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ESCRITO AL RASO

Jesús Quintero: el último mohicano

David Felipe Arranz
lunes 03 de octubre de 2022, 21:34h

Hay una generación de periodistas verdaderamente gloriosa en la que militaron Pablo Lizcano, Fernando García Tola, Julián Lago, Jesús Hermida, Concha García Campoy, José María Calleja, Francisco Pérez Abellán, Tico Medina, José Luis Balbín o Ángel Casas, que se nos acaba de ir también, que navegaron por la luz de la profesión y nos dotaron a todos de juicio crítico, en la pequeña pantalla y en sus cosas escritas y habladas, que fueron muchas. Qué huérfanos nos hemos quedado en los medios sin ellos, y cuánto tiempo hemos tardado en darnos cuenta de su ausencia, porque la programación y la actualidad palpitante nos ciegan, y el continuum del vivir ya sin ellos se nos ha hecho costumbre. Porque generalmente nos creemos que podemos entender lo que ocurre en el mundo sin ellos. Otros, como Luis Pancorbo o Antonio Gala, aunque viven, sus bocas están cerradas, y Jesús Quintero (Huelva, 1940-Cádiz, 2022), que acaba de fallecer a los 82 años de edad en una residencia de mayores –Nuestra Señora de los Remedios de Ubrique–, él que era tan joven, quería volver a la pequeña pantalla, reeditar sus entrevistas a los chiflados y no tanto del Hospital de los Inocentes de Sevilla. Todo muy cervantino, a lo que se ve. Él pensaba que Lorca era Virgilio y que Shakespeare era el profeta de todos los tiempos, con Fellini o la Paquera de Jerez entre sus santos apóstoles. Conoció en su vida a tan solo un político honesto: Julio Anguita.

Bohemio, independiente, poeta de la prosa periodística, vate de la televisión, Quintero le dio voz a la cuerda de presos, a los marginales y a las estrellas crepusculares y no tanto., les dio coherencia a los locos y dijo alto y claro que los reyes iban desnudos. Los invitados más fieros pasaron por sus micrófonos en radio y televisión y se convirtieron en ratones “coloraos”, porque Quintero sabía que el periodismo había que vivirlo con la voz, con el tempo lento, con las miradas cómplices y los silencios, y creó lo que los anglosajones llamaron décadas después el “slow journalism”, descendiendo a los sótanos de cada protagonista, siempre ayudado por su amigo Javier Salvago, cuya biografía El purgatorio (Renacimiento) hay que leer y releer para comprender de qué estamos hablando. Nadie podía aguantar la interrogación silenciosa de Quintero, que precipitaba un desnudamiento del alma en el prime time, como si de un confesionario se tratase, arrodillados y penitentes ante un sacerdote de las ondas con foulard. Sus dementes triunfaron también en Direct TV con “Loco en América”, al otro lado del charco, de cuando se movía como un Don Johnson andalusí entre Miami y Los Ángeles, de los orates a los puticlubes, a este y al otro lado del Atlántico. Se gastó cuatrocientos millones de pesetas en montar proyectos demasiado grandes para tiempos y conciencias muy pequeños: Radio América, Montpensier y Teatro Quintero.

España entera se asomaba a la buhardilla de Quintero, a sus micrófonos de oro que colgaban como en un estudio de Nueva York, entre el humo del tabaco, entre las sombras de la interviú –la luz con el tiempo dentro de su amado Juan Ramón Jiménez–, con el espesor de las respuestas sinceras en el espacio de trampantojo del escenario penumbroso. “Cada vez que uno es entrevistado, vende su alma”, pensaba este diablo risueño de las bulerías y los fandanguillos, que se escondía en el misterio y al que la quiebra económica –como a todos los artistas– zahirió a lo largo de toda su vida. Qué callada está la tele, sin ti, Jesús, qué huérfana, qué caja vacía recordándote ausencias en este desordenado imperio de lo efímero-tecnológico, de brevísimas biografías y amores más efímeros aún.

Quintero se nos ha marchado durmiendo la siesta, esa cosa tan necesaria y tan casticísima que también habíamos olvidado. Sus archivos están depositados en un centro cultural que levantó en San Juan del Puerto: perros verdes y monstruos del mundo, como le gustaba a él llamarlos, que solo esperan a ser aventados a los cuatro vientos del Sur y, al fin, redescubiertos en multitud de géneros y formas. Para que volvamos a las esencias del oficio y descubramos, de una vez por todas, que el loco pierde todo menos la razón. Por ejemplo. Feliz viaje, maestro, el último de los mohicanos eras, junto a tu amado Raúl del Pozo, que te llora aquí abajo: que la tierra te sea leve y que estés ya sentado en ese trono que llega al cielo. Tú ya me entiendes.

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