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TRIBUNA

Occidente prescrito, Occidente proscrito

jueves 29 de septiembre de 2022, 20:01h

El llamado occidente muestra signos casi evidentes de agotamiento. Subordinada al orden de postguerra, la política cultural europea ha ido profundizando en el abismo hasta alcanzar los elementos: los pilares sobre los que se construyó la realidad antropológica. Sofocada en la irrespirable atmósfera del relativismo, apenas produce un pensamiento cianótico e inarticulado, una ideología inconsistente, pero capaz de prolongar un tiempo su lánguida agonía. Pero el proceso ha entrado en fase terminal y parece que la única cuestión es ya: ¿cuánto tiempo?

Esta consideración – esté o no esté errada – no es pesimista, es natural que esa agónica existencia sucumba, el nacimiento y la muerte son momentos inseparables del ciclo de la vida. Tampoco es optimista, porque no está claro qué haya de brotar de esa descomposición. Si aceptamos en la historia un cierto horror vacui la pérdida de esta vieja Europa decadente será pronto colmada por una presencia nueva. Nada nos garantiza, sin embargo, que del fantasma europeo vaya a surgir mañana una potencia inteligente y capaz. No es probable.

Europa está hoy tejida con el mundo hasta resultar inseparable del resto de sociedades del planeta. Llámenlo globalización o comunicación, en cualquier caso, la mutua dependencia no significa unión pacífica. La cuestión es si Europa tiene hoy ante sí un horizonte al que orientar sus pasos o se encuentra postrada de manera definitiva y se dejará llevar por las fuerzas reales que la envuelven mientras la nutren artificialmente.

Tras la guerra mundial se fue incrementando un rechazo de la historia de Europa y se ha extendido un autodesprecio que concluye en suicidio. Extendido de manera diversa, ese rechazo de la propia constitución histórica se refracta de modo distinto en cada país. En España al autodesprecio adquiere tonos extremos, no tenemos la parsimonia que exige un juicio templado.

Esa atmósfera decadente, que exhala un hastío irredimible, se concreta en la negación. La negación extrema que expresan las tasas de suicidio o de depresión, el hundimiento demográfico, la entrega senil al placer más inmediato. En el lenguaje desordenado e insuficiente que cada día hablamos, engolando la voz para expresar el vacío más sonoro.

Hace unos días, treinta agentes del FBI asaltaron, armados hasta los dientes, la vivienda de un activista contra el aborto. Encañonado ante sus siete hijos, pesa sobre él la amenaza de una larga pena de prisión. Hace tiempo que la cuestión pasó de la fase discursiva a la ejecutiva, nadie discute la práctica del aborto que ha llegado a vulgarizarse como mecanismo anticonceptivo. La gravedad del problema se ha resuelto por la vía de los hechos y los hechos llegarán más lejos. El presidente Biden – que se declara católico – anuncia una ley del aborto que lo extienda hasta el mismo nacimiento. Nos gobiernan hombres y mujeres de acción que nos tienen prometido un futuro glorioso de bienestar y progreso. Cada día, sin embargo, aprendemos a ver que esa imagen ilusoria es una trampa del abismo.

La violencia de los militantes del mañana, con sus uñas lacadas y sus dientes acerados, es bien visible tras su polícroma puesta en escena. Vemos también la astucia estratégica que esconde su diseño de un mal sin matices, un mal absoluto, al que se marca con el signo inconcebible del fascismo, la x-fobia o la discriminación. Malos tiempos para el ejercicio del pensamiento, porque pensar es justamente discriminar, la pasión por los matices – a su Nietzsche le gustaba la palabra francesa nuances – está hoy criminalizada.

El dibujo bien trazado del horizonte 20.30 nos asusta a un número creciente, pero siempre minoritario, de tránsfugas y reaccionarios, de marginales y desclasados, de parias y proscritos. Somos el lamentable ejército del mal: heridos, vejados, cansados, ofendidos y muertos. No nos detenemos, no en vano exaltaba aquel himno robado a los parias de la tierra, famélica legión. En el fondo del corazón sabemos que formamos la columna de la última esperanza, sabemos que los estigmas que arrastramos pueden convertirse en medallas. El que escribe se proscribe, no cabe duda, y se proscribe el que actúa en nombre de la verdad. Se proscribe, sobre todo, el que habla en la lengua delicada y sutil que quisieran expropiarnos.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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