Por fin caía la lluvia en Madrid. Después de interminables semanas de secano y de temperaturas más propias del veraneo, en la tarde de aquel jueves 20 de octubre se oscurecía el ambiente, descendían los grados Celsius y se materializaban las primeras gotas en la capital. En la céntrica plaza de las Salesas, vigilada por el busto de Rousseau —personaje que armoniza en aquel escenario lo mismo que un Cristo con dos pistolas—, tenía lugar un acto literario a las siete de la tarde. Bueno, más bien dentro de uno de sus edificios —de no ser así, no habría sido posible— y, para ser más exactos, en su sótano, habilitado para actos culturales. En el número once se alza la que el protagonista de la tarde vino a denominar como “la mejor librería de Madrid”: la emblemática Antonio Machado. En ella recalamos algunos amigos del escritor Alfonso de Lucas Buñuel, que presentaba su segundo libro de textos no exactamente de ficción, como después apuntaremos.
Leonardo Buñuel, indiano y otros relatos resulta una compilación inaudita de historias que sorprenden y revelan a un autor con pulso firme y voz única. Previamente, Alfonso de Lucas ya había dado muestras de su talento como “plumífero” con otro compendio de historias titulado Ira y temple (2019). No obstante, aunque su literatura descubre a un extraordinario escritor —y, claro está, a un hombre culto devorador de libros— Alfonso posee un currículum más vasto y variopinto: filólogo hispánico, profesor de Lengua y Literatura Española y músico amante del jazz —lo que le llevó como contrabajista a participar en grupos experimentales como Jarka, fundado en 1971 junto con su buen amigo Jordi Sabatés (o “Jorge”, como él le llamaba cariñosamente)—, también se ha sentido atraído por el cine, realizando algunas piezas fílmicas como Caminemos (2011) y participando en otras —Buñuel, un cineasta surrealista (Javier Espada, 2021)—. Sobrino del genial Luis Buñuel —su apellido le delata— e hijo del escenógrafo cinematográfico Alfonso de Lucas Soriano —aquí también incluso el nombre sirve de pista—, Alfonso dispuso de referencias culturales magníficas para desarrollar el caldo de cultivo idóneo de su sensibilidad estética.
Tal vez la semilla originaria de este talento la portara su abuelo, aquel que da título a su presente libro y a quien puso voz en el citado film de Espada. Y es que, a pesar de ese pasado oscuro como indiano —el que le permitió hacer fortuna como comerciante, alineándose con los distintos actores del conflicto entre España y Cuba a finales del s. XIX—, Leonardo parecía albergar dentro de sí ciertas inquietudes progresistas y artísticas. Fueron éstas las que le hicieron producir y atesorar diferentes fotografías estereoscópicas. Realizadas en su Calanda natal, se caracterizan por unas temáticas y estilo adelantados a su tiempo. Estudiadas por Alfonso de Lucas e incluidas en el libro, darán como resultado una interesante tesis: la “distancia” en esa “mirada” que las hizo posibles, “ese extrañamiento de la realidad”, rompe “los patrones burgueses” y denota un espíritu iconoclasta en el patriarca, siendo seguramente el que alentó la forma de ser de sus hijos —en especial la de Luis como cineasta y la de Alfonso como creador de collages surrealistas—.
Junto al relato que lleva por título el del libro —el último de los siete—, figuran otros igualmente valiosos. Y, como decíamos anteriormente, la ficción que hay en ellos es prácticamente nula, pues en su mayoría son resultado de hechos reales. Aquí Alfonso actúa de “rapsoda”, haciendo uso de una memoria prodigiosa para recopilar hechos vividos por personajes a los que conoció o de los que le hablaron personas que los conocieron, dentro o fuera del ámbito familiar: parientes, amigos o simplemente figuras que protagonizaron situaciones insólitas aunque verídicas. A casi todos les cambiará de nombre, aunque sepamos de quién se trata. Es el caso de su hermano, protagonista del primer texto en cuyo título resuenan ecos borgianos y felinos: Las siete vidas de Martín Lacasta. Un hombre que pasa de dilapidar su herencia a hacerse legionario, para después ingresar en una congregación religiosa y, a renglón seguido, hacerse playboy y sumergirse como bon vivant en la atmósfera de la Gauche divine barcelonesa. Todo ello justificado bajo los posibles rasgos de un cuadro maníaco-depresivo o psicótico no diagnosticado.
