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TRIBUNA

Debate sobre el estado de consternación

Javier Barraca Mairal
martes 20 de septiembre de 2022, 19:39h

Los rostros, aquí y allá, delatan que hay una merma del júbilo generalizada. Parece envolvernos socialmente, en estos días, un espíritu gris y ceniciento. De modo que este no se limita a unos u otros ciudadanos aislados, sino que la depresión social da la impresión de extenderse en todas direcciones, hasta alcanzar al más pintado y englobarnos en una espesa niebla. Esta situación constituye una mezcla de esa vaga y atenazadora realidad -“horla”- de Maupassant con la agobiante nada de Sartre, en su imprecisa, asfixiante angustia.

Pero no, pese al título de estas líneas, no es esperable ningún debate de calado ni filosófico acerca del estado de consternación global en el que naufragamos. Aunque el mundo entero se diría, en la hora presente, un tanto bajo de forma en cuanto al ánimo, sin embargo, si se dan debates, estos girarán en torno a cuestiones determinadas, como la energía, los precios, las hipotecas, las noticias, etc. No sobre el verdadero fondo del estado de desaliento comunitario que nos embarga, cual virus del alma cívica. Y, en cualquier caso, las discusiones siempre acabarán por concretarse en grupos, asuntos o sujetos específicos. Esto, probablemente, hasta dar en la diana final de las llamadas clases o personas “menos favorecidas”, que en medio de esta crisis se acrecientan. Aunque esa ausencia de favor parece, engañosamente, en su eufónica expresión, cosa ante todo del destino, las circunstancias o el capricho de la suerte.

Mucho menos se abordará el asunto en el marco de responsabilidad de nuestros fervorosos políticos. Y estamos hablando más del fervor hacia las causas propias, claro, que del que acostumbra a merecer esa otra: la paradójicamente demasiado solitaria causa del bien común. Pero no pequemos de exigentes, que cada cual también hurtará, si puede, su particular responsabilidad respecto a este creciente sunami al revés, o en sentido contrario, del ánimo colectivo. No juzgamos, pues, ahora, en este lugar, ni a gobiernos ni a jefes de tipo alguno, sin que excusemos por ello sus yerros. Simplemente, meditamos en torno a nuestro compungido y triste estado del ánimo ciudadano. Y, preferible a perseguir presuntos culpables, estimamos en este momento el barajar algún remedio.

Tres humildes propuestas hacemos, aquí, cuando parece apoderarse de nuestra sociedad, esta peculiar forma de fantasma del invierno. La primera es que no nos concentremos solo en escapar individualmente de la tormenta, pues habitamos una misma nave y sobre esta nos “sostenemos” todos, tanto nuestra generación como las futuras (por eso, debemos aspirar a una “sostenibilidad” también filosófica y cultural, espiritual incluso, no superficial o epidérmica). La segunda estriba en ir en busca de las causas más profundas del descorazonamiento y ansiedad que nos afligen. No nos conformemos con la fácil respuesta de esos “opinadores profesionales” y mediáticos que se limitan a señalar culpables o a brindarnos, como motivo de lo que vivimos, la consabida retahíla de males: los fallecimientos, la guerra, la pérdida de poder adquisitivo, las tensiones, los coletazos de la pandemia, las arduas tareas que precisamos recomenzar y hasta un verano que se apresta a dejarnos. Hay algo más, y está en este mundo, como se ha dicho. Así, sin pretendernos ninguno de los Aristóteles del momento, no renunciemos a reflexionar a propósito de las causas últimas de nuestro malestar, si es que deseamos combatirlo. Julián Marías practicó, con pericia, este sano ejercicio intelectual del análisis filosófico de lo colectivo.

Por último, nos permitimos sugerir ese recurso medicinal del humor. Ya lo mostró Tomás Moro al bromear con su propio verdugo, o Sócrates en su cotidiana ironía y al enfrentarse a su postrera aporía vital, una encerrona que lo condujo a la muerte. Aunque, además, a ese sentido del humor conviene acompañarlo siempre de un cierto “humor del sentido”. Con ello, aludimos a la necesidad humana de rastrear algún sentido creativo en cuanto vivimos, según enseñó Frankl, a la actitud de explorar su posible fecundidad, no una mera explicación ni una puntual solución. La psicología ha revelado que, en medio de las dificultades de nuestra existencia, quienes saben agradecer los instantes, oportunidades, lo positivo presente todavía, viven con mayor plenitud. Tagore lo expresó poéticamente: “Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”. Pues bien, incluso en medio de la penumbra que compartimos, hay destellos de esperanza a los que aferrarse, y nuestras comunes lágrimas, igual que en el relato, al caer en el camino, riegan la semilla de un mañana mejor, aunque hoy no podamos percibirlo.

Javier Barraca Mairal

Profesor de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos

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