www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

En el mismo lodo

martes 08 de noviembre de 2022, 19:56h

Hace tiempo me repito como un mantra el título del viejo tango de Enrique Santos Discépolo. Cambalache: romería de lunáticos, frenopático de saldo, zoológico de almas torcidas, legión infame, directorio de torturadores … “el mundo es y será una porquería, ya lo sé”.

Quizás son mis ganas de retirarme, lo que empieza por esa improbable jubilación que uno va anhelando crecientemente con el pasar de los años cuando, como es mi caso, se desempeña en oficios de riesgo. Más propiamente mi intención no es sólo el retiro, sino que busco encastillarme, parapetarme, erigir una defensa inexpugnable. ¿Contra qué o contra quiénes? De entrada, contra todo y contra todos en una defensa total que, pese a las apariencias, es una defensa mínima cuando el estado actual del mundo es enteramente inasumible: totum et totaliter.

Sólo más tarde iremos viendo si es posible tender el puente para dejar entrar algo o a alguien, pero – de principio – hay que erigir la muralla definitiva, el último valladar, la gran barrera universal que detenga el despliegue global de maldad insolente.

¿Cómo levantar una muralla contra todo? Es evidente que no se trata de una cerca vertical y siniestra como una tumba. Sin intercambio con el medio habríamos logrado enterrarnos en vida. La sabiduría espiritual nos aconsejaría, frente al hermetismo, una porosidad infinita; de suerte que esas vaharadas de maldad insolente pasaran a nuestro través sin consecuencias. Sin huella alguna, sin que la pestilencia prendiera en nuestra constitución.

Ese estado de absoluta indiferencia o de paz interior (apathéia, hesiquia) se aproxima al completo desasimiento o a la heideggeriana Gelassenheit pero, habida cuenta de mis escasos progresos en la vida espiritual, tendré que consolarme con un retiro económico, una forma poco gloriosa de jubilación en la que acaso pueda restañar la herida que el “sable sin remaches” del tango ha ejecutado sobre mi comprensión del mundo.

El paciente restañar la herida exige una protección completa cuya primera condición es una comunicación real y suficiente. Habrá que rodearse de un grupo, pequeño pero absoluto, de amigos. Absoluto, es decir, personas que se encuentren en un estado análogo de desolación con consciencia de la intemperie. Personas que se hayan alejado ya lo suficiente, que se hayan adentrado en el desierto un largo trecho, desprendiéndose de los lazos y ataduras que constreñían su respiración, que han alejado de sí las miasmas y los insectos. Capaces de hablar con el corazón en el aliento, veraces pero humildes, cordiales pero firmes, sobrios pero alegres.

El punto de partida sólo puede ser la confianza en la existencia de esa escondida compañía que, acaso en este mismo momento, esté bruñendo – con su voz silenciosa – la bóveda de la comunicación, la campana vibrante y sonora en la que habite el sentido real de las palabras. Ese orden protegido y rotundo del sentido común. Rehabilitar ese espacio no es nada fácil, no hay medios técnicos para construir el firme de la condición humana. He leído estos días la asombrosa declaración de impotencia de algunos tecnólogos de la “Inteligencia Artificial” que se reconocen incapaces de diseñar una “Inteligencia Artificial General” a la que aluden, justamente, como inteligencia del sentido común. No lo sabe bien Erik J. Larson (1) pese a que sabe bien que la I.A. es uno de los grandes mitos que ruedan en ese merengue en que hoy vivimos “todos revolca’os”. Nuestro problema no es dotar a las máquinas de una inteligencia de sentido común, sino restaurarlo en las personas que el orden tecnológico ha simplificado para que encajen, justamente, con su concepto estrecho y brutal de la inteligencia.

Nos reuniremos bajo el parapeto de la comunicación real, con una fe inamovible en la verdad, y dejaremos que arraigue ese sentido común que es una razón amplia, universal, completa. Allí restableceremos el reino del matiz y la diferencia que separa al derecho del traidor, al ignorante del sabio, al generoso del estafador. Restauraremos la diferencia entre lo bueno y lo mejor. A media tarde, descansaremos y quizás escuchemos a Discépolo mientras pensamos, sin temor, en lo difícil que siempre fue vivir en el siglo: “en un mismo lodo, todos manosea’os”. En el siglo veinte, y en el veintiuno.

(1) Larson, Erik. J. El mito de la Inteligencia Artificial. Por qué las máquinas no pueden pensar como nosotros lo hacemos. Schackleton Books.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (9)    No(0)

+
0 comentarios