Ya no escribimos cartas. Mi generación debió de ser la última en conocer ―y muy escasamente, perdiéndose la costumbre― el acto de sentarse a escribir sobre las caras de un folio lo que nos sucedió o nos inquietó en una travesía, el encuentro con tal persona que creíamos perdida remotamente, los amores que pudo suscitar, el aburrimiento de unos días que parecieron llevados por el ‘demonio del mediodía’, los intercambios de regalos si los que se carteaban no vivían en la misma ciudad. A uno todo eso le ha llegado por comentarios, historias, libros y películas. Mi generación, salvo excepciones, no se podrá distinguir por tener una abultada correspondencia que haga las veces de hagiografía privada y profana.
Uno ha hecho sus intentos, cómo no estando a veces tan anegado por sus ilusiones y arranques de ideas medianamente peregrinas, pero sin riesgo para la salud, en principio. De poco sirvieron. De vez en cuando a algún amigo, sobre todo con la motivación de que viva en otro lugar, hago el envío, pero no me es devuelto el gesto. No importa. Entiendo que iniciar una relación epistolar en esta época de comunicación mórbida está de más. Es un esfuerzo demasiado romántico al que no le es reservado el tiempo que merece.
Carmen Martín Gaite, que tiene su lugar destacado por el número de las suyas que nos han quedado, describió acertadamente ese ánimo que provoca sentarse a escribirlas en una de sus grandes novelas, Nubosidad variable:
‘A pesar de los años que hace que no te escribo una carta, no he olvidado el ritual al que siempre nos ateníamos. Lo primero de todo, ponerse en postura cómoda y elegir un rincón grato, ya sea local cerrado o al aire libre. Luego, dar noticia un poco detallada de ese lugar, igual que se describe previamente el escenario donde va a desarrollarse un texto teatral, es de día, en primer término sofá, por el lateral derecho puerta que da al jardín, lo que sea, para que ese destinatario de la carta se oriente y pueda meterse en situación desde el principio. Son pautas que sugeriste tú ―lo recordarás―, como marcabas, casi sin que se diera uno cuenta, las reglas de todos los juegos.’
Es literatura lo que hacía la autora con ellas. Y es que las cartas no escapan a ese amable desliz que precise o nuble, a gusto del que las escribe, lo que vaya a contarse. Fieles a una realidad ―dentro de lo posible, pues la realidad es muy suya y no estaremos seguros nunca de si podremos comunicársela al otro, o encarnamos lo que nos parece de ella para transmitirla mejor, pero ya no siendo tal cual es―, terminan plasmando nuestra perspectiva de la misma, pues todo acaba siendo cuestión de perspectivas. Así unos epistolarios, como la novela o el personal de Martín Gaite, no eluden lo lúdico de redactarlos, y otros suponen el recorrido vital, seco o interesante o aburrido, sin más adornos.
Colocaré en la acepción segunda el epistolario del pintor y escritor Ramón Gaya. Con su obra, lienzos y escritos, ocurre lo que con la de Gaite: renuevan el aliento y saben asirnos antes de continuar. En el tomito de tapa dura Cartas a sus amigos, está lo más cercano que hallaremos a una autobiografía, más imaginada e involuntaria que buscada a propósito con su publicación.
Sorprende el aplomo temprano en Gaya y su seguridad ―natural y conferida por sus valedores, los también pintores Pedro Flores y Luis Garay― manteniéndose y progresando, traduciéndose en las misivas a uno y otro, comentándose pinturas, solicitando encuentros, viajes, mandando regalos, como en 1934 a su amigo Garay sobre una postal de Cézanne: ‘Querido Garay: Hoy encargué en Macarrón que te mandasen los cuadros y dos botellitas de aceite. Las botellas las mandarán junto a los cuadros. Escribo en una cervecería umbría y sola. No quisiera decirte nada feo de oír, pero estoy en un estado horrible. Madrid está pésimo […]’, y sí siguen unas líneas de disgusto pero finalizando con la justificación de la postal elegida: ‘Me gusta por ese lago con patos’. Así de sencillo hace recuperar una amabilidad que sólo es posible aprender de las inteligencias justas, que no dudan en ser compartidas para mejorar y nosotros gracias a ellas.
