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LA BÁMBOLA

Mi corazón visto desde el espacio

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 02 de noviembre de 2022, 19:59h

Alejandro Cuevas (Valladolid, 1973) es un escritor secreto al que sus cuatro novelas hasta la fecha (Comida para perros, La vida no es un auto sacramental, La peste bucólica, Quemar las naves) han situado en el accésit al Premio Nadal, flamante Premio Ojo Crítico y otros muchos otros de relato compilados en el desopilante: Mariluz y el largo etcétera. Define lo suyo como costumbrismo más imaginación, lo que viene a ser luz y esperanza, fuego (aquí y ahora) y prospectiva. Su nueva novela ardiente nos incendia por entero: Mi corazón visto desde el espacio (Menoscuarto). Un disparo letal.

Cuevas hace radiografía de su época, de su generación, y así el libro cuenta hasta con marbete social: “Una oportuna novela sobre la generación más desaprovechada de la historia de nuestro país”. Jóvenes vencidos, jóvenes exiliados, jóvenes hartos de promesas, jóvenes pobres y titulados, jóvenes cansados, niebla y hartazgo, ese terreno donde termina la imaginación y empieza la auténtica vida. La acción discurre en “Desgracia”, una ciudad que son todas las ciudades españolas, presididas por las liquidaciones, los ceses inminentes de negocios y los ceños adustos.

Cuevas escribe, a machetazos, con todo el cuerpo. Es humor de alcantarilla, joyería del cieno, autorretrato borroso de todos los palos, jóvenes con las venas abiertas y en el mismo mantra: “Me da por pensar que, a mis años, todavía no he conseguido ni la estabilidad laboral ni el equilibrio sentimental ni ninguna de esas obsesiones que distinguen a los hombres cabales de los inadaptados y que sirven de puntales porque la existencia no se te desmorone encima. Respiro hondo. Respiro aún más hondo. Me ahogo”.

Yónatan, camarero del Prometeo, uno de los bares donde discurre la acción, lo llama “pasadomasoquismo”. Jóvenes con nómina frente a otros que cobran en un sobre arrugado y lleno de manchas, jóvenes con catorce pagas anuales frente a otros que solo cargan en la cuenta bancaria débitos de teléfono y agujeros negros, jóvenes con plan de pensiones frente a otros agarrados a un neumático en mitad del mar rodeado por tiburones. Buena gente, pese a todas las cornadas: “El orgullo es la peste más negra. Yo no te llamo porque tú no me llamas, tú no me llamas porque yo no te llamo… y así pasa el tiempo y los sentimientos caducan como esos yogures llenos de moho que a veces encuentro en un rincón de mi frigorífico”. Buena gente sin odio eterno por el otro.

Descampados, barriadas, jeringuillas, botellas rotas, zarzas, perros quemados con gasolina, desechos clínicos, ferralla, basuras, encanto podrido del gueto, vendido siempre como zona residencial. Las afueras, siempre las afueras, yonquis cargados de pústulas y planes de urbanismo con mordida. Ancianos que recorren cada noche los contenedores porque se están haciendo una armadura de chatarra. Ropa tendida, pistolas de agua que escupen chapapote, gallinas muertas por ritos vudú, robos a fin de mes para poder empezar otro mes, callejones sin salida, zonas minadas, chavales sin madurar a los que los padres se les mueren: “Si con una carrera de ingeniero te cogen temporalmente para becario encargado de los cafés, te puedes considerar muy afortunado”. ¿Y el boom del ladrillo? ¿Eh, majos?

El autor apunta desde la herida y con la letra gótica en sangre: “La gente pedía 300.000 euros para comprarse un piso, y el banco te ofrecía 350.000 euros para que, además, lo amueblaras, cambiaras de coche y te hicieras una operación de cirugía estética. Durante un tiempo la idea era que la riqueza y la belleza estaban al alcance de cualquiera”. Todos caímos del guindo: mercados bursátiles hundidos, países en bancarrota, despidos masivos, comercios cerrados, más gente rebuscando en la basura al final del día, jóvenes vestidos de saldo y sueños cada vez más baratos.

Mi corazón visto desde el espacio es un grito mudo, un puñetazo sordo. La vida de un profesor en una academia cutre, que al mismo tiempo es limpiacristales, y cree más en la boina de la contaminación de su ciudad que en la espiritual, encuentra consuelo en los videoclubs y es un yonqui de la lectura donde ésta huele a jardín zen con muchas preguntas y sin certezas: “Nos prometieron el paraíso, pero hasta ahora solo hemos visto vertederos de escombros. Nos dijeron: estudia, lábrate un futuro, invierte el tiempo en algo provechoso. Nos creímos todos los cuentos de hadas. Fuimos el patito feo que aspiraba a convertirse en cisne y acabó con el hígado hipertrofiado en una siniestra factoría de foie-gras”. Mil jóvenes abandonan Desgracia al año.

Cuevas es un basurero que tararea a Mendelssohn y repasa mentalmente las partituras mientras carece de horas muertas. Su novela es la de quienes desean volver pero no regresarán nunca. Arte de deshinchar currículos y ocultar títulos para cobrar y poder sobrevivir. Su humor es corrosivo: “Nosotros, los parias, nos quedamos con el recurso a la ironía y el sarcasmo. Ellos se quedaron con todo lo demás: los casoplones en el centro, las sinecuras, los enchufes, los pelotazos obtenidos gracias a información privilegiada, las fincas con caballos, el monitor personal de fitness, la casita en la playa y la quincena de vacaciones esquiando en la nieve”. Su padre se lo dice a lo grande: “La cultura te va a venir muy bien cuando tengas que pedir limosna en un túnel. Así redactarás carteles sin faltas de ortografía”. Glups.

Diego Medrano

Escritor

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