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TRIBUNA

La mala fama

sábado 17 de septiembre de 2022, 19:10h

Parecía una de esas entrevistas en las que sudar sangre o tinta. De camino, daba vueltas a ese temor como una bola de carne que no consiguiera tragar, de un lado a otro de la boca, sin atreverme a bajar la masa por el gaznate. Emplear mentalmente estas palabras, sangre, gaznate, sudar, carne, poco ayudaban a que la ansiedad se esfumase. Era invierno. La hilera de farolas semejaba un collar anaranjado por las calles, ayudadas por una lluvia inconstante, como si ellas también sudaran por empatía. Faltaba cruzar una avenida y llegaría al bar que, tras no pocas dificultades, sirvió como lugar escogido para encontrarse.

Restaurado en aras de a saber qué nostalgia, el bar, que pretendía conservar el aura penumbrosa de su fecha de inauguración ―dos siglos, indicaba un letrero junto a la entrada―, se hermanaba con la oscuridad del exterior. Teniendo los cristales empañados por el contraste, tuve que avanzar lentamente hasta la barra. Mesas bajas y sus candelas de cristal estriado indicaban con qué se podía tropezar uno. Estaba concurrido, aunque costaba diferenciar qué eran sombras y qué parroquianos. A tenor del ambiente, ambos términos se tocaban desde sus extremos.

L.M. no estaba sentado lejos. Me apoyé en la barra y, mientras limpiaba las lentes con cuidado por un tornillo que amenazaba soltarse, la camarera puso ante el estuche abierto y la cartera mojada una cerveza. Pero no he pedido nada todavía, dije. Le invita el caballero de ahí, y me giré hacia el entrevistado, situado cerca de una esquina y la puerta a los servicios.

Recogí las cosas, tomé el vaso y fui a la mesa. Estás empapado, observó en voz alta, sin poder dilucidar si el tono era de molestia o por evidenciar lo absurdamente que había conseguido calarme. Junto a él, sobre la gabardina color tabaco, descansaba un paraguas de corte antiguo, negro como las partes del grillo que en el dicho se mencionan, y empuñadura de bambú, igual que el de los protagonistas de la serie inglesa Los vengadores. Poco tenía que ver ese toque fino con su aspecto: alto, jersey raído sobre una camisa de cuadros, las piernas cruzadas a un lado como las amazonas, con un cabello que engañaba calvicies peinado de lado y hacia atrás, entendiendo que fue largo en otras épocas, gafas redondas de montura parda y surcos en las mejillas producidos por el apetito que va atenuándose con la edad, la dureza que uno decide adquirir y la farra nocturna.

Bueno, supongo que tienes que empezar a echarme las preguntas… Bebía un vermú, pero en la mesa ―lo poco que la luz dejaba entrever― había círculos irregulares de anteriores comandas, quién sabe si suyas.

Salió de uno la proposición de entrevistarle. Consideraba a L.M. una reliquia de tiempos literarios, cuanto menos, particulares. Gracias a que en el magazín tenía carta blanca para lo que se me ocurriera no hubo objeciones, como tampoco había sueldos. De hecho, a más de uno en la redacción hube de informarle sobre si seguía vivo o no. O directamente, sobre quién era, pues ya no se le leía, si es que alguna vez probó abundantes mieles lectoras. Por su última editorial pude acceder a él y concertar la cita tras mucho tira y afloja, hasta rozar con mimo los brotes verdes de su vanidad que acabaron por convencerle.

Hablaba decidido, no parecía importarle que repasase su vida. Setenta años. Orígenes italianos, romanos, donde nació. Sus meses en la cárcel por suplantación de identidad, la relación con su padre, también escritor y consecuente carga en el apellido; las peleas con otros del gremio, la dura bohemia. Contestaba todas y cada una de las preguntas que llevaba preparadas, anotadas en un cuaderno. Se alegraba de que los móviles tuvieran grabadoras, pues las épocas de magnetófonos o grabadoras de casetes le resultaban enloquecedoras. Tanta pausa, tanta espera, se perdía el hilo de la conversación, joder. Los tragos humedecían su discurso y le animaban a regodearse en algunas respuestas, por lo que a veces uno, pendiente de los minutos grabados, del contacto visual y anotar todo lo improvisado en el cuaderno, se mareaba más por la sobreatención que por las cervezas que no dejaban de llegar.

