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Ensayo

David Van Reybrouck: Revolución

domingo 23 de octubre de 2022, 22:04h
David Van Reybrouck: Revolución

Traducción de Catalina María Ginard Feron. Taurus. Barcelona, 2022. 673 páginas. 25,90 €. Libro electrónico: 10, 99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En Revolución. Indonesia y el nacimiento del mundo moderno, David Van Reybrouck nos presenta una obra en la que aborda el surgimiento de la citada nación, no sin antes poner en relación su pasado inmediato con el presente. En este sentido, como nexo alude a una suerte de olvido de la importancia geopolítica y geoeconómica de este país, enumerando algunos rasgos que certifican la trascendencia que debería tener (fortaleza comercial, extensión territorial, existencia de más 700 lenguas en su interior, riqueza étnica y tamaño de su población, en particular la musulmana). Por tanto, su protagonismo no debería asociarse solo a atentados terroristas perpetrados en el interior de sus fronteras (por ejemplo, Bali 2002).

El autor combina un excelente conocimiento de la historia de Indonesia con una aportación propia que enriquece notablemente el contenido del libro. En efecto, en un exhaustivo trabajo de campo, realiza entrevistas a supervivientes del periodo cronológico que abarca la obra. Todos ellos ofrecen relatos vivenciales sobre cuestiones fundamentales, tales como la etapa de dominio holandés, la ocupación realizada por Japón durante la Segunda Guerra Mundial o la violencia desatada hasta conseguir la independencia, empresa esta última en la que la juventud desempeñó un rol crucial. De hecho, a día de hoy, los indonesios siguen venerando su liberación y su constitución como Estado soberano.

Con relación a la parte más estrictamente histórica, Van Reybrouck explica cómo fue la expansión holandesa entre 1605 y 1914, fecha en la que certificó su dominio. Esta “gesta” provocó como consecuencia automática el incremento del orgullo nacional del “país de los tulipanes”. Al respecto, recordemos que nos encontramos en un momento en que Reino Unido y Francia controlaban la mayor parte de Asia, si bien dos naciones de nacimiento reciente disfrutaban de una presencia notable (Estados Unidos y Alemania). A esta carrera imperialista se sumó otro invitado: Japón.

La independencia de Indonesia en ningún caso fue pacífica, argumento que permea a lo largo de la obra; además, algunos aspectos de la dominación colonial de Holanda poco tienen que ver con el normal funcionamiento de un Estado de Derecho. A modo de ejemplo, las diferencias basadas en la raza generaban repercusiones jurídicas, de tal manera que “los europeos eran enjuiciados en causas civiles de acuerdo con el derecho neerlandés (…) los nativos y los orientales extranjeros podían ser recluidos en prisión preventiva sin ningún tipo de proceso; en cambio, los europeos y asimilados no” (p. 87). Esta anomalía también se tradujo en diferencias evidentes en los salarios y en el acceso a empleos en la función pública. Así, en la actualidad prevalece entre la población indonesia una identificación del holandés con la figura del expoliador.

Conforme avanzamos en la lectura de la obra, un personaje clave ocupa más espacio. Se trata de Sukarno, cuyo nacionalismo combativo se apreció en los años veinte y treinta de la pasada centuria. Ya en esos momentos sobresalió en él un rasgo de su personalidad política: una capacidad de oratoria que atrapaba a las masas. Sus diatribas contra Holanda le llevaron a la cárcel, siendo liberado cuando se produjo la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial: “Todo su compromiso político estaba marcado por una única misión: conseguir la independencia de Indonesia. Para alcanzar ese ideal estuvo dispuesto a hacer generosas concesiones al invasor, sobre todo si este procedía de un país al que él admiraba, porque nunca había sido colonizado y aun así era moderno y próspero” (p. 260).

En esta trayectoria hasta convertirse en un Estado soberano en 1949, el sufrimiento de la población marcó el devenir de sus habitantes (4 millones de víctimas). En efecto, tras 1945, la internacionalización del conflicto mostró un comportamiento por parte de Holanda contrario a los parámetros del Derecho Internacional, orientado a no perder su antigua “posesión”. Por su parte, los pemuda tampoco respetaron a la población indo-holandesa, contradiciendo las órdenes de Sukarno. Asimismo, de máxima relevancia en esta etapa fue la interactuación de varios actores, cada uno de ellos con agendas distintas (los nacionalistas indonesios, los holandeses, los británicos y los norteamericanos y Naciones Unidas), sin perder de vista que el frente diplomático “se complementaba” con otro de tipo militar en el que la violencia no fue precisamente marginal.

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