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TRIBUNA

Velintonia, sombra del paraíso

Javier Mateo Hidalgo
jueves 22 de septiembre de 2022, 20:07h

Hace un par de años, se producía la inquietante noticia de la aparición en unos contenedores de basura de buena parte de los objetos personales que pertenecieron a Santiago Ramón y Cajal. El hallazgo se produjo ante el número 64 de la calle Alfonso XII, donde el científico había ordenado construir un palacete en el que viviría con su familia desde 1912 a 1934. En él además tuvo su laboratorio. Actualmente, este bello edificio que podía haber servido como casa museo de dicha eminente figura de la ciencia española ha acabado troceado y convertido en viviendas de lujo. Se trata de una oportunidad perdida más en la salvaguarda de nuestro patrimonio histórico y cultural, una demostración palpable de nuestra incapacidad por preservar aquellos bienes que, en otro país, representarían elementos prioritarios a proteger. Ni siquiera resultó una razón de peso que aquel lugar y sus pertenencias proviniesen de uno de nuestros premios Nobel. En concreto, el galardón otorgado en 1906 premiaba al navarro por el descubrimiento de las entidades individuales que conformaban el sistema nervioso. Este no es por desgracia un caso aislado. Sin ir más lejos, la casa en Tortosa del padre del nacionalismo musical español, Felipe Pedrell, era demolida en 2010.

Actualmente, por encima de los ámbitos de la ciencia y de la música, sufrimos un caso igualmente sangrante: el estado de abandono de la vivienda madrileña de Vicente Aleixandre, premio Nobel como Cajal, en este caso de Literatura en 1977. El “hotelito” fue levantado en 1927 en terrenos que pertenecieron al padre del poeta y aún hoy resiste en el número 3 de la calle que lleva el nombre de este escritor —puesto en 1978, con motivo de serle concedido el Nobel— y que en otro tiempo se llamó con el nombre arbóreo de “Wellingtonia” —de ahí que la casa recibiese el nombre españolizado de “Velintonia”—.

El pasado 2018, la estación de metro más cercana pasó de llamarse “Metropolitano” —pues allí se encontraba el denominado “Stadium Metropolitano”, primer campo de hierba del Atlético de Madrid— a “Vicente Aleixandre”, recordando que fue en ese barrio donde pasó gran parte de su vida el insigne poeta. No obstante, su casa, el elemento más importante que nos recuerda su (parafraseando la obra de Neruda) “residencia en la tierra”—cuarenta años como inquilino, nada más y nada menos—, muestra la herida de su abandono desde 1986, al morir la hermana del escritor sevillano y dos años después del fallecimiento de éste, cuando fue sacado de allí en un féretro portado —entre otros— por Claudio Rodríguez, Francisco Nieva o Leopoldo de Luis.

Afortunadamente, el legado de Aleixandre no está olvidado y tiene quien lo proteja. En la actualidad, la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre (AAVA) lucha por la protección de este inmueble y por la reivindicación de esta importante figura de la Generación del 27. Una singladura iniciada en 1995, cuando su presidente Alejandro Sanz y el poeta y crítico José Luis Cano —quien conocía muy bien a Aleixandre, habiendo mantenido una relación epistolar de casi medio siglo con él— iniciaron una campaña de protesta con un grupo de personas contra el estado de abandono de Velintonia 3. Desde entonces, muchos han sido los logros de esta fundación, pero también grandes las decepciones. En un plato de la balanza, la multitud de firmas recogidas de intelectuales manifestando su adhesión a la causa —incluida la de otro Nobel, el poeta irlandés Seamus Heaney—, el interés de distintos medios de comunicación y la declaración por parte de la Comunidad de Madrid de la casa como Bien de Interés Patrimonial por su valor simbólico; en otro, el abandono institucional, la desidia de los responsables políticos que permitió que la casa pudiera salir a subasta pública el pasado verano. Atrás parece quedar de momento su expropiación para convertirse en Casa de la Poesía, como pretendía esta asociación. Esto es: su conversión en sede de la futura Fundación Vicente Aleixandre, un centro vivo de documentación y estudio de la poesía española del s. XX.

Entristecen los muros de Velintonia, despojados de las pertenencias que Aleixandre atesoró durante tantos años de su vida —sus libros, sus muebles, el retrato realizado por el pintor cubano John Ulbricht que presidía el recibidor y al que el escritor dedicó su poema Cabeza enorme—; también suscita idéntico sentimiento el jardín convertido en “jungla de maleza y basura”, donde sobrevive el cedro libanés que el propio autor plantó en 1940. Por allí pasaron amigos, discípulos y admiradores como Federico García Lorca —quien entre aquellas paredes le entregó un ejemplar de Canciones (con la dedicatoria: “Por fin en Velintonia”), tocó el piano de la madre de Aleixandre o leyó sus poemas Sonetos del amor oscuro—; también la casa acogió a otros compañeros del autor del Romancero gitano como Miguel Hernández, Gerardo Diego, María Zambrano, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Maruja Mallo o Rafael Alberti—; ya en la segunda mitad del siglo XX, otros intelectuales continuaron esta tradición: José Hierro, Medardo Fraile, Carmen Conde, Carlos Bousoño, Jaime Gil de Biedma, Concha Lagos o los miembros pertenecientes a los Novísimos—destacando de este grupo Luis Antonio de Villena y Vicente Molina Foix—.

Aquejado de una débil salud —desde que en 1925 sufriera una nefritis tuberculosa que le llevó a la extirpación de un riñón—, Aleixandre disfrutó sintiéndose acompañado, guardando para su intimidad su homosexualidad y disfrutando de la compañía de sus tres “Sirios” —sus perros a los que llamó “Sirio I”, “Sirio II” y “Sirio III”. Sus ojos azules, centro de su apariencia elegante parecían convertirle en un extranjero dentro de España —así tal vez debió sentirse durante su exilio interior—. De igual forma le representan sus versos, tantas veces oscuros por crípticos aunque siempre líricos —algo que no deja de recordar al difícil Góngora al que su generación homenajeó—: Espadas como labios (1932), La destrucción o el amor (1935) o Historia del Corazón (1954) son testimonio de ello. Hoy, la “sombra del paraíso” que habitó espera su recuperación, a fin de que nuevos visitantes entren en él, devolviéndole el calor que en otro tiempo desprendió. La fachada amarilla, la baranda y rejas verdes, su balcón y mirador de ladrillo o los muros custodios externos continúan observando pasar el tiempo, esperando (tal vez) su última oportunidad.

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