara, escarbaron la tierra y extrajeron en 30 años más de 2.500 toneladas de muestras de ámbar. Pasada la fiebre extractora, apareció el turismo, que, a excepción de los años de las dos guerras mundiales, se iba a convertir en la forma de vida de los tranquilos habitantes de Neringa.

Desde Juodkrané sale una pista costera para bicis. El carril corre paralelo al mar y atraviesa frondosas masas boscosas y tras pasar por Pervalka y Preila, llega hasta Nida, el principal núcleo urbano y el mayor establecimiento turístico, un tranquilo centro de vacaciones, justo al lado de la frontera con Rusia. También a Nida llegó la fiebre turística, y a principios del siglo XX varios miembros del movimiento expresionista la adoptaron como colonia veraniega. Max Pechatein, Karlo Scxhmidt-Rottluff y Ernst Kirch pasaron allí sus vacaciones. También el premio Nóbel Thomas Mann vivió en Nida durante los veranos de 1930 a 1932. Su cottage es hoy un centro cultural dedicado al autor.

Pese a lo 80 años transcurridos desde la pérdida de Memel, Neringa sigue ejerciendo una magnética atracción para los alemanes. Son numerosos los que disfrutan unas tranquilas vacaciones en este paisaje único. Es fácil escuchar su fuerte acento entre otros fuertes acentos eslavos sea lituano, letón o ruso. Lo que resulta casi imposible es oír otras lenguas europeas, incluida el inglés. Neringa es una desconocida para los europeos que rara vez la visitan.

En los alrededores de Nida están las dos gigantescas dunas que la arena ha ido formando durante siglos. La llamada Vecekrugo mide 67 metros y la Pernidis alcanza una altura de 52 metros. Su visión, a distancia, resulta un espectáculo sorprendente y único. Desde el borde del mar, la arena crece y crece hasta conformar una montaña dorada, hasta crear una sensación de irrealidad. Máxime cuando su expansión llega casi a la misma frontera de kaliningrado. Una auténtica frontera cerrada a cal y canto. Las autoridades rusas no dan facilidades para poder conocer la otra parte de Neringa. Quizá tanto oscurantismo ha llevado a crezcan las leyendas sobre las posibles instalaciones militares en la hermosa y singular península.

Este tesoro natural es de naturaleza frágil. Está hecho de millones de granos de arena en constante movimiento. Las dunas se deslizan poco a poco hacía la laguna o el mar y existe el temor a que puedan desaparecer en dos siglos. Para evitar lo que sería una catástrofe ecológica se creó el parque nacional. El turismo, la principal industria, es irónicamente la mayor amenaza para el medio ambiente. Las maravillosas playas, los añejos bosques de pinos y las extraordinarias vistas sobre las dunas y la propia laguna forman una fuente de recursos turísticos excepcional. Neringa y la Laguna de Curonian se han convertido en el `principal centro turístico de Lituania. Las autoridades locales, con la ayuda de las autoridades comunitarias y la universidad de Klaipeda, están haciendo esfuerzos y diseñando un modelo de desarrollo turístico sostenible. Intentan compatibilizar la forma tradicional de explotación de los recursos naturales como pesca, caza y agricultura con el desarrollo del ecoturismo.

Neringa, uno de los más hermosos, sorprendentes, singulares y excepcionales paisajes europeos, demanda protección para su pervivencia.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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