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TRIBUNA

El hilo de la vida

miércoles 05 de octubre de 2022, 19:16h

Decía Ortega y Gasset que la ciencia es poesía exacta, un océano de sistemas de metáforas montados unos sobre otros con cierta presunción de fidelidad y representatividad. Con un poco de distancia, hace ya casi un siglo, advertía que llamamos real a lo que es ficción y ficción a lo que es real. Ponía el ejemplo de las distancias, la masa y las fuerzas, que, creyéndolas reales, en verdad no son sino partes de entramados teóricos ideados por algún genio creador; o el ejemplo de la Tierra, de la que se ha creído que es un planeta que gira sobre sí mismo y alrededor del Sol, pero también, y con la misma convicción, que era una diosa, Deméter, con su voluntad y caprichos. ¿Cuál es la realidad primaria y auténtica de la Tierra? Ni lo uno ni lo otro, pues la Tierra astro y la Tierra diosa no son la verdadera realidad, sino dos ideas, dos interpretaciones sobre esa realidad que inventaron los hombres y con respecto a las que han ido sumándose, o apartándose. ¡Lo que de suyo sea la Tierra no lo sabe ni ella!

También sobre el ser humano han ido sucediéndose interpretaciones desde el día en que este se miró y preguntó de qué estaba hecho. Que si fuimos hechos de barro, como resultado de la mezcla de los cuatro elementos, escindidos y vagabundos errantes del universo, o expulsados por una especie de insubordinación que nos condenaría a la tierra y al sufrimiento. El caso es que, desde que pudo representarse a sí mismo, el hombre occidental se ha visto como un ser distinto, algo apartado, excluido de lo que imaginaba debía ser algún tipo de paraíso natural. Y en esas seguimos tras más de dos mil quinientos años de interpretación, creyéndonos una especie única dentro del reino natural en virtud de una historia que nos cuenta que, por un don especial –algunos lo llaman razón, otros logos, lenguaje- somos seres únicos, exclusivos, situados en la frontera que, a un tiempo, separa y reúne bestialidad y divinidad. Como tan bellamente expresó el humanismo de Pico della Mirandola: «el hombre es animal de naturaleza diversa, multiforme y cambiante, un camaleón que puede transformarse en una bestia o en un ser divino».

Esta idea del hombre como ser fronterizo, desterrado, apartado para siempre del reino adánico donde no eran necesarios ni el conocimiento ni el esfuerzo, forma parte de una historia ficticia según la cual la humanidad habría vivido una era de dioses hasta que fue salvada por la razón en la nueva era lógica. La ciencia habría surgido en el momento en que el hombre sale de la primitiva oscuridad del estado de naturaleza y comienza a hacer uso del pensamiento racional; concretamente, con la búsqueda de los primeros principios y la enseñanza socrática en la Atenas de Pericles. Precisamente, ha sido esta predominancia interpretativa la responsable de que, entre los estudiosos de la cultura antigua, se haya circunscrito el estudio de las relaciones entre razón y mito al análisis de sus características diferenciales y de su papel dentro del saber humano, advirtiendo que son formas de conocimiento distintas -Jean-Pierre Vernant, Francis. M. Conford- y hasta irreconciliables -John Burnet-. Y he aquí el dilema que ha potenciado, pero también cercado, nuestra cultura escindida: Hay que elegir entre logos y mythos, razón y emoción, cordura o pasión. O la razón condena al mito o la verdad no se deja apresar en ese único lenguaje que es la lógica.

El caso es que esta predominancia hermenéutica por la que se opone el mito al logos, si bien aporta elementos decisivos para una comprensión de la naturaleza de ambos discursos, camufla –deliberada o inconscientemente- el papel tan fundamental que ha ejercido, y sigue ejerciendo, el mito en la construcción de la cultura occidental. Y es que la consideración del mito como una realidad esencialmente irracional, o prerracional, esto es, definida por oposición a la razón, lleva al funesto resultado de escamotear la íntima conexión que guardan las narraciones mitológicas con experiencias vitales fundamentales, como esta por la que el ser humano se siente ser fronterizo y obligado al esfuerzo y al conocimiento. Diríamos que este empeño del hombre occidental de verse a sí mismo como único portador de logos obedece al poderío de esta imagen que continúa tejiendo el sentir humano. Como recuerda Mircea Eliade, uno de los más grandes historiadores de las religiones, los mitos no son sólo narraciones simbólicas contadas de generación en generación, sino, esencialmente, expresión de sentires y experiencias cuya fuerza nos aporta comprensión e identidad. Dicho parcamente, el mito no es sólo camino sino suelo desde el que hacer camino; no es sólo manifestación vital sino vida manifestándose.

Por ello, y volviendo a Ortega y a su poesía exacta, quizá vaya siendo hora de tejer nuevos mitos, practicando nuevas formas de hacer antropología, que ya no presuman tanto de humanidad y racionalidad y, a cambio, construyan relatos que nos sitúen en papeles más secundarios en el entramado de la naturaleza, enseñándonos que la vida está llena de nuevos caminos con los que el hombre ha perdido sus relaciones y que debe explorar. Es decir, relatos donde no haya protagonistas ni protagonizados, que dejen de leer el universo a la medida de lo humano y abran el universo a nuevas formas de comprensión. Al fin y al cabo, si el hombre ha sido y se ha comportado como ser racional, capaz de las más sólidas y sublimes construcciones, tanto en el reino de lo matemático como de lo arquitectónico, de lo teórico como de lo técnico, es gracias al hilo con el que la vida sigue tejiendo sus días y sus mitos.

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