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TRIBUNA

Existes, luego soy

lunes 24 de octubre de 2022, 19:40h

Que el asombro está en el origen del conocimiento es algo que está grabado en nuestro acervo genético. Y así lo continúan asimilando nuestros estudiantes de los textos clásicos de Platón y Aristóteles, cuando admirados ante los fenómenos naturales más comunes, como el fluir de los ríos, los cambios de la Luna y los relativos al Sol, acaban convenciéndose de que la pregunta es por el sentido de las estrellas y la generación del universo. En el origen está el Origen, del que, como enseñó la escuela eleática, sabemos al menos que es. Sin embargo, si nos detenemos y lo pensamos mejor, observamos que el asombro es ya una actitud vital, resultado de una querencia hacia el conocimiento: porque queremos tocar el ser nos asombramos de que el mundo sea. Y no olvidemos que hay quienes se encuentran viviendo sin desear conocer. Apenas unas migas de pan y una columna que habitar han bastado para soportar la existencia de tantos eremitas durante siglos.

Más bien, lo que nos descubre el asombro es que la admiración no es lo primero. Quien ad-mira es porque primero necesita mirar, para luego contar lo que ha mirado, y contarlo al otro, al igual. En la perplejidad nacen los puentes y las tiendas, eso que todos llevamos dentro. Fue el dios Eros quien nos vinculó al prójimo y nos aisló de la nada. Nos acercamos al otro para reclamar su atención, y continuar en él. La filosofía, como la poesía, y muy posiblemente la ciencia, son puente hacia el otro. Se dice, se piensa y se canta, para aproximar y sentirse más próximo del otro. Me hago más próximo contándote lo que sé, haciendo que me escuches y continúes mi historia hasta el final. Me hago más próximo porque me he presentado como maestro y tengo que contarte una historia. ¿No es entonces la filosofía una forma refinada de sociabilidad? ¿Campaña a la intemperie? ¿Aliento de otredad?

Contaba Descartes en los albores de la modernidad que lo primero es el yo, con su cogito ergo sum, cuando habría que completar la historia diciendo que lo que proclama Descartes lo cuenta al otro, y que por tanto este es anterior al yo. Habría que reconvertir la fórmula en «existes, luego soy». La filosofía, si algo tiene, con sus tratados acerca del absurdo, el origen y la admiración, es una llamada implorante al otro, de quien necesitamos que esté cerca para ser escuchados. Como dijo una vez el poeta Jean Paul, los libros son voluminosas cartas para los amigos, de las que Sloterdijk interpretó que constituyen la esencia del humanismo fundador de amistades. El filósofo es amante de la verdad, pero al mismo tiempo hace amigos de la verdad, y por ello no sólo elabora discursos sobre el amor y el conocimiento, sino que mueve a otros hacia él. Así, si en el origen está el otro, no deberíamos descuidar ese hilo de erotismo que nos vincula imperiosamente a él, sino todo lo contrario, tratar de cuidarlo, protegerlo, alimentarlo, y ello especialmente ante la fuente de inhumanidad que amenaza nuestro horizonte. Quizá, después de todo, la pregunta primera de la filosofía no sea qué soy, sino por qué necesito decirte que soy.

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