En el número 150 de la revista "Cuadernos de Encuentro” se publica el artículo “Actualidad y vigencia de un centenario”. Su autor es Manuel Parra Celaya. Alude al célebre libro de Ortega y Gasset, que apareció en 1922. Las citas que a continuación hago de Ortega las tomo del citado y oportuno artículo.
Enfatiza Parra Celaya la clarividencia de Ortega al insistir en que España estuvo unida y sin nacionalismos cuando había un ambicioso proyecto común para todos los españoles. Todos se sentían orgullosos de tomar parte en él. “La historia de toda nación […] es un vasto sistema de incorporación”. “Si nacionalización es integración, decadencia equivale a desintegración”. Esta última es “la grave enfermedad que España sufre”. Y constatamos en nuestros días que la sigue sufriendo.
La teoría de Ortega se cumplió perfectamente en España en el glorioso periodo que va desde los Reyes Católicos hasta la Paz de Westfalia, con que finalizó la Guerra de los Treinta años.
Pero la hemos vivido también nosotros en el Proyecto de Europa Unida, que empezó con la Comunidad del Carbón y el Acero y ha llegado hasta nuestros días, aunque notamos ahora los primeros frenazos. Había un proyecto común que acabó con la rivalidad entre Francia y Alemania, y hasta integró transitoriamente al Reino Unido. A ese proyecto común se adhirió con gran ilusión España.
Recuerdo que en la Aduana de Irún y en 1950, cuando se empezaba a hablar de una posible Europa unida, alguien me dijo: “llegará un día en que para pasar de España a Francia o al revés no habrá controles de policía ni de aduanas”. No le creí. Pensé que era un iluso ajeno a la realidad más obvia. Y sin embargo yo mismo, y no muchos años después, he atravesado tranquilamente esa frontera sin ser molestado por nadie. Como si se tratara de la frontera entre las provincias de Ávila y Madrid. Hemos llegado incluso a la moneda común. Nos olvidamos fácilmente de todo lo que este enorme avance ha representado y representa todavía. Ha sido posible, porque en efecto existía un proyecto común ilusionante, de acuerdo con la tesis de Ortega.
De un modo parecido, hemos vivido los españoles con ilusión el proyecto común de alcanzar una democracia respetable con la Constitución de l978. Hizo posible lo que en los años treinta era impensable. La España invertebrada había degenerado en una espantosa Guerra Civil. Y a pesar de ello y sobre ello triunfaba en 1978 la ilusión de un proyecto de pacífica vida en común. Políticos, que antes se odiaban a muerte, fueron capaces de redactar juntos un texto que hacía viable la reconciliación de todos los españoles. Se abría en efecto la posibilidad de convertirnos en una democracia respetable.
Ese proyecto de paz para todos, que miraba al futuro y quería olvidar el pasado, fue torpedeado no muchos años después por el PSOE, que nunca ha sido democrático de corazón. Quizá Besteiro haya sido la notable excepción, el único socialista verdaderamente demócrata en toda la lamentable historia del PSOE. En cambio, el
antes rabioso comunista Carrillo fue capaz de evolucionar desde Paracuellos hasta apoyar la Constitución de 1978.
Con todo, lo peor del PSOE logró imponerse en la izquierda política española. La Ley de memoria histórica de Zapatero fue determinante. La misma expresión “memoria histórica” lo dice todo. Los que siguen odiando nunca llegarán a demócratas. Y no digamos la unión de Sánchez con los partidos nacionalistas y con los terroristas de ETA y Bildu, que ni siquiera se han arrepentido ni piden perdón.
Pero a Ortega hay que concederle no sólo la lucidez y la clarividencia en la teoría sino también el realismo en la práctica. El estudio más serio, profundo y sistemático a la vez, que se ha hecho sobre Ortega es el de Agapito Maestre (“Ortega y Gasset, el Gran Maestro”, Almuzara 2019). En él encontramos este comentario. “La democracia es una forma de gobierno que respeta la soberanía del individuo, pero esa gran conquista de las masas, a juicio de Ortega, corre el riesgo de perderse, extraviarse en “democracia morbosa”, si deja de promocionar que los individuos se desarrollen y distingan unos de otros, o sea, si impide que los individuos sean más individuo, más persona” (Pág. 265).
En efecto, eso es justamente lo que está ocurriendo ante nuestros ojos desde que se aprobó la infausta Ley de memoria histórica. La Constitución de 1978 estaba inspirada por el principio de superar el horroroso pasado y mirar al prometedor porvenir. Pasemos página de la Guerra Civil y embarquémonos en la empresa común de construir un gobierno en verdad democrático, que permita integrarnos plenamente en la Unión Europea. Pero el “morbo totalitario” del PSOE, y no digamos de los comunistas actuales de Podemos y Cía, ha corrompido ese proyecto común e integrador, que hubiera superado los nacionalismos exclusivistas y hubiera conseguido poner en marcha una democracia digna de tal nombre.
Con todo, sería injusto echar la culpa sólo a los partidos de izquierdas. Tanta o más responsabilidad tuvo el “maricomplejines” Rajoy, cuando logró la mayoría absoluta prometiendo que derogaría la Ley de memoria histórica. Y luego no hizo nada. Los complejos de inferioridad de los políticos de derechas son tan perversos y letales como la necedad de las ideologías que vienen de la izquierda.
Así pues, Ortega fue ciertamente un gran maestro, como le califica Maestre, no sólo en la teoría sino también por tener los pies en el suelo. Expuso con nitidez la gran enseñanza social de que un proyecto común une a las personas, mientras que la ausencia de tal proyecto las disgrega. Pero también fue realista. Sabía que, para que esa verdadera y admirable teoría se lleve a cabo en la práctica, hacen falta gigantes, políticos honrados e inteligentes como Churchill y Adenauer. Pero hemos tenido la desgracia de que lo que abunda en nuestro país son enanos, tanto moral como intelectualmente, como han resultado ser Rajoy, Zapatero y Sánchez.
No es extraño por tanto, que el centenario del gran libro de Ortega esté pasando desapercibido. Los españoles de nuestros días tienen el gobierno que se han merecido con sus votos. Aunque queda la esperanza de que despierten del sueño en las próximas elecciones, como pronostican todas las encuestas serias. Ojalá los votantes eviten que volvamos otra vez a la funesta “España invertebrada”.