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TRIBUNA

Las Sinsombrero, de la Puerta del Sol al Fernán Gómez

Javier Mateo Hidalgo
jueves 17 de noviembre de 2022, 20:06h

Cuando las entrevistas del entrañable Joaquín Soler Serrano pudieron verse en color —superado ya el blanco y negro en la televisión pública española, como merecía un programa como A fondo—, pudimos contemplar en toda su plenitud a la inconmensurable Maruja Mallo. A pesar de su avanzada edad, continuaba demostrando por qué fue la proa más visible de ese barco de mujeres de vanguardia que avanzaba sin descanso para traer las nuevas tendencias europeas al arte español del siglo XX. Una Victoria de Samotracia policromada, que continuaba deslumbrando con sus destellos pictóricos. Ella misma era su mejor obra o, mejor dicho, de ella brotaba el cromatismo de sus trabajos porque ella era ese universo pictórico y fantástico.

Memoria viva de esa primera mitad de siglo, Maruja logró encarnar las innovaciones estéticas del arte nuevo, aquellas que el pensador y artista alemán Franz Roh vino a englobar dentro del concepto de “Realismo mágico” en su ensayo de 1925 Nach-expressionismus (Magischer Realismus): Probleme der neuesten europäischen Malerei —traducido en España por Fernando Vela para Revista de Occidente, ocho años después y gracias al buen hacer de José Ortega y Gasset, como Realismo mágico, post expresionismo: Problemas de la pintura europea más reciente—. Una nueva forma de analizar la realidad, minuciosa, aséptica y muy ligada al surrealismo, que finalmente se vio rendida ante las claves de la geometría de la naturaleza —la más perfecta de las artistas— a través de fórmulas como el número de oro.

Durante aquella entrevista, Maruja se refería a aquel momento histórico acaecido en la Puerta del Sol en el que, junto a otros integrantes de esa juventud transgresora como Margarita Manso, realizó un acto “performático” como desafió a los convencionalismos de ese viejo orden que entendían como “putrefacto”: quitarse el sombrero que tocaba su cabeza, logrando con ello el enfado de aquellas “gentes respetables” que les apedrearon insultándoles como si hubieran hecho —en palabras de la propia Mallo— “un descubrimiento como Copérnico o Galileo”. Parecían así trastocar el orden establecido y, ya se sabe, todos los cambios resultan difíciles de asimilar. Ya lo decía el físico Jorge Wagensberg: la ciudadanía teme cualquier novedad que pueda trastocar aquellas seguridades que les ha costado tanto interiorizar y que configuran su presente.

Si a ello añadimos que tanto Mallo como Manso eran mujeres, en una época fundamentalmente androcéntrica, el mérito es todavía aún mayor. Ellas traían un “nuevo orden” desde el ámbito cultural, aquel que sacudió los cimientos europeos tras la I Guerra Mundial y que acabaría saltando por los aires en añicos con la II Guerra Mundial. No obstante, esas esquirlas continuaron flotando vaporosas en el aire de las posteriores décadas, influyendo a la sociedad de un modo determinante: en aquello que la hacía humana.

Como Mallo y Manso, otras creadoras españolas de las décadas de los años veinte y treinta del pasado siglo hicieron sonar sus voces y, ahora, se las auspicia bajo el paraguas de un término popularmente difundido y discutido a partes iguales: “Las Sinsombrero”. De algún modo, esa denominación viene a describir el desafío que dichas mujeres hicieron a las normas establecidas por la época —desafío que, conviene concretar, no habrían podido llevar a cabo si no hubiesen procedido de familias acomodadas que les permitieron formarse y tomar conciencia de este problema, al igual que sus compañeros de generación—. El caldo de cultivo surgiría en la conocida Residencia de Señoritas —donde gran parte de ellas convivieron e hicieron germinar sus inquietudes, a imagen de los jóvenes que habitaron la Residencia de Estudiantes—. Nombres como los de Concha Méndez, María Zambrano, Emilia Martínez Sagi, María Teresa León, Rosa Chacel o María Moliner en literatura, poesía, teatro y filosofía; Ángeles Santos, Remedios Varo, Delhy Tejero en arte; Rosa García Ascott en música —única mujer del conocido como “Grupo de los Ocho” (surgido como reflejo del grupo parisino Les Six)— o Helena Cortesina, María Forteza y Rosario Pi en cine resuenan ahora más que nunca como mujeres de vanguardia, creadoras que por fortuna han sido rescatadas y puestas en el sitio que siempre les correspondió. En ese sentido, este autor se siente orgulloso de haber contribuido con sus investigaciones a arrojar un poco más de luz si cabe en estas cuestiones.

Desde el pasado 19 de Octubre hasta el futuro 15 de enero, quien se encuentre interesado en saber más acerca de este histórico y único grupo de creadoras puede acudir a la Sala de Exposiciones del teatro Fernán Gómez —antiguo Centro Cultural De la Villa— en plena Plaza de Colón de Madrid, para visitar la impresionante muestra Las Sinsombrero. Comisariada por Tània Balló Colell, su título surgió a raíz de un proyecto iniciado en 2009 por esta autora, a fin de “reivindicar, recuperar, visibilizar a este grupo de artistas e intelectuales que por derecho propio forma parte de la Generación del 27 pero que la Historia había olvidado.” Consciente de esa invisibilización, Balló inició la investigación tomando su nombre precisamente de las declaraciones hechas por Mallo acerca de esa provocativa y ya mítica performance. Como Tània afirma, esa denominación traspasó los límites del propio proyecto, conviertiéndose “en algo que la gente identifica”. En este trabajo multidisciplinar, buscó llevar a cabo una serie de iniciativas que tuvieran un impacto en la sociedad, como en efecto sucedió. Gracias a lo cual, muchas personas —entre las que me incluyo— estamos en deuda con ella desde el ámbito de la investigación. Como última acción, mas allá de los proyectos educativos, quedaba hacer una exposición que Laila Ripoll —directora artística del Fernán Gómez— hizo posible. Basada en “tres objetivos o ejes narrativos” —recuperar ese grupo, trazar una narrativa “donde ellas estuviesen en el centro del relato” y evidenciar la “invisibilización de las mujeres en la Historia y sus consecuencias sociales y culturales”—, está exhibición reúne más de 400 piezas entre “obras de arte, fotografías, documentos y objetos originales pertenecientes a las figuras femeninas más relevantes de esta generación”.

Balló, que ya tenía en su haber un formidable documental para Televisión Española dedicado a estas creadoras titulado precisamente como Las Sinsombrero (2015), así como libros como el exhaustivo que lleva idéntico título —y que subtitula muy acertadamente como Sin ellas, la historia no está completa— (2016), reconocía en una entrevista —realizada el pasado octubre por María Gómez de Montis— que el nombre de estas intelectuales “ya no es tan anónimo como antes, pero queda mucho por andar”.

No podemos por menos que celebrar este acontecimiento y felicitar a su autora, quien con su buen hacer ha ido avanzando en ese camino; un camino que, como decía Machado en sus famosos versos, andando es como se hace y, al hacerlo y volver la vista atrás, se ve esa senda que ya nunca más se volverá a pisar porque, afortunadamente, se progresa hacia un futuro mejor.

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