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TRIBUNA

Cambio y continuidad: el PSOE gobernando en 1982

Juan José Laborda
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domingo 23 de octubre de 2022, 18:45h

Hace ahora 40 años el PSOE ganaba las elecciones con 202 diputados. Felipe González (1942) formaba el primer gobierno íntegramente socialista de nuestra historia, y teniendo en cuenta que se trata del segundo partido socialista más antiguo de Europa, el triunfo del PSOE en octubre de 1982 tuvo los signos de un acontecimiento transcendental: el cambio, eslogan de aquellas elecciones, efectivamente, indicaba que el partido socialista se ofrecía a cambiar lo peor del pasado contemporáneo de España.

El propio Felipe González, esta semana, ha resumido lo que hizo su gobierno: “El sistema nacional de salud, uno de los pilares del Estado del bienestar, se creó en ese periodo de gobierno, o la educación pública gratuita hasta los 16 años”.

Esa síntesis de esos nuevos derechos, indicaba la homologación de España con la Europa democrática (todavía había una Europa en la órbita ruso-soviética, en la que se encarcelaba a los que defendían elecciones libres), y lo que Felipe González argumentaba estos días era que ese Estado del bienestar, característico de las democracias liberales o representativas de Europa, había sido posible, en última instancia, gracias a que los militares dejaban de tener poder político, y se dedicaban sólo a defender la integridad nacional y las libertades constitucionales. El Estado de bienestar era la contrapartida necesaria del Estado de Derecho.

La tarea del gobierno socialista de Felipe González consistió en europeizar España. Entre 1982 y 1986, su gobierno, primero, logró el ingreso de España en las Comunidades Europeas (el antecedente de la Europa Unida), y en un segundo tiempo, rectificando en un dramático referéndum, el gobierno socialista asumió la permanencia de España en la OTAN, con todas las consecuencias de la defensa de las instituciones del mundo libre, contrario al entonces bloque de países que obedecían los mandatos del comunismo de Moscú.

Pasadas cuatro décadas, existe ahora un mayoritario balance positivo del profundo cambio promovido por el PSOE del Gobierno de Felipe González, aunque en aquellos días la oposición conservadora estuvo en contra de casi todo, y las fuerzas a la izquierda de los socialistas, ahora en coalición gubernamental, siguen estando distantes o en contra de aquella política, debido a su incompatibilidad ideológica con el carácter europeo, atlantista, reformista y socialdemocrático de aquel PSOE.

¿Es posible hacer un juicio histórico de lo que supuso el gobierno socialista de Felipe González? Ha transcurrido el suficiente tiempo para ello, y sobre todo, perteneció a una época que terminó definitivamente. Muchas veces he argumentado que hoy vivimos en una época tan nueva que carece de nombre, pues la edad contemporánea, la que empezó con las revoluciones norteamericana y francesa del siglo XVIII, se extinguió a partir del colapso de la Union Soviética, entre 1989 y 1991; la guerra y la Rusia de Putin es consecuencia del fracaso absoluto de la revolución bolchevique de 1917.

Como escribió Santos Juliá (1940-2019), en su agudo ensayo Elogio de Historia en tiempo de Memoria (2011), las memorias históricas, específicamente cuando se justifican con leyes o conmemoraciones políticas, son la negación de la verdad histórica, pues se trata de petrificar el pasado, para así sostener una versión que se basa canónicamente en una opinión, una doctrina o una creencia; por el contrario, la historia es verdaderamente científica, si está permanentemente abierta a nuevos hechos e interpretaciones.

Así pues, analizar objetivamente o científicamente la etapa del gobierno socialista de Felipe González, pienso que tiene que hacerse conociendo, además, la historia de las generaciones y de los años anteriores.

Los logros de aquel gobierno socialista de 1982 a 1986, desde el ingreso en las Comunidades Europeas, hasta la reconversión industrial, que permitió posteriormente a la economía española competir exportando mercancías y servicios por todo el mundo, ¿fueron méritos exclusivos del gobierno de Felipe González?

Mi respuesta contiene matices, no puedo afirmar sí y no, pues como cualquier análisis científico, la verdad histórica nunca es absoluta, y siempre está condicionada a nuevos descubrimientos.

Para saber a qué estoy refiriéndome en estas líneas anteriores, difíciles de seguir por su abstrusa abstracción, me refiero a Alexis de Tocqueville (1805-1858), un intelectual aristócrata y liberal, cuyos más famosos libros, La democracia en América (1840), y El Antiguo Régimen y la Revolución (1856), están sirviendo hoy en día para entender nuestro tiempo, ese tiempo que aún carece de nombre.

En efecto, cuando Tocqueville escribe su El Antiguo Régimen, todos los autores, revolucionarios y tradicionalistas, en lo único que coincidían era que la Revolución Francesa había sido un corte radical con el pasado de Francia. Pues bien, Tocqueville demuestra que el Estado erigido por la Revolución, y por Napoleón, fue la culminación de un proceso político que empieza con los reyes absolutos, destacadamente con Luis XIV(1638-1715), el primer campeón de la centralización y del despotismo, y cuyo más conspicuo heredero llegaría a ser Robespierre(1758-1794).

Leer a Tocqueville es una cura intelectual al adanismo que se ha extendido actualmente por la política y la cultura. Volviendo al gobierno socialista de Felipe González, ¿hubiera sido posible que España ingresase en las Comunidades Europeas, el 12 de Junio de 1985, si su gobierno hubiese ignorado lo realizado en Europa por ministros como Alberto Ullastres(1914-2001), Fernando Castiella (1907-1976), o su discípulo, Marcelino Oreja (1936)? Esta pregunta conduce directamente al consenso de la Transición: fue un acuerdo entre los rupturistas antifranquistas y los reformistas que procedían del Estado franquista.

Y finalmente, Tocqueville nos plantea una gran pregunta: ¿la historia está determinada? Un destacado historiador, François Furet (1927-1997), estudiando la obra de Tocqueville, está de acuerdo con que la Revolución culminó la centralización de Luis XIV; sin embargo, señala que Robespierre exacerbó el centralismo, porque de esa manera destruyó a sus rivales girondinos y federalistas, con la ayuda de un joven oficial de artillería, Napoleón Bonaparte. La Revolución pudo haber alumbrado un federalismo, como el de los revolucionarios americanos, en lugar de un centralismo, siempre amenazador.

Aquí, la Transición pudo haber sido muy diferente. Si Adolfo Suárez (1932-2014), en lugar de pactar con los partidos que exigían redactar una Constitución plenamente democrática, lo hubiese hecho con Alianza Popular, logrando así una mayoría absoluta en las dos Cámaras constituyentes, habríamos tenido una Constitución sin consenso; muy probablemente, se hubiera demorado nuestro ingreso en Europa, no hubiera habido una alternancia gubernamental, con la paz y normalidad que España contempló con el gobierno del PSOE en 1982.

La historia no está escrita, y por eso es clave que la política se haga con inteligencia y prudencia.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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