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TRIBUNA

A todo gas

Juan José Vijuesca
miércoles 19 de octubre de 2022, 19:19h

Confío en que mis admirados lectores no pierdan la calma hacia mi persona cuando finalicen la lectura de este mi artículo. Reconozco que hoy rompo algo la estética de costumbre, pero los renglones no conviene dejarlos huérfanos de prosa a la hora de escribir aunque el tema a tratar sea un tanto desabrido, y si no que se lo digan a Pitágoras, a don Francisco de Quevedo, a don Miguel de Cervantes e incluso al mismísimo San Agustín que no escatimaron en remilgos cuando tocaron temas tan infusos como el que ahora aquí expongo; eso sí, salvando las distancias entre maestros de la filosofía o el ingenio y el servidor que suscribe.

Les diré que hace unos días paseando por la calle al cruzarme con una pareja –hombre y mujer- escuché una detonación intestinal de grado 2 en la escala de los adentros. En mi condición de caballero y lejos de guardar silencio, les dediqué una sola frase: “Qué sea para bien”. Y cada cual a lo suyo.

Los secretos del cuerpo humano, así como sus oquedades, son inescrutables. Obligado te veas a escudriñar las temeridades que todo hijo de vecino se guarda para sí, lo que sucede es que hay ocasiones en los que el protocolo se abre a los instintos más básicos y las personas se dejan llevar por la riqueza interior que atesoran. Otra cosa muy diferente es saltarse el ceremonial como acostumbra Pedro Sánchez, que supongo que también tendrá sus momentos de airear adentros, pero que el pasado Día de la Hispanidad al parecer fueron otros los motivos que le llevaron a retrasar su puesta en escena.

El metano es ahora una de esas gangas que los ecologistas atribuyen a las vacas como principales causantes del efecto invernadero. Así pues, todo rumiante que se precie en soltar efluvios están en el punto de mira -con perdón- y es que para ciertas especies la vida terrenal no es lugar seguro para vivir del pasto, aunque haya otros y otras que lo hagan viviendo de la pasta. Pero este tema hoy no toca.

Siempre ha existido el gas intestinal y las vacas, ovejas, cabras, búfalos, ciervos o incluso elefantes, entre otras especies, ventosean a cielo abierto y a porta gayola. Nadie puede poner puertas al campo y mucho menos hacer que el intestino grueso de cada cual necesite ser topado para evitar la suelta de gases; es más, creo que el bienestar animal pasa por entender sus prerrogativas digestivas sin hacer distinción de género ni condición social. Todo es cuestión de formas. En el ámbito humano, por ejemplo, un rey o una reina se darán al soniquete como cualquiera; a lo mejor los monarcas lo exhalan en clave de oboe mientras la plebe se entregue más a la trompetería y flauta travesera; pero a la postre no creo que el Ártico nos guarde rencor por aquello de los deshielos a causa de un “Fa sostenido menor” o un “Si bemol Mayor”, que ya son ganas de pretender acabar con la riqueza de acordes dominantes que el tracto guarda celosamente desde épocas remotas. Sin ir más lejos, el propio emperador Claudio promulgó un edicto, llamado Flatum crepitumque ventris in convivio mettendis, que estipulaba cómo debían los comensales expeler las ventosidades durante las comidas. O sea, que los romanos ya guardaban homenaje a las formas.

Todo esto viene a cuento porque Nueva Zelanda quiere ser el primer país del mundo en cobrar un impuesto a las flatulencias de las vacas y claro, los agricultores y ganaderos neozelandeses se han mostrado en contra de este plan que el Ejecutivo quiere implantar para el año 2025. Nada de extraño porque dicho país cuenta tan solo con 5 millones de habitantes humanos y más de 36 millones de ovejas y vacas. Es una gran desigualdad aunque a mí me parece también una gran oportunidad para la demanda de mano de obra. Hay que suponer la ingente necesidad de creación de puestos de trabajo para desempeñar tareas tan delicadas como la de ser contadores de flatulencias ricas en metano y demás regüeldos vacunos.

Lo de ser especialista en tal cosa viene a ser algo parecido a lo que tenemos en España cuando hay fuertes tormentas acompañadas de gran aparato eléctrico. Quizás lo nuestro algo menos desagradable que la prueba olfativa de los neozelandeses, pero no por ello menos apasionante. Aquí un par de funcionares públicos se encaraman a un punto sobresaliente de la localidad y desde allí cuentan uno por uno los fenómenos eléctricos que caen. “Hoy a las nueve de la noche una fuerte tormenta caída en Calasparra ha descargado 7.126 rayos” NI uno más, ni uno menos. No está pagado.

El enfado de los granjeros tiene su lógica, pues defienden que no todas las vacas u ovejas de Nueva Zelanda han de ser aficionadas a la música de viento y por ende aquellas criaturas de Dios que expelen tal virtuosismo sean sus propietarios los que paguen por ello y no todos los demás. El granjero Thomás Rapunsen, por ejemplo, dice que sus vacas son más aficionadas a la lectura que a eso de las flatulencias y por lo tanto saben comportarse en sociedad; es más, uno de sus ejemplares de raza ganadera Jersey escribe poesía y además da conferencias sobre esto y aquello: “Soy de la opinión de que la especie humana no es del todo libre, no estamos gobernados por auténticos líderes, sino por los seguidores de este paraíso económico, el cual ya no lo es. Hasta que la sociedad no reaccione, no cambiará nada. No resolveremos nuestros problemas hasta que no haya un cambio en el sistema político que nos conduce”

Y créanme, esto dicho por una vaca Jersey nos demuestra hasta qué punto la humanidad está sufriendo las consecuencias de tener a tanto político inútil llevando las riendas de un mundo cada vez más cerca del Armagedón. Dicho queda.

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