En su declaración de objetivos prioritarios para este curso, la consejera Patricia del Pozo declaraba recientemente, en su comparecencia ante el Parlamento de Andalucía en el inicio del nuevo curso, que debe rescatarse el valor de la lectura constante, como hábito sereno y reflexivo, como instrumento privilegiado para la formación de nuestros escolares, de modo que se va a dedicar a este objetivo un tiempo diario en la jornada de los centros educativos en el sistema andaluz. Naturalmente que se da por sobreentendida la idea de que hablamos de lecturas provechosas para la formación y desarrollo de la condición humana de nuestros estudiantes.
Como he escrito en otro lugar, citando al escritor francés Yves Bonnefoy, si algo nos distingue de la condición animal son precisamente las palabras. Cuando leemos un buen libro, bajo la forma más elaborada del lenguaje que es la escritura literaria, nos introducimos en el corazón mismo de la condición humana. Esta vertiente literaria de la cultura humanística suele ser tanto más completa y fecunda cuanto más irradie y se abra a las enseñanzas humanísticas no solamente de nuestro entorno y patrimonio andaluz, sino que penetre en la vasta cultura española, europea y universal. Este gratificante y enriquecedor quehacer de la lectura debe abordarse, para cumplir su objetivo verdaderamente formativo, mediante un enfoque metodológico creativo y poético que se aparte de toda imposición dogmática, de la manipulación ideológica y de cualquier forma de adoctrinamiento más o menos larvada, así como de las rigideces del academicismo.
Solía decir el admirable físico, humanista y escritor místico Blaise Pascal que, mientras la geometría nos inculca el espíritu del orden y la precisión mediante su estudio, la práctica de la lectura literaria nos educa en el sentido de la elegancia y la sensibilidad, la educación de “l’esprit de la finesse” que viene a ser la antesala del gusto y del criterio estético. Pero más acá de la cultura francesa, la fecunda tradición ensayística de nuestra propia lengua española, hablada hoy por más de quinientos millones de personas en todo el mundo, puede enseñarnos mucho sobre la condición humana, desde Suárez o Vitoria hasta Unamuno o María Zambrano, escritora andaluza que supo poner en armonía mejor que nadie la poesía y el ensayo filosófico, pasando por Eugenio d’Ors y el diplomático y escritor granadino Ángel Ganivet.
Por evocar fuera de los lugares comunes alguno de los escritores en español menos conocidos, merece una especial mención Jorge Santayana (1863-1952), autor de dos ensayos verdaderamente magistrales como fueron Tres poetas filósofos: Lucrecio, Dante, Goethe, escrito en 1910, dos décadas antes de que Ortega y Gasset publicara La rebelión de las masas y, en segundo lugar, la que tal vez fuera su obra más conseguida pero no suficientemente divulgada, Diálogos en el limbo, metáfora escrita en 1925 sobre un lugar y un tiempo imaginarios en los que se van desarrollando los diez diálogos que componen el libro. Un joven Extranjero viaja al imaginario lugar donde conversan pensadores del pasado, como Demócrito, Sócrates y Avicena, que reemplazan respectivamente a los personajes de la obra anterior.
Entre las numerosas y sugerentes claves que aporta la ficción de Santayana, no es nada despreciable la consecuencia que se deriva del cruce de argumentos entre el Extranjero y Sócrates, a saber, que los profetas del fracaso histórico, como Jesucristo –aunque solamente fuera visto por su dimensión como personaje histórico simplemente- , Carlos Marx con su mensaje de emancipación del proletariado, o el Quijote de Miguel de Cervantes, tal vez aportan una vía más eficaz de amor a los seres humanos que los profetas del éxito como Sócrates y Platón, empeñados inútilmente en amar a los seres humanos tal y como deberían de ser, en la plenitud de su perfección, en lugar de quererlos tal y como son realmente, compadeciéndolos y sintiendo con ellos, en su miserable condición humana.
Pero no solamente el ensayo. También la novela, como la sugerente y original obra de nuestro académico recientemente fallecido Javier Marías, nos ayuda a reconocer y visualizar mejor nuestra condición humana, en nuestra relación con nosotros mismos, con los que tenemos cerca, con la sociedad y con el mundo en general, con la vida misma, sus gozos, sufrimientos y misterios. El libro de relatos y la novela permiten que penetremos en aquellos aspectos de la condición humana que son inasequibles para la ciencia, incluso paras las llamadas ciencias humanas como la psicología y la sociología, que con frecuencia ignoran o disuelven en cifras y datos la complejidad de los afectos y pasiones de los seres humanos, sus odios y amores, la grandeza y miseria de sus pasiones y de sus compromisos, sus gestos de locura y sus momentos de cordura, sus engaños y traiciones, su buena o mala suerte, su destino y su libertad.
La novela del siglo XIX especialmente nos hace volar a través de la historia de la humanidad de una época a otra y de un continente a otro. A veces, en un minúsculo entorno espacio-temporal como hace Proust en un suburbio parisino, el escritor de En busca del tiempo perdido nos empuja a sumergirnos en todo un inmenso universo como abarca la persona, a penetrar en la entraña de la condición humana con toda su complejidad. Hacia finales dl siglo XIX, el creciente antagonismo que venía desarrollándose desde siglos atrás entre los paradigmas humanístico y científico de cultura ha producido una disyunción sociológica y generacional bastante clara y precisa en el panorama cultural de Europa y del resto de países occidentalizados: cada vez más, solamente una pequeña parte de la población se ocupa del cultivo de las humanidades durante la mayor parte del siglo XX, como consecuencia de la aplastante hegemonía que ha ido adquiriendo la cultura técnico-científica.
Con la irrupción de lo que he denominado en uno de mis últimos ensayos La tercera cultura (Ediciones Clásicas, Madrid 2011), con el auge de los nuevos medios de comunicación de masas como la radio, la televisión y, finalmente, internet, el papel de los escritores, intelectuales y artistas se ha venido a redefinir en muchos casos provocando al mismo tiempo una ambivalente posición del lector frente a la obra. Por una parte, le ha hecho preso del enorme poder de estandarización y normalización de una cultura pasiva de espectador o consumidor de imágenes y sonidos que le atrapan y embrujan. Por otra parte, esta tercera cultura ha hecho mucho más accesibles los tesoros de la cultura humanística y sus grandes producciones literarias a la mayor parte de la población sin moverse de su casa. En cualquier caso, nuestro siglo XXI debería ser el escenario de la reconciliación de los paradigmas en conflicto, de modo que podamos rescatar y disfrutar más que nunca, y con mayor razón y mejores medios, el valor de la lectura serena y reflexiva como instrumento privilegiado para la formación del espíritu, en esa búsqueda irrenunciable en que debe consistir todo proyecto educativo para hacer que aflore nuestra mejor versión, como ahora solemos decir o, como dirían los clásicos, para cultivar, más allá de toda barbarie, la humanidad de la humanidad.