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DESDE ULTRAMAR

Las exequias reales sepultureras del siglo XX

Marcos Marín Amezcua
jueves 22 de septiembre de 2022, 20:08h

Concluyeron las honras fúnebres de Isabel II. Pesaroso e interesantísimo proceso propio de una dignidad que responde al peso de los siglos de tal dignataria, transformada ya en un personaje histórico. Atestiguamos sus funerales y no fue cosa menor. Fueron una lección completa de historia, protocolo, política internacional y contribución a los anales monárquicos universales. En efecto, ha muerto un símbolo inconfundible del siglo XX, acaso el más representativo aún faltante de expirar y con ella, se encriptó esa centuria, podándose sus últimos florones, parafraseando a Pío Baroja, al morir recién, también, Gorbachov.

Aunque 250 mil personas parecen pocas transitando frente al túmulo de su soberana custodiado por integrantes de todos los vistosos regimientos al servicio de la difunta monarca, cual dolientes, pero sin ataviarse los afligidos de riguroso luto colectivo como en ocasiones similares anteriores; su acercamiento mostró el arraigo del pueblo a su reina. Aporta el consabido tópico triste de que, al final, no somos nada. Encumbrados o no, terminaremos en el mismo punto. De Balmoral a Westminster Hall fue creciendo la manifestación de abrumados y terminó solitaria en su última morada o, como intituló un diario británico, en un “inquietante silencio” tras de caer sobre sí el sosiego abrumador del cese de un reinado que engloba una época entera vivida en la Gran Bretaña. Apenas 3 meses después de celebrar su Jubileo de Platino. Quede constancia de ello para las postrimerías. Acabó en absolutamente nada, al son de un gaitero solitario, restándole ya solo sumar nada más una simple tumba, sobria, discreta en lo que cabe, como muestra finita de la condición humana al llegar a su final y lo testimoniamos, mientras finalizaba el duelo oficial, circunscribiéndose ahora solo a la familia real. La gloriosa memoria de Isabel II quizá no la veremos construirse, no nos tocará a nosotros fraguarla. La extrañaremos, ya no contaremos, ociosos, sus años de vida y de reinado.

Estos funerales de Estado merecen unas cuantas anotaciones, pues no a diario fallece una monarca británica y con tal boato y circunstancia. Presenciar cómo se desencadena el engranaje sucesorio del nuevo rey con una cercanía nunca antes vista gracias a los medios masivos de comunicación; que todo lo abarca –del ipso facto a ser sucesor al refrendar lealtad y las consiguientes aclamaciones, las proclamaciones ante el Consejo Privado y en St. James conservando todos los títulos de su augusta madre (un equivalente al ¡Habemus Papam!) o en tantos sitios con ceremonias protocolares, cuyo cénit será la futura coronación; y los pésames y honras de todo calibre dentro y fuera de las islas británicas en lo que toque al reconocer a los reyes británicos como sus soberanos– y que tal sucesión no deja resquicio alguno de dudas sobre la legitimidad del sucesor bajo acompasados procederes renovando un reinado que cesa por uno que inicia. Esta vez, hemos visto suceder tanto de lo que tantas veces supimos en teoría. Los ecos de las antiguas tradiciones se mezclan con las incredulidades, las fidelidades, los cuestionamientos a la monarquía...Una gama de expresiones variopintas. De la efigie de la reina en las velas de la Ópera de Sídney a la grafiteada que acusaba "Elizabeth The Last". Muy fuerte, sin duda. Pero a más de uno, nos deja un cierto vacío, porque ya se dijo: fue una monarca constante, inmutable en un mundo cambiante. Y ya no estará más. Se volvió costumbre, la creímos eterna como a su tatarabuela Victoria. Hay paralelismos solo semejantes.

El mayestático sepelio sí convocó tantas testas coronadas, pero no vimos custodiar la regia cureña por aquellas de la vieja Europa y eso que acudieron todas las reinantes; y ni ellas ni otras escoltándola parsimoniosamente, como en honras fúnebres pasadas al seguir el vetusto armón, tal y como ocurriera en las vistosas de Eduardo VII en el Londres primaveral de 1910, reuniendo en aquel entonces a tanto regio pariente entronizado –muchos más que los asistentes al funeral de la reina Victoria, en 1901– y que ahora tales coronas van tan escasas, cual signo de los tiempos, y, no obstante, que se calcula una asistencia de 500 diferentes dignatarios de distintas jerarquías. Acaso por concurrentes, sí superan la cifra total de quienes presenciaron in situ los funerales de Juan Pablo II (2006) y los de Hirohito (1989), que no fueron poca cosa. Gajes de la munificencia regia.

