El mundo rico y complejo de la literatura y del lenguaje se nos escatima en el bazar del Gobierno: la RAE, que permanece en silencio porque limpia, fija y da esplendor discretamente, ha puesto el grito en el cielo ante la presentación por parte de la ministra del ramo de la nueva EBAU. Los académicos han percibido un atentado contra la asignatura de Lengua castellana y literatura, que muchos hemos disfrutado desde críos, despertando así a las letras, a las que terminamos por consagrarnos. Tuvimos la suerte algunos de que profesores como el jesuita Emilio del Río Maeso, poeta y docente –acaso el mejor que conocimos en nuestra adolescencia–, nos aguzaran el gusto y el olfato por Dante, Shakespeare, Cervantes y tantos otros. Frente a las torpes versiones edulcoradas que jibarizan el disfrute de la obra en estado puro, Emilio del Río nos invitaba a enfrentarnos a la novela, al drama, al poemario en su versión íntegra. Sin recortes. Sin censuras. Sin sucedáneos.
Para los jesuitas las humanidades constituían la médula de la formación de los muchachos; no solamente la lengua española y sus literaturas, sino también la música clásica, la historia, la historia del arte o la filosofía. Las humanidades son las disciplinas más líricas, las menos prácticas para alcanzar un estatus social elevado, comprarse un yate o llevar a los niños al chalé de Marbella en verano. Ahora, el arte minucioso de la metáfora se ha visto reducido con la nueva EBAU, que pretende que los estudiantes contesten veinticinco preguntas de test, como las que nos hacía el psicólogo en el colegio: a quién quieres más, a papá o a mamá, o eres feliz o no lo eres. Además, los examinandos no podrán extenderse con cada respuesta más allá de las ciento cincuenta palabras: el inabarcable romancero, el infinito Quevedo, el torrencial Lope, el adverbio proteico o el verbo cosmológico, que es el principio de todo, habrán de concentrarse quintaesenciados en la estrechez del casillero (no se exceda o su examen no tendrá validez).
Con esta simpleza, en el Ministerio de Educación y Formación Profesional dice que así se evalúa mejor las “competencias” de multitud de materias; porque esa es otra: a partir de ahora se van a puntuar “conjuntamente” asignaturas como la historia, la filosofía, la lengua extranjera o la lengua cooficial de la correspondiente comunidad autónoma junto al español y las letras españolas. Antes, cuando uno era estudiante, quería leerlo todo y descubrirlo todo, comprarse con la propina y devorar después los Clásicos Castalia y las Letras Hispánicas de Cátedra. Aprender de los maestros y tratar de emularlos en la medida de nuestras posibilidades. Ahora dice la ministra que hay que enseñar y evaluar de modo competencial, sin especificarnos muy bien de qué competencias –o incompetencias– se trata: a la vista está que a mayor necedad, mayores posibilidades de sentarse en un escaño en el Congreso o alcanzar un cargo de “irresponsabilidad” en el Gobierno, cualquier gobierno.
Al alumnado le basta con lo que digan los políticos, porque sus padres (APAS y AMPAS, Mamas & the Papas…) y los profesores ya están de acuerdo. Al niño cuanto más fácil, mejor. Pero han salido a la palestra los académicos de la egregia RAE a protestar, como si fuesen los indignados de la Puerta del Sol, a poner los puntos sobre las íes, a denunciar, entre otras cosas, que nadie en el Ministerio le ha pedido opinión a profesor de bachillerato alguno, y aún menos a los sufridos coordinadores de la susodicha prueba. Cuando éramos jóvenes Emilio de Río nos proponía dos grandes temas en un ensayo sencillo y profundo que desarrollábamos sobre un folio en blanco, al estilo de los exámenes de las grandes universidades francesas, como La Sorbona, y con todas las novelas, poemarios y dramas que habíamos leído a lo largo del curso al alcance de la mano para poder consultarlos. Claro, que esto suponía que don Emilio nos atribuía una inteligencia con dieciséis años que ahora los enemigos de la lengua y la literatura española le niegan a la chavalería, forzada a contestar un test. Emilio del Río fomentaba entre sus alumnos la mirada crítica y poética; estos otros quieren ahora reducir a un sí es sí o no es no lo que el alumnado tenga que decir sobre el adjetivo o el mismísimo Calderón de la Barca que, por cierto, me dicen que ya no se da. Así no hay lugar a interpretaciones y el ministerio de la Verdad va sentando sus bases. Que es de lo que se trata.
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