Me he encontrado y he tenido el honor de sumarme a una cosa – no hay idea más amplia – , Res Hispánica una cosa hispánica que es naturalmente sustantiva y resulta realmente grande. Un grupo amplio de personas de muy diferente orientación política y de formaciones muy diversas. Iñaki Ezquerra celebra al ayamontino Rodrigo de Jerez, primer fumador de Europa, que trajo a este lado del Atlántico las primeras hojas de tabaco. Inés Montano celebra en la Hispanidad la capacidad vital de abarcarlo todo mediante una curiosidad interminable. Con una erudición que lo abarca todo, la crítica taurina festeja la asombrosa inclinación a la exploración y el merodeo más civilizado. Es la misma curiosidad que funda el saber histórico de Alfredo Arias que celebra la existencia de España en fuentes históricas y celebra sus profundas transformaciones a lo largo de las épocas, sin despreciar ninguno de los hilos presentes en la cara escondida del tapiz español. Pedro de Tena se acuerda del gran Vittorio Gassman en las ruinas del teatro de Itálica donde se sintió como en casa por la sencilla razón de que estaba en casa. Esto, por supuesto, le recuerda al gazpacho que empezó sin llevar - ¡ay, qué lástima! – tomate, ni pimiento que fueron volcados al gran gazpacho hispánico por manos americanas.
Así todos los hermanos hispanos celebran, cada uno a su manera, esta cosa tan grande que no puede ser entendida nunca como cosa nostra, porque es su antítesis. Es, en resumidas cuentas, la cosa de todos. Acaso no me entiendan los que están siempre a lo suyo, pero me entenderán bien los que saben salir de sí y atender al otro convirtiéndole en prójimo. Es una cosa hospitalaria que merece el título de casa común en que se reúnen zambos, cholos, criollos, prietos y mestizos de toda estirpe en esa raza cósmica, que celebró – también a su manera – el gran José Vasconcelos.
Los que somos de natural taciturnos, celebramos en la Hispanidad una alegría planetaria. El gran convite fraterno que funda una filiación trascendente, una gran hermandad, una fiesta grande en la que se aúnan gentes de toda condición. Incluso el general Dávila con su personal ritmo, casi marcial, se acuerda pronto del huevo de Colón y de sus juegos infantiles para celebrar la alegría de una caridad viva que no quiere confundir con un día de las fuerzas armadas. Manuel Soriano, se va al patio común de esa gran casa que es el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, y no hace falta más para apuntar a lo esencial. Y se van sumando a la fiesta de todos, todos los que quieren sumarse. Con ánimo expansivo y jovial, que no abrumado por el peso de la leyenda negra, por las derrotas miserables y las traiciones históricas. No hay en esta cosa, el plúmbeo recuerdo de una historia que no pudo ser, sino de la historia que fue y un futuro que queremos celebrar y que ya realizamos en el acto de su celebración. No puedo acordarme de todos los nombres que levantan su copa en esta fiesta monumental y cotidiana, universal e íntima que alguien puso en marcha. Lo importante es que hay una fiesta y estamos invitados, lo importante es que su casa es nuestra casa.
Los que somos de natural taciturnos, queremos desprendernos hoy del manto de ceniza y brindar desde esta España Hispano-Europea por la gran comunidad hispana, una hermandad que ha de aprender a entonar canciones nuevas que hablen de luz y de verdad, mientras hacemos que corra por las venas de todo hombre el fuego vital del vino compartido desde ayer y hasta mañana. Súmense, amigos, a esta cosa de todos que es la cosa hispánica. Y yo mismo, como cualquiera, puedo decir que están Uds. invitados