No fue en la notable Abadía de Westminster –que es más pequeña de lo que se espera y donde Isabel II iniciara su reinado formal, una vez coronada– sino en la cripta real conmemorativa a Jorge VI en la Capilla de San Jorge, aledaña al castillo de Windsor, donde terminó su reinado quebrándose la vara de mando del Lord Chambelán colocada sobre su féretro y descendiendo su ataúd cubierto por el estandarte real, como un dramático final aderezado por la gaita de su despertador matinal. Coincidieron el anciano Harald V de Noruega con Jorge de Gales, uniendo el pasado con el futuro de las monarquías, concitándonos a preguntarnos ¿cómo la capoteará el chico de 9 años en el siglo que corre?

Estas pompas fúnebres transmitidas por vez primera por televisión acercándonoslas, recordándonos que no a diario se muere la reina de Inglaterra, en presencia del mandatario yanqui por primera vez en cuatro siglos de relación bilateral y no exentas de roces con China, privándola a su delegación de rendir sus respetos ante la monarca que le devolvió Hong Kong, primando un lugar de honor a Taiwán, recibiendo a la primera dama ucraniana, pero no invitando a Rusia (¿es que está en guerra Gran Bretaña con Rusia? ¿no?) independientemente de que Moscú calificara la omisión de blasfematoria y después, el Kremlin desestimara la oportunidad de acudir, adujo, mas granjeándose Britania por respuesta un cachetadón en un comunicado: “la imagen unificadora de la reina Isabel II, que no ha interferido en la política por una cuestión de principios durante su reinado, no se ha convertido en un obstáculo para los ataques disidentes de Londres, que están sujetos a lograr sus propios objetivos conjeturales. Por nuestra parte, expresamos nuestras profundas condolencias al pueblo británico por la gran pérdida que les sobrevino”. Pues eso. La punga entre potencias nucleares conlleva no bajar la guardia, jamás. Y contó con la presencia del emperador nipón.

Laudable la entrega de los británicos a esa reina que sin estar destinada a, quedóse 70 años, iniciando su reinado encaramada en un árbol en Kenia y lo concluyó recibiendo a la futura decimoquinta primera ministra, dos días antes de fallecer. Eso ya insta a mirar su trayectoria. Por Youtube pudo seguirse esa larga vigilia, fila interminable que pasó de una a dos laterales y luego a cuatro, de súbditos presentando sus respetos, apenas unos segundos a rendirle pleitesía apresurando sus pasos gracias a los ujieres solícitos, pausada solo por los relevos de sus pulcros centinelas, salvo por el que se desvaneció golpeándose el rostro de forma aparatosa. Era la quintaesencia del pueblo británico, de todas las condiciones y que festejó los baños de pueblo de Carlos III y del Príncipe de Gales, puesto que el primero sabe que no goza de la popularidad de su augusta madre. Tendrá que granjearse a un pueblo que tiene claro sus derechos y limitantes como rey. Y no es que actos sencillos paguen errores gigantes, no nos confundamos; pero sí que abonan en pro de quien los efectuara. Y ahora ya en el recuerdo, solo resta mudar la faz y anagrama isabelinos en billetes, buzones, estampillas, papel secante, tabardos, estandartes, guiones, tapicería y demás objetos que los portaban. Cuando veo a los británicos cantar el himno adaptado, los veo entre titubeantes, confundidos y nostálgicos, aún al verse obligados a mutar el Queen. No pasa inadvertida la sonrisa de Carlos III al oír la primera vez el King. Sucedió.

El incidente del tintero a retirar nos recuerda qué pese a su rictus, Carlos III tendrá que aprender a ser rey. Y que hay cámaras. El más leve error o arrebato, tendría que y será viralizado de forma instantánea. No hay ni cabe excusa ni pretexto para ser precavido.

Resta solo apuntar que ha muerto la mujer que era tres semanas más joven que la extinta Duquesa de Alba, quien habría de apartarse a su paso ante Isabel, pese a tanto título. La que acogió a los reyes helenos exiliados y se lo agradeció su heredero, Pablo de Grecia. La veterana de la Segunda Guerra Mundial, dejando a Margarita II de Dinamarca como la única monarca mujer europea, aunque la siguiente generación de reyes de la vieja Europa será ampliamente femenina y por quien he firmado el libro de condolencias dispuesto en la embajada británica en Ciudad de México, justo a donde acudí en su cumple del año 2000, para constatar la solemnidad con la que fue presentado, rodeado de flores de lis y con su foto regia. Mientras tanto, en lo que nos avisan de qué murió la reina, y acaso haya sido de un simple mal de arrugas, nos resta decir Finis Gloriae Mundi.

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