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DESDE ULTRAMAR

Bicentenario del desciframiento de la piedra de Rosetta

Marcos Marín Amezcua
jueves 29 de septiembre de 2022, 19:06h

Antes de terminar este funerariamente británico septiembre que tanta atención acaparó, remitámonos a Londres donde yace la piedra de Rosetta en la sala egipcia del afamado Museo Británico. Y ello debido a que el pasado 14 de septiembre se ha conmemorado el bicentenario del desciframiento de su enigmático y llamativo contenido por el francés Champollion, quien un 27 de septiembre de 1822 exponía sus conclusiones. Ello fue un prodigio para la Humanidad. Egipto, lejos de un descolorimiento, sigue fascinando y revelando sus encriptados secretos, resguardando tantos más. Y este año 2022 es, en efecto, como apunta una cartela alusiva del magnífico Museo Arqueológico Nacional, de Madrid, un año de hitos para la Egiptología al cumplirse, si no su nacimiento, el ducentésimo aniversario de tan trascendental descodificación y el centenario del descubrimiento de la sorprendente tumba intacta de Tutankamón.

A esta última aludiré en unas semanas, porque el sarcófago y la máscara mortuoria del rey niño nos maravilla hasta nuestros días, por significar una asombrosa pieza que nos describe la fascinación del poderío faraónico, evidenciadores especímenes de semejante portento, ya que no aludimos a un tentetieso, sino a un túmulo incorrupto que devela nuestras más caras fantasías alrededor del Egipto milenario. Por lo pronto, me avoco al legado de Champollion.

La Egiptología no cesa de sorprendernos y va sumando en los años recientes, soberbios hallazgos que esclarecen y engrosan lo mucho sabido, acercándonos a conocer mejor aquella antiquísima civilización. Mi primer acercamiento con esa curiosa estela de granito con inscripciones que es la piedra de Rosetta, fue con el libro intitulado Egipto antiguo, editado por Time-Life, que es parte de esa espléndida colección de Historia que mis padres adquirieron para consultarla mi hermana y yo en nuestros años mozos. El tomo está más hojeado y ojeado que la Biblia de mi abuela, que atesoro con sus notas al margen y tal; me resultaba atrayente, recogiendo su testimonio e importancia las páginas 150 y 151, despertándome esa inagotable curiosidad por tan lejanas y recónditas comarcas africanas de tan extenso acervo civilizatorio, que son una piedra fundamental, una cuna de la existencia humana.

Pues bien, la piedra de Rosetta es la puerta de entrada para descifrar el deslumbrante alfabeto egipcio, sus pictogramas, que, muy independientemente de su estilización evolutiva al paso del tiempo y de las dinastías que se sucedieron a la vera del Nilo cubriendo así la extensa historia de aquellas regiones del noroeste africano, no variaron a lo largo de los siglos –a lo más estilizándose, refinadas, eso sí– y que contaba 3600 años como articulado y fue un mismo código pictográfico, de forma tal que fue medianamente sencillo saber lo que se escribió desde el inicio hasta el final de esa portentosa civilización, tornándose en el eje que fundamentó, profundizándolo, el estudio de todo lo egipcio. Ignoro si es adecuada la aseveración de que su desciframiento coloca a Champollion como el Padre de la Egiptología. Ciertamente, abona, no obstante que la descifró a partir de una copia, sin haber visitado Egipto ni la tuvo frente a sí antes de haberla decodificado y hacerlo fue un paso gigantesco para desenmarañar las claves de aquella inmemorial cultura, derivando de ello su irrefutable importancia. Su mérito fue identificar que tales signos eran fonéticos e ideográficos y creaban lenguaje.

Tal ejemplar consiste en un monolito de granito, granodiorita para ser más precisos, que data del 196 a.C., atribuido al clero de Menfis, expuesto a manera de estela, con tres franjas mostrando en cada una con escritura diminuta, una loa a Ptolomeo V Epífanes en egipcio (jeroglífico o demótico, este una abreviatura de los signos jeroglíficos) y en griego (antiguo). La obra desprendida de un muro que debió de ser aún más extraordinario, fabulosamente preservado, fue descubierta casualmente en 1799 en medio de la expedición napoleónica invadiendo Egipto, cayendo en las manos británicas a cambio de la libertad de los expedicionarios franceses por el Tratado de Alejandría (1801), que lo despachó al referido Museo Británico en donde tuve ocasión de tenerla frente a mí, como alguna vez Napoleón tuvo frente a tal.

