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TRIBUNA

De planetas y poetas

Javier Vayá Albert
viernes 21 de octubre de 2022, 19:41h

Cuando le comentas a alguien ajeno a la literatura que te dedicas a escribir y que tienes varios libros publicados suele mostrar sorpresa. Te contempla entre la admiración y la sospecha hasta que le aclaras que escribes poesía, entonces todo cuadra y una sombra de decepción tizna su cara. Cuando le dices a la gente que eres escritor te imaginan acudiendo con traje de etiqueta a la entrega de premios de anoche, aplaudiendo con elegante ebriedad y ensayada efusividad el amaño de cada año. De hecho un escritor que quiera ser publicado por alguna de las grandes corporaciones que dirigen el cotarro no debería estar escribiendo estas cosas. Dices aquello de poeta y a quien te escucha le acuden vagamente nombres aprendidos en el colegio: Gustavo Adolfo Béquer o Antonio Machado. Quizá con suerte conozca a Luis García Montero porque sale mucho en la tele. O si ese alguien es joven cite a un superventas con frases de sobre de azúcar y una arroba delante de su mote. La mayoría conoce el planeta, pero no los satélites.

La gran noche de las letras no tuvo lugar anoche día 15 de octubre en una macrogala en Barcelona, si no en miles de pequeños rincones desparramados por el país. Tuvo lugar, como cada noche, en pequeños locales, en garitos en Valencia, en Malasaña, en Valladolid, en Gijón, Murcia o León. Cada noche poetas de anonimato y realidad vierten sus versos de vino y abrazo en alguna esquina de su barrio, su ciudad o su pueblo. Cada noche sin foco alguien garabatea fantasmas de tinta o aporrea su teclado dando forma a novelas que jamás promocionará la presentadora de informativos ni el suplemento cultural (sic) de la misma casa. Cada noche alguien muestra su sueño encuadernado en una pequeña librería de barrio que ni siquiera se ha llenado. Una pequeña librería malherida por flechas amazonas cuyo lugar ocupe probablemente en pocos meses un nuevo Starbucks. Un sueño encuadernado por una editorial gestionada por una sola persona que verá aniquilada su startup (argh) cuando el planeta gigante pague para que solo sus libros ocupen los estantes.

Cada noche alguien regresa a casa con las manos despojadas de premios ni tan siquiera de consolación. Contento si al menos el local le ha pagado una copa o ha conseguido vender un ejemplar. Se acuesta maldiciendo la hora porque mañana ineludiblemente tendrá que madrugar para acudir a su trabajo de verdad. Se mete en la cama sabiendo que mañana los informativos y los periódicos de la casa no abrirán con su nombre. Tal vez cuando se mueran alguien comparta con cariño una muestra de su obra en una red social. No se quejan, continúan, escriben, no quieren que parezca que les mueve la ingratitud o la envidia. En el fondo lo entienden; su poesía y su prosa de honestidad, denuncia y entraña no gusta (eso dicen sus dueños) a la mayoría de los habitantes del planeta. Ignoran quienes solo se sirven de la palabra escrita para el mercantilismo y el negocio algo fundamental. La literatura (la de verdad) solo puede ser extraterrestre. La poesía es universal (no uni-versal) y alienígena. Unos pocos seres camuflados entre nosotros la defienden.

La verdad está ahí fuera.

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