Vivimos en permanente estado de excepción. Nada que no sepamos, pero que ahora se acrecienta merced a una clase de desaforados abyectos entregados a la bacanal del disparate y al nivel de incultura que les caracteriza. Son la ruindad del momento jalonada por un maléfico trato de favor para destruir prólogos y epílogos de todo cuanto a ellos les resulte fuera de su ideario. Es como si nuestros otoños hubieran sido inútiles y nuestra decencia existencial les resultara inservible.
La consigna está clara. Destruir la capa de cuantos humanos carezcamos de interés para el medio ambiente. Dicho en nuestra lengua romance: Agenda 2030. Una especie de avatar para enseñorear a unos pocos y el exterminio de otros muchos. Reconozco que así expuesto resulta desagradable, pero a pasos agigantados nos van llevando a ese inframundo que a día de hoy tan solo sabemos su nombre y poco más.
Lo cierto es que la maquinaria del exterminio fue puesta en marcha hace tiempo. A partir de entonces las causalidades han dejado de ser tales dando paso a maldades siempre achacables al infortunio, al cambio climático, a la guerra de Ucrania o en su defecto al conjuro de algún espectro de cuyo catecismo revolucionario se siguen alimentando los orcos de nuevo cuño. Hasta aquí un razonamiento bastante fútil, pero que nos abre la puerta de ese inframundo tan traído por los poderes fácticos terrenales y que hacen que la vida nos sea más difícil e insostenible.
En consonancia con lo expuesto debo añadir que la falacia se ha convertido en hábito de entendimiento. El verbo bien entendido ya no sirve como moneda de cambio; tampoco el favor, la elegancia, la cortesía, las buenas costumbres, el respeto, la justicia, el orden, la familia, la amistad, la profesionalidad; en definitiva, hoy se ha instalado entre nosotros la desconfianza, la inseguridad, la soledad, el desorden y la violencia impune. Hoy se mercadea, se trafica y se corrompe desde los abusos de políticos, ministros, magistrados, banqueros, hasta la Europa de marcada consigna progresista cuya tarea es fabricar a su imagen y semejanza un mundo en el que vivir bajo las coordenadas de los instructores de agendas a la medida de sus ratios.
Y así, en tiempos de holgorio, es cuando, ¡oh casualidad!, se nos muestra el monstruo de rigor. La COVID, los muertos de cada día, la guerra de Ucrania, lo siniestro de cada momento, la información sesgada y en definitiva, la catástrofe, el apocalipsis y el color negro de rigurosa aceptación. Ya ni los minutos de silencio tienen valor, tampoco la pavorosa existencia de las cruentas amenazas nucleares, ni siquiera los niños cuentan con inmunidad frente a la barbarie continuada. El fervor modernista se cobra vidas, se endeuda, se encama con el beso de la bestia y es cuando la cuenta burlona de la falta de dignidad nos muestra como el abuso de poder acaricia las arcas fruto del saqueo, del pillaje, de la corrupción y de las ansias de enriquecimiento impuro de gobiernos y estados afines. Es el hastío de la mezquina traición y la amargura por tantos muertos a coste cero.
Espectadores somos del esperpento montado por troyanos de la ignominia cuando la especie humana transita a la deriva, pues atrás han quedado las congojas hacia pueblos errantes huyendo de la desgracia y que ahora cada vez más cerca estamos los demás de lo incierto. Y así, cuando Ucrania saca músculo, Putin ejerce la réplica y cada vez más próxima está la amenaza y la zozobra existencial. Y es que el poder del dinero es un ungüento que unta las manos de cuantos juegan al macabro juego de acabar con nosotros porque les importamos la nada más absoluta.
Los hay que dicen una cosa y la contraria por afán de complacer al cacique de turno mientras el peso de la codicia abre el ceño ante el vislumbre de las arcas repletas de oro y vacías de juicio. De esa alquimia sale la riqueza de los impuros a costa del sumiso pueblo. En prueba de ello quienes mueren en campos de fuego son siempre los mismos, criaturas embriagadas de un valor cautivo, pero enviados al frente para calmar los celos de la muerte, mientras los corsarios del desmán duermen en sábanas de fino lino, tal vez abrazados a un cuerpo prestado y con una botella de vodka medio vacía.
Por eso, lo que ha entrado en crisis es la propia función de la inteligencia, el pudor, la honradez, y hasta la misma naturaleza de la cultura. Intuyo una pérdida de romanticismo, ese baluarte que convierte al intelectual en un receptáculo de las emociones y acontecimientos de nuestro tiempo. De ahí que la palabra culta se esconda en titubeos y ponga su verbo al servicio de un precio. El resto, por decir que no quede, es puro contubernio. Quien sabe, a lo mejor esto de la guerra es un negocio para unos cuantos.