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TRIBUNA

Ex (libris)

jueves 20 de octubre de 2022, 19:03h

Me gustó tanto el libro de mi buen amigo Javier Barraca Miral, que la noche misma de la presentación de su Diario de un ex ya me lo había embaulado. Dicen los amantes del fútbol que los mejores jugadores no sólo pasan a sus compañeros el balón para que marquen goles, sino que también abren sin ser vistos espacios invisibles con sus desmarques solitarios para el juego de sus socios. También el tema central de este libro es el de la muerte, cuya invisibilidad le va dejando a uno K.O, es decir, “Ex”.

Menos mal que a la muerte también se le puede ganar un poco con el humor: “Quien me hace más consciente de mi naturaleza de ex, sin lugar a dudas, es mi mujer. En esto no la gana nadie, desde luego, resulta incontestablemente invencible. Esta tarde, por ejemplo, mientras la llevaba en coche a cierto lugar, ha aprovechado para arrojar sobre mí el alud de reproches más espectacular y abrumador que recuerdo en las últimas semanas”. ¿Quién no tendría algo que decir al respecto?

Assueta vilescunt, las cosas cotidianas suelen terminar envileciéndose, vulgarizándose. Ser ex, consuélate querido Javier, sólo es posible cuando todavía se es; cuando no se es, no se ex. Menos da una piedra. El problema no está en la partícula antepredicativa ex, sino en su categoría de modalidad, pues no es lo mismo ser un poquito ex, que tener cuerpo y medio fuera. Y esto lo sabe incluso mi propia máquina de escribir, a veces tan cansada de mis frecuentes reiteraciones, de mis imborrables obsesiones, de mi facundia, y de la parvedad de mi vena literaria, que ya harta se comporta como escudo auto-protector frente a mis propios misiles, y ni quiera les da curso, sencillamente hace huelga de teclado. La muy infiel.

Como ex/critor no sé bien qué puedo ex/cribir para que alguien se interese por mis pálidos fiambres. Pues ¿qué hacer cuando alguien pone de relieve ante tus propias narices lo que tú mismo no habías logrado ver de ti mismo, como en la célebre ventana de Yohari?, ¿dejar de escribir?, ¿comprarte otro ordenador por si el defecto estaba en la máquina?, ¿hacerte el loco todavía un poco más?, ¿aceptar tu prepóstuma condición?

Todos somos un poco ex respecto de nosotros mismos desde el momento mismo en que advertimos nuestro propio declive; pero también lo somos respecto de los demás, obviamente: “Mi valor menguaba y menguaba bajo la catarata incesante de sus reprobaciones. Y he sentido un desvanecimiento interior, fruto de un mareo emocional. En ese instante, he captado cómo ser un exmarido, un examante, un excónyuge, un excompañero afectivo puede convertirnos en la nimiedad más perfecta e incontrovertible. No, no se puede ser menos que siendo alguna de estas cosas. Y eso es justamente lo que soy yo, ahora, para ella; eso y nada más que eso. La pervivencia de mi cuerpo, de mi presencia física a su vera representa un mero y espurio accidente, una circunstancia irrelevante y anecdótica”. Qué bien descrito y qué bien escrito, te has merecido el primer premio Gravitaciones de novela corta 2021 entre las doscientas otras que se presentaron al concurso.

Pero una novela da para mucho. Ahora tendrás que escribir otra novela para matizar la anterior contando cómo vas reconstruyendo ese picor, esa psoriasis, esa lepra caediza de tu piel, pues de lo contrario pronto morirías. Para poder contarlo, tú mismo te has aplicado perfectamente el recetario: “Al llegar a casa estuve un rato, como acostumbro en casos parecidos, investigando en internet acerca de la palabra clave de aquel encuentro. Me llenó de desazón comprobar que ya su raíz griega, psora, significa precisamente ‘picor’, ‘sarna’. Supe, entonces, que me habían convertido, de este modo, en una especie de ‘ex sarnoso’. Pero esto no por haber dejado de ser víctima de los picores, sino, al contario, por gozar del cuestionable honor de reunir en mi persona estas dos tan poco envidiables cualidades. ¡Bienvenido –me saludé, cáustico, al apagar el ordenador- al exclusivo y selecto club de los sarnosos ex!”.

¡Bingo! ¡Bartleby el escribiente! ¡Kafka! También yo estoy a punto de cerrar el ordenador y concluir los inéditos. También a mí me urtican las realidades no sólo ajenas, sino también la propia. También yo me sé perteneciente a tu círculo, no tan selecto, pues vivir es –y así va el mundo-picar o ser picado. Sólo deseo, maestro, que pese a todo demuestres tu elegancia: que devuelvas bálsamo allí donde más te duele(n). De lo contrario, no escribas más, ya está. Deja en paz a tu máquina de signos, abandónala cubierta de polvo del salón en el ángulo oscuro.

Pero no, no lo hagas. Cada libro nuevo descorazona al anterior al que mejora, y es descorazonado por el posterior que le mejora a él. Eso es en última determinación el dolor de la creatividad realista. Beethoven estaba casi ciego y sordo cuando escribió la Oda a la alegría. Así que adelante, no dejes el teclado, al fin y al cabo la nuestra no es más que una decalvación casposa con un poco de brillantina. Buen ex libris para mí mismo: decalvación casposa.

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