El segundo relato, Ceniza, tiene como protagonista a Max Ghertner, un productor de cine judío polaco, aunque tal vez el verdadero rol protagónico lo desempeñe el polvo grisáceo que da título a la historia, ya sea como producto de la combustión de un puro habano o de los cuerpos incinerados en Auschwitz.
Antonio, el ordenanza rememora la figura de un hombre verdaderamente castizo, caracterizado por la bonhomía y la honradez que parece salido de un sainete de Arniches y, a la vez, se encuentra dotado de una apariencia distinguida que “podría haberse escapado de cualquier galería de la nobleza centroeuropea”.
En Polonia se describe la anécdota acontecida en 1988 al único personaje que figura con su nombre real: Isidro Escuín, el “Rabalera”, quien introdujo a Alfonso en el noble arte del manejo del tambor para la “rompida” de la Hora en Calanda. En dicha ocasión, un equipo alemán de televisión llega al municipio aragonés con la intención de filmar un documental sobre “la vida cotidiana de un hijo del pueblo, así como las imágenes al frente de su cuadrilla tocando el tambor el Viernes y Sábado Santo”, y escoge a Isidro como protagonista.
El siguiente capítulo del libro, Arremetida, recrea un episodio histórico sucedido durante la ocupación francesa en España y la revuelta popular que se produce contra la misma. En concreto, cuando en Llanos de Guarromán lanzaron una docena de toros embolados contra una columna francesa que iba camino de Bailén.
Por su parte, el fragmento del volumen dedicado a Fort Sancho narra la historia de Abel, neuroquímico español residente en Portland que decide llevar un modo de vida lo más parecido al “buen salvaje” rousseauniano —anticipándose con su filosofía a lo que en el futuro se conocería como “ecologismo”— y las consecuencias que ello conllevará. El libro se cierra, como ya hemos dicho, con Leonardo Buñuel, indiano en una suerte de círculo prodigioso memorístico.
Como decimos, el propio autor estuvo presente en la presentación del propio libro. Le acompañó Pilar Eusamio Zambrana, que ejerció de idónea maestra de ceremonias. Juntos iniciaron un coloquio singular en el que Alfonso fue descrito como “caballero descabalgado” —así se dio él mismo a conocer a Pilar cuando le ofreció la posibilidad de presentar su obra en esta librería—. De algún modo, recorrieron el libro sin recorrerlo, tratando de no causar muchos spoilers aunque ofreciendo interesantes pinceladas sobre él. En una ocasión, Pilar refirió a la maestría de las descripciones, hasta el punto de que, leyéndolas, podía captarse el sonido de las voces de los personajes e, incluso, de los olores descritos. Nada más acertado pues, como en una especie de coto cerrado, penetrar en estas líneas escritas —campo léxico exteriormente e ideológico interiormente— supone sumergirse en los componentes de una época y atmósfera concretas; quienes habitan las páginas referidas no dejan de ser deudores de su tiempo, cultura y geografía. Por tanto, podemos aludir incluso a una suerte de “memoria histórica”, la que anida en su superficie y sustrato. Conocer y comprender una época a través de sus moradores anónimos supone extraer, de la uña, el león. Así, se salta de la sociología a la historiografía de un periodo que puede abarcar de la segunda mitad del s. XIX a la segunda del XX. Cien años ricos en anécdotas evocadoras que demuestran —una vez más— cómo la realidad puede superar sobradamente a la ficción. No obstante, hay que saber relatar, tener oficio de escritor para hacer con esos mimbres una buena silla literaria. Enseñar deleitando, aspiración perseguida por la ilustración y heredada del “prodesse et delectare” acuñado por Horacio en su Arte poética. Las hojas pasarán velozmente, como los postes de una carretera transitada por el más veloz y cómodo de los bólidos. “Una hora y media” calculaba su autor que duraba la lectura de su obra. Y no es para menos.