Jean François Champollion se interesó en ese descubrimiento. Sabía copto, herramienta utilísima para proceder a su estudio y acudiendo al griego antiguo, desentrañó los otros dos pasajes grabados sobre la negra superficie del reputado fragmento pétreo, que hoy se la sabe gris oscuro; así, la piedra de Rosetta es un parteaguas y la valía de Champollion consiste en transliterar descifrando su presunto significado desde el griego antiguo a los reconocibles jeroglíficos egipcios –de una dualidad práctica y estética– coligiendo la correspondencia del mensaje, coincidiendo, y, desde ahí, ello le permitió establecer vasos comunicantes que contribuyeron a comprender, entonces sí, la peculiar escritura egipcia, mediante la confección de un método interpretativo que resultó eficaz, facilitando identificar con él todo cuánto de Egipto se trata. Tal simbología es considerada como sagrada, ya que expresarse por escrito era un arte dominado por muy pocos, un atributo de adivinación exteriorizando el sentir de los dioses, toman tales signos en el sentido adecuado de su lectura para, con ello, desentrañar su misiva. Ya sabe, la fuerza de la palabra se acompaña a veces de valoraciones extraordinarias, cual corresponde a su temple y calado. Ahora que estamos en el centenario de Luis Cernuda, merece recordarse tales implicaciones.

Aquella labor del francés fue elocuente. Regocija entender el alcance de la hazaña de Champollion, una oportunidad de órdago muy valorada. Me resulta notable saber que su inconmensurable acción consiguió dejar atrás la nugatoria y fosilizada actitud hacia las inscripciones egipcias, ese deambular indiferente a su significado, cual nictálopes, como nocherniegos en la faz del conocimiento; en cambio, él dotó a la Egiptología de una vigorosa interpretación, infiriendo ideogramas con vocablos y significaciones al paso de ir aventurando sonidos de cada representación, evadiendo pataratas que solo frivolizaban el saber profundo buscado desde siempre en la materia. Hasta antes del egregio francés, se pensaba en una criptografía de ignoto significado y sonido, acaso suponiendo una literalidad sospechada o invocaciones mágicas indescifrables y de imposibilitada y entrañada lectura. Se supo después que tampoco eran dicterios ni obligadamente, sentencias mágicas. Y sus rivales científicos como Young no fueron contundentes. Traducir el texto triforme fue la sustancialidad del acercamiento a aquel don del Nilo, como denominó Heródoto a Egipto.

Para el caso mexicano, nuestro pudor y muy escasa tenencia de ejemplares auténticos de la cultura egipcia –en parte por no poseer una política depredadora en el nombre de la ciencia – nos limita a unirnos a esta significativa rememoración. Apenas una expo muy pobre en el Palacio de Minería con réplicas que van de mediano pelo a malas, ha sido nuestro parvo aporte. Es una pena, porque las exiguas piezas egipcias que tenemos, poquitas, negaron la visión y sensibilidad para mostrarlas como algo destacado. Máxime que se trata de una cultura entreverada con otras tantas, con sus tantos matices y etapas, dejando su impronta. Egipto sí goza de un gran cartel en México, tal y como quedó demostrado en sendas exposiciones celebradas el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México hace años, atrayendo ingentes multitudes. Otras, itinerantes, como las reproducciones del tesoro de Tutankamón, son exitosas. A mí me agradaría que el reducido acervo con el que contamos, incluido un pequeño sarcófago intercambiado por unas máscaras mayas, se expusiera de forma aún más digna y visible posible. Y dejarnos de tantas réplicas. Cuando uno ve originales, no le llenan el ojo. Y es que esto contrasta con la expo de la Biblioteca Nacional François Mitterrand de París, exhibiendo 350 piezas al caso.

Como apuntamiento final testimoniemos que Zahí Hawass, reconocido egiptólogo, ha reclamado la devolución de esa pieza a su país. ¿Conseguirá su cometido? No lo sabemos, pinta para causa justa. No caben en ello ni leyendas negras ni leyendas rosas.

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