Una querencia tengo por tu acento / una apetencia por tu compañía / y una dolencia de melancolía / por la ausencia del aire de tu viento… Así dice esta entrañable cuarteta de un soneto de Miguel Hernández, que evocarla me hace palpitar el corazón en este retorno a la querida Madrid. Nunca pensé alejarme por tanto tiempo de esta ciudad, que siento tan mía como Buenos Aires; la implacable pandemia no me permitió viajar, pero aquí estoy de nuevo desandando distancias como diría don Atahualpa Yupanqui.
Mucho turismo, demasiado; pero, como siempre, Madrid se destaca por ser uno de los grandes centros culturales de Europa. No bien llego, mi amigo Tomás Paredes me invita a ver una monumental exposición de pinturas de Álvaro Delgado, que se exhiben en la Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando. Tomás, que fue amigo de Delgado y uno de los estudiosos de su obra, es el curador y ha sido el encargado de reunir los retratos más significativos realizados por el pintor a lo largo de su vida.
Como Velázquez, como Goya, como Zuluaga, los retratos del maestro Delgado son a la vez una forma exterior del retratado y una captación del alma, esa expresión inmaterial e indefinible, pero tan evidente y rotunda que otorga su verdadero carácter a cada ser humano. La materia es común, el alma no, y es ella la que nos distingue a unos de otros. Por lo tanto, la captación de ese fluido misterioso que irradia de los rostros es más que la simple ordenación de formas y rasgos exteriores, es la vibración arcana de la carne representada en el objeto esencial del retrato de artista, otorgando su auténtica presencia al retratado. He dicho alma y no psiquis; no solo porque es más poética la palabra sino porque el alma esconde el verdadero enigma de toda personalidad. El alma no es la simple forma peculiar de una imagen, o su fisonomía, es el fondo que emerge a la superficie y determina quienes somos adentro y fuera de nosotros. Indagar en esa dirección es descubrir la esencia y lo que constituye el fin estético del pintor de retratos. Todo lo demás será dado por añadidura. El talento en el manejo de la forma y el color son la resultante de la entrega al noble oficio de la pintura.
Pero Álvaro Delgado no fue solo un retratista, sino además un artista completo y sorprendente, un dibujante y pintor que incursionó en todas las formas del arte. La exposición muestra también paisajes y otras vertientes de su universo plástico que lo ubica entre los grandes coloristas contemporáneos con una libertad envidiable. Esa solidez plástica conmueve y sorprende al espectador en cada una de sus obras.
A pocas cuadras, en el Instituto Cervantes, hay otra imperdible exhibición dedicada al escritor Ramón José Sender Garcés, conocido en el mundo literario como Ramón J. Sender, un artista de la palabra, que es justo se lo empiece a reconocer como corresponde. Sus novelas Míster Witt en el cantón, Réquiem por un campesino español y Crónica del alba, fueron muy leídas en España y casi nada en Hispanoamérica; también se conoce su dramática vida, ya que durante la Guerra Civil, fue fusilada su primera esposa Amparo Barayón (militante y feminista) y su hermano Manuel Sender.
Tras sufrir la dura persecución de la dictadura de Franco y pasar por un campo de concentración, Ramón llegó en 1939 a Nueva York con sus dos hijos, que fueron confiados a un matrimonio amigo. Se marchó solo a México, donde fundó y dirigió Ediciones Quetzal, que publicó varias novelas suyas. En 1942 volvió a Estados Unidos con una beca Guggenheim. Primero estuvo en Santa Fe (Nuevo México) y colaboró en un proyecto de investigación hispano-interamericana de la Universidad de Nuevo México en Las Vegas. El 12 de agosto de 1943 se casó de nuevo y tuvo otros dos hijos. Ese mismo año lo nombraron miembro correspondiente de la Hispanic Society of America. Durante el curso académico 1943-1944 dio clases en las universidades de Denver, Colorado, y Harvard, y en 1945 enseñó literatura española en el Amherst College de Massachusetts. Los dos años siguientes los pasó en Nueva York con sus hijos.
Durante su estancia en los Estados Unidos padeció entre 1950 y 1954 la caza de brujas con la que el senador ultraconservador Joseph McCarthy quiso “limpiar de rojos” el país. Ramón J. Sender se vio forzado a firmar un furibundo manifiesto anticomunista para no perder su empleo en la Universidad de San Diego. En esta etapa su producción literaria aumentó considerablemente. Convertido en apolítico para no ser depurado por McCarthy, regresó a España cuando le concedieron el Premio Planeta por su libro En la vida de Ignacio Morell (1969). En mayo de 1974, una vez que se levantó la prohibición a sus obras, volvió de visita y declaró su intención de establecerse en su país natal.
Sobre esta última época de su vida es reveladora la activa correspondencia que intercambió con la escritora Carmen Laforet, a quien conoció cuando ella viajó a los Estados Unidos en 1965; ahí se testimonia la grandeza y generosidad de Sender y su difícil o imposible acomodamiento a la realidad de la vejez. Varias de esas cartas se pueden ver en las vitrinas del Instituto Cervantes, donde además se destacan dibujos y pinturas que muestran otra de las facetas artísticas de Ramón J. Sender.
En 1980 solicitó desde San Diego recuperar la nacionalidad española y renunciar a la nacionalidad estadounidense. Murió dos años después en Estados Unidos, el 16 de enero de 1982.
También en la sala de conferencias del Instituto Cervantes, la Cátedra Vargas Llosa, en colaboración con Penguin Random House, ofrecerá un debate en torno a la novela Morir lo necesario, de mi compatriota, el poeta Alejandro Guillermo Roemmers, una obra que nos sumerge en un mundo de exploración lúcida e íntima sobre la amistad, los vínculos familiares y el amor, que sirven como base de un misterio inteligentemente construido. Este acto contará con la presencia de Raúl Tola, director de la Cátedra Vargas Llosa, Pilar Reyes directora editorial de Alfaguara, Juan Cruz, escritor y periodista, y con la presencia del autor que debatirá sobre su obra. La fecha es este lunes 24, a las 19 horas.