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Sangre de otoño

domingo 05 de octubre de 2008, 20:24h
La presidenta Aguirre ha tenido dos felices ideas de ámbito cultural: el acogimiento del “deportado” Boadella, para regir los destinos del Teatro del Canal y encargar a Garci su particular “ley de memoria histórica” con la película “Sangre de mayo”

Ambas financiadas con la “sangre de otoño”.

Bien parcial o a la totalidad pues ignoro sus presupuestos como las condiciones en que se ha “privatizado” la gestión de Las Ventas. Tan sólo el peaje de cerca de seis millones de euros con destino a la “caja común”.

“Sangre de otoño”: en todas sus acepciones, la sangre que los toreros vierten en la “cancha Nadal” por mor de su entrega y ambición, de la obligación de los animales de herir (defendiendo su territorio –los terrenos, axioma en tauromaquia-) y de las invectivas de “Eolo” (un clásico en Las Ventas que como el turrón por navidad “vuelve a casa” cada jornada de festejo, tanto en primavera como en otoño).

Viento y marea –alta- que condiciona la lidia adecuada, aumenta el nivel del riesgo y minimiza tan grandioso espectáculo orillando su factor artístico, mediante su expresión creativa, “jibarizándolo” a la épica en que la sangre es visa de su autenticidad.

Viento, inquilino permanente, al que Aguirre da “aire en movimiento” continuo de desprecio para no abordar su “gestión”.

“Sangre de otoño”; la de Miguel Ángel Perera. La épica, como la letra, sin sangre no entra. Y el viento, que no descompone la melena de la Sra. Aguirre, ¡no pega “cornás”, pero se las pasa “mu” cerca!

“Sangre de otoño”: también, en sentido figurado, de una feria taurina tan invasora como los “mamelucos” en el bolsillo de los abonados.

Cuentan los especialistas que un “monstruo” como Garci ha simplificado el “copyright” legado de Galdós a tan sólo dos de sus “Episodios Nacionales” atendiendo sugerencias –¡que no intervencionismo!- del cónclave “neocon” para claudicar en un film “políticamente correcto” en que los franceses aparecen como “los Peralta y los Domecq”, un nutrido grupo de especialistas equinos y poco más para que, en “versión libre” con fondo de armario de historia de amor, la “sangre de mayo” cinematográfica edulcore en lírico la épica heroica de los madrileños de 1.808.

Se ha puesto especial cuidado en que la “sangre de mayo” no salpique.

A la par, no se echan cuentas a la “sangre de otoño y del mayo isidril” dejándolas al albur de la providencia fijando su destino político, de forma única y unívoca, en bombear “euros-glóbulos” toreros robustos para trasfundir a la anemia cultural de oficio; tal que dólares de honrados contribuyentes al rescate de “hipoteca subprime” para la financiación de proyectos “ful”.

No tendría mayor relevancia este remedo de malversación de no concurrir un matiz diferenciador entre la sangre “garciana” y la “pereriana”: aquella de bolsitas de tinta china enmascaradas en el ropaje de atrezzo del figurineo y ésta, de verdad; de la que es encarnadura de hule y cloroformo en un guiño permanente con “la parca”.

En esta política galopante de “externalización” de servicios (sanitarios, culturales etc.) y con la “privatización” de Las Ventas para la explotación –literal- de espectáculos taurinos como cobaya del oscuro objeto de deseo (Telemadrid) bueno sería que la “sangre de otoño” y su previsibilidad, siempre presente en una corrida de toros, sensibilizara al liberalismo madrileño para que no fuera tan inducida; tanto por el factor climatológico (viento para los toreros, frío y agua para los espectadores) como por las condiciones hostiles para el público (además de): imposición de abono en programación mediocre con el antifaz de una “guinda”- y media-, que dibuja con fidelidad un ambiente otoñal, depresivo, huraño, hosco, que si es consustancial a la idiosincrasia de la plaza madrileña se agudiza más en octubre por el trágala (canción con que los liberales españoles se burlaban de los absolutistas en el primer tercio del siglo XIX)

Por ello, cobra aún mayor importancia el anunciado gesto de Miguel Angel Perea que por los obstáculos a superar se convirtió (primero) en gesta, y (en definitiva) heroicidad.

Las condiciones “canallas” en que tuvo que afrontar y desarrollar su reto le elevan a la máxima categoría como figura del toreo y le proclaman el mejor de todos – ¡de todos!- en esta temporada.

Estatus que esperamos sea reconocido en unanimidad y especialmente incremente las “debilidades” de la Presidenta como evidenció en los casos de José Tomás y Cayetano en los días de confección de la pasada feria de San Isidro y adosados.

Y que con el paso del tiempo no quede, como está ocurriendo con las crónicas de urgencia, en la épica de dos cornadas y el gesto de salir de la enfermería primero y luego continuar toreando y matar al toro “por derecho” con un cornalón pronosticado como muy grave, cuando entre ambos pasajes hubo concepto, colocación y pureza de ejecución : toreo; en estado puro y duro para imponerse a animales que no estaban por sumarse al triunfo del torero en cuanto les diera la mínima opción; mismamente como un sector del inhóspito coso.

Si el escuadrón de caballería de la Policía Municipal vestidos a la usanza francesa militar de principios del XIX y la feble y meliflua historia de Gabriel e Inés le ha llevado a Garci a dejar de “sobresalientes” -¡esa es otra! (la de los sobresalientes en corridas de seis toros) a Daoiz, Velarde, Ruiz, Torrejón y Malasaña por insinuación del “mecenazgo” institucional en “Sangre de Mayo”; al contrario, la “sangre de otoño” derramada por el conquistador extremeño del cetro en tauromaquia no debe mermar su categoría artística y creativa en aras exclusivas de la “heroicidad” por que ésta se argumenta en aquellos sólidos cimientos.

Y por que el único encargo de la CAM para con las “sangres de otoño” era hacer caja para amamantar caprichos de muchas “sangres de mayo” cinematográficas y teatrales.

Pedro J. Cáceres

Crítico taurino y Periodista

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