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TRIBUNA

El ausente

domingo 30 de octubre de 2022, 20:04h
Actualizado el: 30/10/2022 21:43h

No estuvo Alfonso Guerra en la fiesta que el sanchismo organizó para apoderarse del histórico triunfo socialista en las elecciones de octubre de 1982. Sánchez no vivió aquellos intensos días, tan solo los conoce de oídas, pero como advenedizo, ha pretendido rememorarlos y, como siempre hace, con afán de protagonismo.

La Andalucía de hoy no es, afortunadamente, la de hace cuarenta años. El PSOE es un partido venido a menos, en la oposición a la derecha y que no goza de buena prensa. Aquella rebosante alegría de muchos andaluces, aquél apasionante y bullicioso ambiente político y social, aún bajo la inercia del impulso de la Transición, ha tornado en extravío y desencanto, afectando a todas las agrupaciones socialistas en España. El socialismo español anda sumido en la decepción. A las desviaciones patológicas de la democracia española durante la permanencia de los socialistas en el poder, intervencionismo estatal, excesiva presión fiscal, ineficiencia económica con elevados índices de desempleo…, se suma la corrupción, que resulta paradigmática, precisamente, en Andalucía, primero con el PER, que permitía un voto cautivo y comprado, más tarde con los ERE, corrupción en serie y en cantidades industriales, sin olvidar a Flick, Filesa, Malesa y Time-Export… ni a la trama de los GAL. Sin embargo, la mayor lacra del socialismo hoy es tener un secretario general que por amarrar el Gobierno se echa en brazos de comunistas y de quienes jalean el terrorismo de ETA y desestabilizan el orden constitucional mediante una sedición, a la que el mismo sanchismo se ha prestado a rebajar penalmente para pagar “sus” hipotecas.

Atrás quedó aquella atmósfera de ilusión por el cambio y por el progreso, por la reconciliación y la concordia, que parecía envolver la victoria de los comicios de 1982. Nada queda hoy de aquél PSOE que puso su decidido empeño en acabar con el drama de la España crispada y dividida, de los dos bandos, del cainismo como atributo nacional. Aunque para ello tuviera que enfrascarse en negociaciones con el Gobierno de Arias Navarro a fin de lograr una transición pactada entre el franquismo moderado y no intransigente y la oposición socialista, que terminaría aceptando la Corona y renunciando a su republicanismo, así como a una posible coalición con los comunistas. Una vez más, la historia avanza a base de sacrificios de muchos y esperanzas de todos. Así fue la Transición. Y es que ni todos los franquistas eran unos malvados intolerantes, ni todos los demócratas fueron y son excelentes ciudadanos. Anda por ahí mucho progresista de salón que sigue prefiriendo una libertad vigilada por guardianes, no franquistas, pero guardianes y manipuladores al fin y al cabo.

Ante semejante falta de honestidad, el resultado es la abstención y la inhibición de muchos socialistas honrados ahondando así en el distanciamiento entre ellos y el partido. Alfonso Guerra es un claro ejemplo de ellos. Quien dijo que estaba de oyente en el Gobierno, pasa ahora a estar “ausente” en un PSOE cada vez más desaparecido.

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