¿Y tú escribes, chaval?, y agarró un puñado de almendras, de quicos, como si arrancase matas de la tierra.

¿Yo? Dudé qué soltar. Los tres segundos de silencio valieron para arrepentirme de haber pronunciado ese ¿yo? con vocecilla idiota, para advertir si se habría dado cuenta que era un tema que no me atrevía a compartir con él, para hacerle un gesto a la camarera pidiendo otra ronda para ambos y comprobar si tras las ventanas seguía la lluvia ―seguía―, y para mirar la hora, sin pausar la grabación.

Sí, estoy acabando un libro de poesía.

Bueno, no está mal… El tono, de nuevo, era indefinido. Aproveché que se interesase también por si ya tenía editor ―cerrando el cometido que nos trajo― para que me contase de su etapa como tal. Cuando fundó un sello con la dotación de un premio de novela muy renombrado que le duró apenas un año. Historia que, personalmente, me interesaba por encima de cualquiera de las venturas y obras que le precedieran.

Ya no recuerdo en qué momento me pareció buena idea meterme a eso… Editar libros... Tienes que tener mucho dinero de antes para estar familiarizado con él, para saber controlarlo y que te salga todo rentable y fiable y se te peguen autores buenos, que es lo que importa al final, ¿no? Mira, en este mundo, ya lo irás viendo, se la cogen todos con papel de fumar. Sí, habrá excepciones. Pero aquí el que puede te pasa rápido a cuchillo. ¿Recuerdas el sonido, tss, tss, que hace cuando afilas uno? Pues eso en todas las promesas, palabras de apoyo, contratos que firmas, glorias que te endilgan, premios, qué ironía, ¿eh? Fue agua de borrajas, desde el primer sorbo. Y mi padre, bueno, pues sí, me advirtió, pero como buen padre dejó que su hijo se despeñara con todo el equipo. Le respetaba, le sigo respetando. A él esa decisión mía le pilló muy mayor, y a mí ya se me conocía por alguna que otra trastada… ¿Siguen sabiéndose por ahí, dicen algo eh, dicen? Bah. Mucho ruido, mucho cansancio. De la literatura, si se lo quieres dar todo, ya te aviso, te va a tocar, se malvive, sí, cuesta… La vida es más dura que la madera de los bancos en los que he dormido… No bebes mal, por cierto. Aguantas el ritmo, y eso que estás en el chasis, lo parece. Yo me mantengo. Migas aquí, allá. Cobro todavía. Tengo problemas, claro, pero eso no hace falta que lo pongas. No, no queda elegante. Algo heredé, al menos.

Buscó un cigarrillo entre la gabardina, acariciando la tela del paraguas, la empuñadura de bambú pálida.

Pagamos y salimos. ¿Ha quedado bien? Ahora sí estaba seguro no había atisbo alguno de broma. Sí, por supuesto: es más, venía con miedo por no saber qué L.M. me tocaba enfrentar, si al malhumorado o al fantoche.

Mi atrevimiento por las demasiadas cervezas no cayó mal. Rió con el cigarrillo en los labios, se colocó la gabardina, subió las solapas del cuello. Me dijo que en cuanto tuviera un ejemplar del libro se lo enviara, sin añadirme una dirección, sin sobreentender si a la última editorial o dónde. La llovizna apretaba.

Todo es gracias a la mala fama, no lo olvides. Se dio un par de toques en la solapa, como si sacudiera un clavel marchito de tanta sapiencia acumulada por decisiones y situaciones de las que escapó igualmente airoso, como aquella noche de mi entrevista que al pairo le traía en el fondo. Pero uno no estaba tan seguro de esa vida que le quedaba. ¿La pasaría en un albergue, en los sofás de los pocos amigos que debían cuidarle? Giró en la primera esquina. En ningún momento hizo ademán de abrir su paraguas.

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