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TRIBUNA

Un esfuerzo de años para ser personal

viernes 21 de octubre de 2022, 19:40h

Nacido en 1573, en el seno de una familia lombarda de Caravaggio (de donde el nombre con que es conocido), Michelangelo Merisi aprendió de niño los rudimentos de la pintura, mientras ayudaba a mezclar el yeso de los frescos. Murió en 1610, en medio de un gran infortunio, y permanecería en el olvido casi cuatro siglos. Al profesor y excepcional crítico de arte Roberto Longhi se le debe en gran medida su recuperación como figura imprescindible de la pintura. Un artista ‘abandonado, escondido y casi sin patrones’ que buscaba el instante y que fue precursor de la fotografía, embrión del cine.

Pasolini reconoció su deuda con Caravaggio y con Longhi; las clases de éste le hicieron descubrir el significado más hondo e intenso del pintor, y fomentaron su pasión por el cine. Para el autor de Mamma Roma, Merisi inventó un mundo que poner frente al caballete en su taller e introdujo una nueva luz, cotidiana y dramática; tanto los nuevos tipos de personas y de cosas como el nuevo tipo de luz, los expresó porque los había visto en la realidad. Aportó un diafragma con una luminosidad artificial que distanciaba a los espectadores de los personajes de sus cuadros.

Por su parte, Martin Scorsese quedó impresionado por el poder de las imágenes de Caravaggio. Hablando de sus obras La conversión de san Pablo y Judith decapitando a Holofornes, dijo que eran como un montaje cinematográfico moderno: “Hubiera sido un magnífico cineasta, no cabe la menor duda. Y yo pensé que podía usar eso también…”.

Se acaba de publicar por primera vez en español el magistral ensayo Caravaggio (Elba), de Longhi, donde se asiste al inmenso recorrido mental del artista: “un esfuerzo de años, escrutando el aspecto de la luz y de la sombra incidentales”. Si el Renacimiento trajo el descubrimiento de la perspectiva, Caravaggio dejó en sus obras evidencia de la repercusión del uso de la luz: una luz mágica, no natural, como forma de encantamiento. Fue un modo de expresarse inusual, donde cada una de sus nuevas tentativas creaba controversias y era descalificada como provocadora e indecorosa por el establishment artístico. De este modo, la irritación de los pintores académicos se hizo manifiesta y palpable.

Roberto Longhi escribe que “en arte, toda nueva verdad personal constituye un nuevo descubrimiento que los ídolos artistas precedentes trataban de excluir”; marcar y aislar. Caravaggio, destaca Longhi, fue un genio precursor de la pintura futura que, torturado e intrépido, tenía una capacidad de crecimiento sin fin. Para poder ir al fondo de las cosas debía prescindir de lo que se dijera de él, y asumir el conflicto en el que se veía envuelto. Su carácter parece que era irascible, intenso y extravagante. La vida era para él un drama.

En el prólogo de este libro, Artur Ramon ve al pintor como el más moderno de los maestros antiguos y el que mejor conecta con nuestra sensibilidad. Se dijo que sus primeros cuadros eran retratos suyos en el espejo, y se escribió que era de tez oscura y tenía los ojos negros, negras las cejas y el cabello.

Sin entrar en las vicisitudes de su vida y de sus obras perdidas, pasó años en Roma (donde el cardenal Francesco Maria Del Monte fue su mecenas), Sicilia, Nápoles y Malta. Murió el 18 de julio de 1610, en la Toscana, indigente y víctima de la malaria. Se le dio sepultura en algún lugar de Porto Ercole.

Siglos después, Roberto Longhi supo desenterrar su valor y enfocarlo con una adecuada luz mágica. Ha dejado así en nuestras manos un tesoro que suele pasar de incógnito, quizá por presentar como si tal cosa un cestillo lleno de fruta barata, donde al lado de una manzana sana no falta la agusanada.

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