Pero a las cartas ajenas se acude con la curiosidad. Lo mucho que se habrá confesado, ocultado. Cierto morbo nace inevitable. El mes pasado, releyéndolas, me demoré en una que no era enviada a un destinatario célebre, y entendamos este adjetivo refiriéndonos a los nombres habituales en torno al pintor murciano. Le escribía a un amigo, Arturo, nom d’emprunt de Baldomero Segura, un joven que conoció a su paso por Níjar con las Misiones Pedagógicas a principios de los treinta. La nota a pie de página nos informa que sólo hay constancia de otra carta aparte de la que hablamos ―junio de 1934―, incluidas ambas en el tomo entre cuadros y fotografías, y siendo ésta la segunda y última. Dice así:
‘Querido Arturo: No creas que te haya olvidado, únicamente que iba de un lado para otro y no sabía encontrar un momento de paz y soledad para escribirte. Y el hecho de que te escriba hoy no quiere decir que disponga de tranquilidad sino que comprendo que no debo alargar más mi silencio.
Pasé en Murcia ―mi tierra, como creo que ya sabes― unos días de vacaciones, pero dos o tres amigos antiguos me cogieron por su cuenta y no me dejaron ni a sol, ni a sombra. Lo pasé regular, regularcillo. No puedo quejarme de estos amigos, pero ya sabes que nuestro egoísmo no se cansa nunca de pedir, y en ese momento, como en todos, lo que hubiera deseado habría sido Níjar en vez de Murcia, y a quien querría haber tenido a mi lado en vez de esos amigos pintores a quienes aludo es, naturalmente, a ti.
Tu carta me produjo una emoción indescriptible y formidable. Es la más bonita y simpática de las que me tienes escritas. […]
Tengo unos deseos horribles de que podamos renovar nuestras excursiones. Ahora, cada vez más, recuerdo esos paseos rodeados de un encanto enorme. Tu sola presencia me invitaba a la alegría, cosa tan difícil de conseguir en mí.
Seguiré en Madrid hasta el 26 o 28, pero aunque yo hubiese salido de aquí, en Misiones me mandarían tu carta.
Tú me dices que te aburres mucho y yo te contesto que no por estar aquí en una gran ciudad me divierto lo más mínimo. Y es que sentirse desgraciado o feliz no consiste en el medio, sino en el estado de ánimo que tiene uno en ese instante. El lugar es lo menos importante, lo verdaderamente fundamental es que junto a nosotros se encuentre la persona a quien queremos de veras. […]’
El valor para uno está, además del amor que desprende y el misterio que se le ha posado por no quedarnos más información, más indicios que permitieran investigar lo ‘indescriptible y formidable’ que en esa amistad surgió, aunque a los buenos entendedores poco más les hace falta, está, decía, en el simple contenido. A diferencia de la fotografía, cuyo ser helado invita más a la hipótesis a pesar de lo que nos muestre, en la carta pervive una voz, una manía, una perturbación mucho más cercana a tal y como fue esa persona que tal y como fue retratada tras el disparo de una cámara. Todas las fotografías están tomadas por la muerte, escribió Juan Benet, quien, por cierto, tiene una correspondencia con Carmen Martín Gaite de muy encarecida recomendación. Vaya esta pincelada pidiendo su reedición.
El contenido que refería en la carta de Gaya me reveló una oportunidad perdida. No una amical o amorosa, que de esas la realidad (muy suya, recuerden) siempre provee, sino la de poder contarle a alguien. El puro gusto de, en unas frases escogidas, pasar nuestros sentires a un segundo, además de a terceros y demás que finalmente acaben teniendo acceso por el resquicio de unas vivencias, que fueron muy largas y finalmente provechosas en su caso. Peligrosa nostalgia de lo que no se tiene ni se ha tenido, lo sé. Igualmente, su lectura me permitió por un lado iluminarme un dato más que desconocía, por otro sopesar que, leyéndola, era lo verdaderamente importante en ese momento, era como debía encontrarme. No tener necesidad de sentirse desgraciado o feliz, o sí, pero sin olvidar el placer de ser consciente de la actividad, abandonando las lecturas habituales o no ―‘Píndaro y demás abejorros’ llamó Gaya en otra carta, páginas y años adelante, a esos poetas clásicos mediterráneos―, entendiendo desde unos papeles lo que puede atañernos o no. En postura cómoda y rincón grato. La vida, zumbona e irregular, hará el resto.