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TRIBUNA

Libros, hojas secas y brisas de nada (I)

sábado 08 de octubre de 2022, 18:53h

Los días de la Feria del Libro Antiguo. Qué mejor recibimiento puede hacerse al otoño. Uno es sensible a esta segunda vuelta de los puestos ―la anterior fue en primavera― y se decanta por la morosidad ―una hora mínimo; dos, mucho mejor― del caminar con el lomo inclinado levemente hacia los expositores. De vez en cuando tomando aire, fijándose en los estantes del fondo, en los ejemplares más batallados y de precios increíbles señalados con lápiz, rotulador, etc. En silencio, conviviendo con otros más bisoños, igualmente callados porque partirán de ahí antes. Siendo más accesibles económicamente pero también maleados, sin posibilidad de saber qué deparará, quién los comprará, si la orfandad era mejor estado o si se cambia una penumbra por otra.

Hay que destacar su enclave privilegiado. El paseo de Recoletos, entre las filas de castaños de Indias y, en el tramo final o primero, según por el lado que se empiece la andadura, unas fuentes. Tienen su contrariedad. Si el clima es de hacer volar bajo al grajo como dice el refrán, añadirán sensación gélida. Es normal en esas ocasiones ver a los libreros abrigados como mejor saben para combatir el horario ininterrumpido. El tráfico, que no da tregua tampoco, no molesta al lado de las casetas. Saben ejercer éstas su protección, saben hacernos desatender cualquier molestia para que la atención se vaya toda a los lomos que remover. El tráfico allí es el humano, pero entorpece menos, aunque los hay que hubieran tenido buena carrera como mimos, pues ni con leves codazos consigue uno quitarlos de en medio. Estaría bien, como a las aves carroñeras, soltar una rareza al suelo para que esos agarrotados salieran de su puesto de vigilancia y rapiñasen por la pieza, a modo de entretenimiento para uno poder llegar a los que no alcanzaba. Ideas raras que van saliendo cuando uno rebusca, sí, más que los títulos que quisiéramos llevarnos a casa.

Que la estación cambie y sea acompañada de estas remesas color oro viejo, y demás paletas con solera, es un acontecimiento que tiene una conexión con los árboles. Estoy seguro. ¿Qué murmullo puede haber más parecido al de los dedos que corretean o saltan de página en página a examinar que no contenga subrayados a bolígrafo o peores crímenes de lesa lectura que el de las hojas amustiándose por el viento sur o del Guadarrama? Es otro corazón el que dispone esos latidos, esas líricas que permiten lo fantasioso. Pero el sosegado murmullo insiste en cuanto tomamos en la mano un viejo Austral, por ejemplo, y sin provocar que la cola despegue algún capítulo que amenazaba soltarse, anuncie la permanencia o el límite de nuestra existencia mortal. Soplará el viento sobre nuestras cabezas o sobre las palmas que van cogiendo polvo y otros miasmas. Lo arenoso de las hojas secas, enterrando y descubriéndonos.

Lo que uno pueda estar leyendo mientras la Feria sucede establece también conexiones, o es el deseo que puja fuerte por hacerte volver cuanto antes. Jesús Montiel dice en su reciente Canción de cuna ―larga carta y breviario de afectos maternofiliales y vitales y literarios― que un libro ‘tampoco apaga el infierno ni cambia nada de cuanto sucede alrededor y es desagradable. Para entendernos, la escritura es un jardinero que silba entre los nichos del cementerio mientras riega unas correhuelas. Con su canción la muerte no se evapora, pero pierde protagonismo.’ De una hermosura incontestable. Es exageradamente idílico que presente la Feria como ese cementerio en el que silbar para convertirlo en jardín que aleje los malos presagios. Nada se apaga ni resta lo desagradable, en efecto. Pero estar allí sí cambia el humor, sí hace ganar protagonismo a nuestra curiosidad más infantil y benigna.

Quizá nos evaporamos durante unos instantes para ser quienes desearíamos. El eterno protagonista buscando la novedad en lo que desee llamar tesoro. Y para no estancarse en lo ilusorio, el paso de otra ráfaga de viento, la realidad una vez más, haciéndonos cruzar las chaquetas y los dedos, por lo que venga.

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